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Soy de letras porque el mundo me hizo así

– Entonces, ¿qué carrera piensas hacer?

– Pues tengo aún dudas, estaba pensando en Filosofía, o quizás en Políticas. Y también me atraen la Historia y la Filología.

– ¡Uy! No, bien, bien. Bien. No. Hmmmmm. Pero tú, tienes buenas notas, ¿no? Eres buen estudiante.

– Sí.

– Y, ¿no es un poco desprovechar tu talento hacer una carrera de letras?

– ¿Por qué lo dices?

– Pues no lo sé. Es más fácil, ¿no? Tú puedes hacer algo más exigente.

– ¿Como qué?

– Una ingeniería, medicina. O física o matemáticas, ¿no?

– ¿Es una ingeniería más difícil que la filosofía?

– Hmmmm, claro, ¿no?

– ¿Qué es más difícil de comprender? ¿Los frenos de un coche o el alma humana?

– Jajajaja, bueno, te estás poniendo lírico…

– Vale, no nos pogamos líricos. ¿Qué es más fácil de comprender, un panel solar o el origen de la crisis económica y política actual?

– Pues no lo sé, pero el caso es que la nota que piden para entrar en políticas es mucho más baja que en ingenierías, ¿por qué es?

– Esa pregunta es muy buena, buena de verdad. Y creo que tú sabes la respuesta.

– ¿Yo?

– Sí. Tú. Si me dejas, quiero sacártela. Vamos a averiguar por qué es más alta la nota de corte en ingenierías que en las humanidades. Veamos, ¿quién decide la nota de corte?

– Nadie la decide. Los alumnos piden la carrera que deseen, y van entrando por orden de nota.

– Y la nota de corte es entonces la nota más baja de los que lograron entrar, ¿no?

– Sí.

– Entonces, si tú fueras el rector de una universidad y quisieras subir la nota de corte de una carrera, ¿qué harías?

– Hmmm… ofrecer menos plazas.

– Por tanto, la universidad tiene cierto poder al decidir las notas de corte.

– Bueno, sí, en la medida en la que deciden cuántas plazas se ofertan.

– ¿Por qué crees, entonces, que políticas tiene una nota de corte mucho más baja que las ingenierías?

– Quizás sea porque se ofertan muchas más plazas.

– Así es. ¿Por qué se ofrecen tantas plazas? ¿Es que se necesitan muchos politólogos, filósofos, abogados…?

– No, de hecho la mayor parte termina en el paro o trabajando de algo que no tiene nada que ver.

– ¡Vaya! Entonces tenemos un dato sospechoso. Las facultades de humanidades ofertan más plazas de las que la sociedad parece requerir. ¿Por qué lo hace?

– No lo sé. ¿Tú sí?

– Hmmm… Volvamos a las ingenierías. ¿Por qué tienen unas notas de corte tan altas?

– Pues porque se ofrecen pocas plazas, ya lo hemos dicho.

– De hecho, algunos alumnos se quedan sin poder cursar una ingeniería, aunque lo hayan requerido, ¿no es así?

– Así es, ¡oh, Sócrates!

– ¿No sería lo normal que se intentaran equilibrar las notas de corte, aumentando las plazas en las facultades en las que queda gente sin entrar y reduciéndolas en las que entra mucha gente de rebote?

– Parece lógico, sí. Bueno, a no ser que la sociedad necesite especialistas en determinadas áreas.

– Ya sabemos que no es el caso. La universidad está diseñada para ofertar muchos más abogados, politólogos y filósofos de los que la sociedad necesita.

– Así es.

– Es decir, que no es que las carreras de humanidades tengan notas de corte bajas porque sean fáciles, sino porque así se ha decidido desde la autoridad.

– Vale, te lo reconozco.

– Luego, si me reconoces que el argumento de la nota de corte es falaz, ¿qué argumento te queda para decirme que las humanidades son más fáciles que la ingeniería o las ciencias?

– Espera, que me has picado. ¿Por qué se ofrecen más plazas de de humanidades o de derecho de las necesiarias, aun tolerando que la nota de corte se desplome?

– No lo sé, pero lo podemos pensar juntos. Y, mira, estamos pensando en términos políticos, económicos y legales… Además, discutir si hay una dificultad intrínseca de las distintas áreas de conocimiento es un tema bastante filosófico, ¿verdad?

