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Huelga, no. Lo siguiente.

El pasado jueves la comunidad educativa española ganó una batalla a las fuerzas medievalizantes del gobierno. En un momento en el que todos hablan de caída de las fuerzas, las manifestaciones fueron nutridísimas y muy bien organizadas. El profesorado ha perdido impulso, pero lo han ganado los estudiantes y los padres. La opinión pública está de nuestro lado, la ley Wert nace muerta y la Estrategia Universidad 2015 no llegará a nacer.

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Pero la huelga fue un fracaso. Asumámoslo. Los estudiantes fueron los que vaciaron las aulas, pero no el personal. ¿Es eso importante? Mi primera tesis es que no, no lo es.

Las huelgas han forjado el Estado del Bienestar. Mil cosas que damos hoy por supuestas son logros que se arrancaron a los patronos a golpe de huelga, como la jornada de ocho horas, la eliminación del trabajo infantil… Aunque no se nos suela contar, España fue uno de los primeros países del mundo en lograr la jornada de 8 horas a nivel nacional. Fue gracias a la huelga general de 1919, que paró Cataluña… ¡¡durante cuarenta y cuatro días!!

La huelga es una herramienta de lucha de increíble eficacia en la industria, sobre todo cuando los obreros necesitan entrenamiento (y son difícilmente reemplazables). Precisamente por ello, la industria se ha ido de Europa. Los trabajadores de Bangladesh aún tienen que luchar por lo que nosotros damos por supuesto. Y Amancio Ortega se frota las manos.

La huelga es como la penicilina. Un antibiótico muy eficaz, sí, pero nosotros tenemos cáncer. Y no sirve de nada. ¿Qué quiero decir?

Con “nosotros”, me refiero a los trabajadores de los servicios públicos: profesores, médicos, bomberos, científicos… Cuando el patrón quiere cerrar la fábrica, la huelga no le hace daño. Si los empleados públicos paramos, no perjudicamos a nuestro patrón. De hecho, le permitimos ahorrar un día (y pico) de sueldo, y le damos un argumento para convencer a la población de la necesidad de privatización.

Entonces… ¿han sido un error las huelgas? En absoluto, fueron un acierto. La marea verde consiguió el punto clave que jamás había tenido el profesorado en España: cohesión. Hacer algo, todos juntos, aunque fuera tocarnos el lóbulo izquierdo. Saber que el 90% de los profesores de Madrid estaban dispuestos a perder un día de sueldo sin esperar tener ninguna ventaja salarial fue lo que creó la mística de las mareas. La lucha no es por defender derechos laborales, sino la calidad del servicio público prestado. Por eso los primeros colectivos más valorados por la población son los trabajadores públicos que citaba antes: médicos, científicos, profesores… Las huelgas nos han forjado.

Pero, ¿hay que continuar? No. El “momento-huelga” ya pasó. Ahora hay que dar el siguiente paso, el que haga daño de verdad. Ya no nos jugaremos un día de sueldo, sino un expediente disciplinario. Hay que pasar a la desobediencia civil, y vulnerar las normas que nos imponen, siempre en favor del servicio público prestado.

¿Ejemplos? Seguir dando cobertura médica a los sin-papeles; negarse a la expulsión de alumnos por impago de la matrícula; no aceptar en los colegios a directores nombrados desde la administración; abrir los centros a deshoras, para realizar más actividades para la comunidad. Si estamos suficientemente organizados, podemos paralizar el cobro de las matrículas, repartir medicamentos de manera gratuita, dar las clases de manera continuada en la calle o en edificios públicos. Y eso sólo son ejemplos, ideas a bote pronto. La inteligencia colectiva del millón de personas que llenó las calles de este país dará para muchísimo más.

La lucha tiene muchos frentes, pero ahora mismo los frente más importantes son los de la imaginación y la voluntad. No podemos dejarnos llevar por ese pesimismo que nos quieren inocular. Se dan, perfectamente, las condiciones objetivas para nuestra victoria: el país sigue siendo rico, la población está harta. Si nos dejamos aplastar será sólo porque nos falta la vena combativa que tuvieron nuestros bisabuelos en 1919. Y entonces será el final de este país.

A partir de una conversación con Migeru

Cada día un poco más maestros

La lengua castellana, en ocasiones tan sutil, distingue entre profesor y maestro. El profesor enseña. Imparte clases. El maestro educa. Y educar significa, etimológicamente, extraer. El maestro no mete cosas en tu cabeza, sino que te hace salir a buscarlas. Se es profesor en cuanto eres responsable de un grupo de clase. Maestro es un título que te tienes que ganar.