– Vale, vale, no te enrolles. Vas ganando, sí. ¿Por qué puede ser que se fomente una nota de corte más baja en humanidades?

– ¿Qué efectos tiene una nota de corte más baja en una carrera?

– Alumnos menos preparados.

– Quizás sí, pero sobre todo, alumnos desmotivados.

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que habrá muchos alumnos que no la hayan elegido como primera opción, sino como décimoquinta. No les interesa el derecho, o la filología… tenían que estudiar algo, y allí van.

– ¿Y para qué podría nadie querer alumnos desmotivados?

– Pues para bajar el nivel.

– Hmmm… ¿quieres decir que las carreras de humanidades parecen fáciles porque tienen alumnos desmotivados?

– Suena creíble. Ofreces muchas plazas, más de las que deberías. Así que sirves de carrera escoba, que recoge alumnos que no han logrado entrar en la que es su verdadera vocación. Quizás no son alumnos malos, sino que están en el sitio inapropiado.

– Bueno, los profesores les machacarán, ¿no?

– Los profesores se suelen adaptar al nivel de su alumnado.

– No siempre, en las ingenierías hay huesos famosos que se jactan de suspender a toda la clase y formar tapones de repetidores.

– Sí, pero eso no ocurre en humanidades, ¿verdad?

– Mucho menos.

– ¿Crees que esos profesores huesos lo son porque su materia es muy dura?

– No, nunca es por eso. De hecho, cuando cambia el profesor se suelen desatascar.

– ¿Y no te da eso la clave?

– No está bien visto masacrar al alumnado en carreras de humanidades. Pero sí en ingeniería.

– Eso es. Hay una especie de consigna secreta: es preciso mantener el nivel de dureza en las ingenierías, pero no en humanidades.

– ¿Una consigna secreta? Aaaaah, ¡¡conspiran todos los profesores!!

– ¡¡No, caramba!! Nadie conspira. Son estructuras sociales que hacen que determinados comportamientos estén bien vistos o mal vistos. Como si se me ocurre salir vestido de bailaor flamenco a la calle. No está prohibido por ninguna ley, pero todos me mirarán raro.

– Vale, de acuerdo. ¿Y por qué se boicotea el nivel en las facultades de humanidades?

– Hm… Imagina que tienes el poder.

– Imagino.

– Imagina que necesitas mantener a toda la población engañada. Que has montado un sistema de justificación de tu dominio basado en mentiras.

– Imagino.

– ¿Qué es lo que más miedo te da?

– Que alguien desmonte mis mentiras.

– Y ese alguien, ¿será un ingeniero o un físico?

– Quizás, pero no es probable. Es más fácil que sea un politólogo o un abogado.

– O un economista, o un historiador, o un filólogo, o un filósofo.

– Sí, alguien de humanidades.

– Sí, alguien de humanidades.

– Entonces, ¿no son más fáciles las humanidades?

– Imagina que las ciencias son como tipos de terrenos. La física es fértil, suele recompensar el esfuerzo con resultados exuberantes. La economía es seca y dura, te enfrentas a la dificultad de entender el comportamiento de millones de seres humanos. Y, además, a las mentiras que propagan los poderosos. De los físicos se espera una alta precisión y elegancia. En el caso de los economistas, se celebra cada pequeño éxito, por cutre que sea. ¿Cuál es más fácil?

– Pues no lo sé.

– Ni yo tampoco. Pero creo que los poderosos fomentan la mala economía, la mala filosofía, la mala historia. Y boicotean con todos los medios a su alcance. El más sofisticado es ahuyentar a las mentes brillantes, hacerles pensar que el estudio de las humanidades es fácil, que no es un empeño a su altura.

– ¿Hacer creer que es fácil no atrae a la gente?

– A la gente mediocre, quizás. La gente brillante se ve atraída por los retos. Diles que algo es muy difícil, y se volcarán a estudiarlo. La mecánica cuántica es difícil de comprender, así que es un reto para cabezas listas.

– ¿Y qué retos te planteas tú?

– Hay muchas preguntas que quiero responder. ¿Cómo influye la lengua en el pensamiento? ¿Podemos evitar la siguiente gran crisis del capitalismo? ¿Qué es el humor, qué nos hace reír? ¿Es posible articular un sistema de democracia directa, sin representación? ¿Cómo surgen las chispas de creatividad? ¿Por qué la matemática es tan eficiente para comprender el mundo natural? ¿Qué causa los desplazamientos en nuestro sentido de la belleza? ¿Cómo crea el poder la ilusión de libertad en la que nos movemos? ¿Por qué hay algo y no nada? Y todo esto sin renunciar a las preguntas científicas. Debo confesarlo… la verdad es que me gusta todo. Las ciencias tanto como las humanidades.

– Juuuuuuuuuu… Mira, no sé dónde acabarás, pero vas a ser un terremoto dondequiera que vayas.

 

Dedicado a kilpi

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¿Corporatismo?

Los mercadócratas han descubierto la forma de salvar el culo, conceptualmente hablando. Según ellos (sorprendeos conmigo) no vivimos en un sistema capitalista, sino en uno… (wait for it)… ¡corporatista! Es decir, un sistema en el que las empresas han crecido fuera de control, se han hecho con el poder del Estado y lo utilizan para mantener sus privilegios… El capitalismo auténtico ha sido pervertido a causa de la intervención estatal. Noticias frescas, amigos mercadócratas, ancaps y asimilados: eso es el capitalismo desde, al menos, principios del siglo XIX.

Cuando el modo de producción fundamental es feudal, el Estado está en manos de los señores feudales. Durante siglos, el modo de producción feudal luchó contra el capitalista por la primacía. Pero con la Revolución Industrial, la victoria capitalista fue completa. Desde entonces, los capitalistas controlaron el Estado, y lo utilizaron para luchar contra su enemigo natural… que ya no era la aristocracia feudal, sino el proletariado. Tan elemental… La idea de que existe una oposición entre el Estado y los capitalistas es… bueno, una telenovela para intelectuales.

corporatism

Estoy muy harto de la ambigüedad lingüística en las discusiones sobre política y economía. Sobre ello irá mi próximo post.

El Clan y la Ley

Escrito en colaboración con NP-completo

Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia, Chipre… son los países europeos que han resultado ser más vulnerables ante la crisis. ¿Tenían alguna característica en común? El color del gobierno no parece ser un factor determinante, han disfrutado lo mismo de gobiernos denominados socialdemócratas o democristianos. Cada vez se oye a más personas resucitar ideas antiguas, como el hecho de que las culturas católica y ortodoxa no fomenten el espíritu de esfuerzo, al asumir que una vida pobre en este mundo será seguida por una vida llena de parabienes en el más allá. Por contra, el protestante rico lo es porque Dios le está premiando ya en vida, sin necesidad de cruzar el umbral de la muerte para disfrutar del favor divino. Esta teoría, sostenida sobre la confusión entre correlación y causa-efecto, no tiene más virtud que su sencillez. Sólo hay que comparar las horas de trabajo en los distintos países de Europa para falsarla. A la postre, está basada en estereotipos y clichés, y tiene la misma respetabilidad científica que los chistes de catalanes o de rubias.

Otros factores económicos pueden ser mucho más relevantes. Por ejemplo, la crisis ha incidido de manera más directa en los países con mayor desigualdad. Los países del sur de Europa tienen una clase media débil, económica y políticamente, sin tirón suficiente para sostener la demanda interna. La relación causa-efecto, por tanto, se produciría en sentido contrario: no es la religión la que causa la disfunción económica. Las sociedades desiguales, bipolares, divididas en aristocracia y plebe, son las que se aferran a modos religiosos católicos u ortodoxos, que prometen la salvación en la otra vida, despreciando ésta.

Entonces, ¿no juega ningún papel la cultura en la evolución económica? Creemos que sí, pero mucho más sutil que el cliché con tufo racista que tanto satisface a Frau Merkel. En efecto, los países del sur de Europa, España entre ellos, son países propensos a la corrupción, política y económica. ¿Tenemos, entonces, un “gen” de del cohecho, que otros países no tienen? No. Pero si analizamos la estructura social española, en contraste con la de los países del norte de Europa, o con EEUU, podemos encontrar una explicación.

España (junto con Italia, Grecia, etc.) es un país muy familiar. En EEUU es frecuente criarte en Cleveland, cursar tus estudios universitarios en Austin para después desarrollar tu actividad laboral primero en Baltimore y después en Nueva York, terminando tus dias en Florida. En España es frecuente que la maternidad donde naciste, tu colegio, tu universidad, tu oficina y tu residencia de ancianos se encuentren todos en un radio de treinta kilómetros. En EEUU, por contra, no puedes contar con tu familia para resolverte los problemas cotidianos, se precisa una estructura social de soporte.