Son las maestras y los maestros quienes encauzan nuestra natural curiosidad por el mundo, y la convierten en el placer de estudiar e investigar.

Sabes que has tenido un maestro cuando hay un día de clase, o quizás una conversación de pasillo, que recuerdas toda tu vida. Porque, en cinco minutos, tu perspectiva dio un vuelco, y eso te causó una alegría y un orgullo que aún resuena en tu cabeza. Un maestro, una maestra, es feliz el día que consigue hacer magia en clase: esos días en los que el grupo te mira embobado, van de sorpresa en sorpresa, se ríen, piensan, se acaloran…

A un maestro le importan un rábano las notas, sabe que la evaluación es un proceso multidimensional que nunca cabe en un número. Le importan sus alumnos, cada alumno. Y le apasionan las cosas que les muestra. Una maestra, un maestro, no trabaja seis horas al día, del mismo modo que un presentador de noticias no trabaja media hora al día, ni un futbolista trabaja noventa minutos a la semana. Lleva el trabajo siempre consigo, es su condena y su pasión. No le entra en la cabeza que estudiar sea un sacrificio. No. Estudiar es un esfuerzo, claro. Y cansa. Sí. También cansa hacer el amor, y a nadie le parece que se haga por sacrificio.

A una maestra, a un maestro, le revienta que se sacralice al temario o los criterios de evaluación. Sus mejores clases son, muchas veces, las que el destino ha llevado por derroteros alejados del programa oficial. Un maestro educa fuera del aula tanto como dentro. Educa, y mucho, cuando circunstancias extra-académicas le dan ocasión de demostrar qué significa tener dignidad, coraje, compasión, tolerancia, simpatía, responsabilidad, madurez y capacidad de reflexión.

Una maestra, un maestro, educa cuando se rebela contra un gobierno indigno y le planta cara, asumiendo las consecuencias. Cuando le explica a sus alumnos que renuncia a un día de su sueldo porque le importa en qué condiciones da las clases. Cuando van juntos a la manifestación y les muestra cómo ejerce la ciudadanía sus derechos democráticos. Cuando les enseña a mantener la calma pese a las provocaciones y les muestra cómo canalizar su indignación.

Y estará educando el día que venzamos. El día que en este país la educación vuelva a ser una prioridad y no un lujo. Ese día la maestra, el maestro, explicará a sus alumnos que las victorias verdaderas se reconocen porque no hay vencidos. Porque ganan hasta los que lucharon en el bando contrario. Sobre todo, de hecho, los que lucharon en el bando contrario. Porque no sólo venceremos, sino que convenceremos.

Estoy orgulloso de mis compañeros y compañeras de la pública, desde infantil hasta la universidad. Cada día somos un poco más maestros.

 

 

Sugerencia a la Marea Verde

¿Por qué no abandonar las aseguradoras privadas a las que da derecho MUFACE? ¿Por qué no decir adiós a ASISA, ADESLAS, SANITAS y todas las demás compañías que se lucran con la sanidad?

Debido a accidentes históricos, en España los funcionarios civiles del Estado no están afiliados a la Seguridad Social, sino a una mutua de funcionarios que surgió con anterioridad, llamada MUFACE. Como parte del “salario en especie”, MUFACE permite elegir a sus mutualistas: ¿sanidad pública o privada? Pueden, si así lo desean, inscribirse en el INSALUD (la sanidad pública). O pueden contratar su seguro médico con una serie de compañías privadas: ASISA, ADESLAS, SANITAS… u otras que ahora no recuerdo. Sin ningún coste.

Esto no es cierto de todos los empleados públicos, sólo de los funcionarios civiles. Yo fui funcionario de carrera (profesor de educación secundaria) durante 9 años, inscrito al INSALUD por decisión personal. Y tuve que soportar la presión de las compañías privadas antedichas para que eligiera sanidad privada.

Si tanto empeño tenía la Administración en ahorrar, ¿por qué no ha propuesto eliminar la elección pública/privada para los funcionarios? Es cierto que, a partir de ahora, los nuevos funcionarios no tendrán esta opción. Pero, ¿por qué han considerado preferible bajar los sueldos, antes que terminar con este despilfarro? La respuesta es obvia: las empresas de sanidad privada son un lobby poderoso en España, gran parte de cuyo negocio se obtiene gracias a MUFACE.

¿Cómo es posible que los funcionarios, empleados públicos, no den ejemplo y tengan sanidad privada de oficio? Los empleados públicos tenemos que ser los primeros en dar ejemplo. Por eso hago esta propuesta a la Marea Verde, y a todos los funcionarios del país: apostar por la sanidad pública, precisamente en el momento en el que está recibiendo ataques más violentos.

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