Un efecto de tal preeminencia de la familia en nuestras vidas es que se convierte en un segundo Estado al que, en muchos casos, se debe más obediencia que al primero. Y cuando los mandatos de ambos entran en conflicto, es la familia la que suele vencer. Por supuesto, hay que entender la familia en un sentido amplio. Hay que incluir a algunos amigos, a vecinos e incluso a personas con las que la relación normal debería ser de índole formal: ciertos clientes, proveedores, empleados, jefes… Usemos un término más genérico, pero igualmente sugerente: el Clan.

Por el bien del clan, está bien visto cometer pequeñas irregularidades. Nada grave. Facturar en negro. Meter a tu sobrino en el departamento. Llevarte material de oficina para el cole de los niños de tu prima. Contratar a la empresa de tu cuñado. Todo por favorecer a la familia, al clan. Cuando se trata de empleados públicos o políticos, puede tratarse de pequeñas ilegalidades. Cuando se trata de empresarios o empleados privados, quizás no sean ni tan siquiera actos ilegales… sino tan sólo decisiones que miran más por las necesidades del clan que las de la empresa. Así, el éxito de un concurso público depende en gran medida de la red de amistades de cada candidato. Si se presenta alguien de fuera, el tribunal diseñará normas ad hoc para mejorar artificialmente los méritos de los de dentro. Pero no por ello los miembros del tribunal se sentirán malas personas. Al revés, están ayudando a los suyos, a su clan, están siendo leales. Su prestigio en el clan crece, el afecto de los suyos se incrementa, la recompensa social es inmediata.

Las reglas del juego determinan a qué va a jugar la gente. La mejor estrategia en un mundo de clanes no es ser tan eficiente como podrías, no es trabajar por la comunidad, no es ser creativo y determinado. La mejor estrategia es ser leal y establecer una red de lealtades amplia e intensa, que incluya a gente en situación de poder.

El caso más paradigmático de comportamiento de clan es quizás el de los políticos, que defienden medidas en las que no creen pues son las de su partido. Los militantes de base saben que si dedican un montón de horas a llevar cafés y a pegar carteles para los de arriba, entonces los de arriba les devuelven el favor cuando ganan, creando puestos de trabajo públicos (que pagamos todos) para ejercer actividades de las que no hay demanda social alguna, pero que cumplen el perfil para que sus chicos puedan optar a ellas (si se presenta alguien de fuera, se resuelve como dijimos antes). Aunque hablamos del sector público, nada hay en él que no se dé en el privado: se dice que el 50% de los puestos de trabajo en España se consiguen por enchufe. Si contratas a alguien de esta manera, puede que estés contratando a un incompetente. Pero, en cualquier caso, quien te pidió el enchufe te deberá un favor. Y también te lo deberá el incompetente al que has contratado. Las redes del clan se extenderán. Como decía don Vito Corleone, “algún día, y puede que ese día nunca llegue, te pediré que hagas algo por mí. Hasta entonces, interpreta esto como un regalo”.

Someday, and that day may never come, I’ll call upon you to do a service for me. But until that day – accept this justice as a gift on my daughter’s wedding day.

¿Por qué las grandes empresas contratan a los presidentes y ministros en cuanto abandonan sus cargos, por sueldos millonarios? ¿Por qué se instaló la famosa puerta giratoria entre el Estado y la empresa privada? ¿Acaso son los ministros especialmente competentes, versados tanto en generación de electricidad como en la administración sanitaria? No. Pero todos tienen una nutrida libreta de teléfonos.

¿Qué tiene que ver dicho comportamiento de clan con el agravamiento de la crisis económica? ¿Es el comportamiento de clan malo a priori? No necesariamente. Muchos españoles comen hoy en día gracias a la caridad de sus padres, que les han admitido de vuelta en su casa tras quedarse sin trabajo y, después, sin ingresos. Desde luego, la estructura de clan tiende a la desigualdad y a la inercia. Pero, más allá de esto, postulamos que el comportamiento de clan puede resultar demoledor para la economía de los países que se sustentan sobre él.

La crisis actual es una crisis de confianza. El problema principal es que nadie se fía de nadie. El banco no te presta dinero porque no se fía de que se lo vayas a devolver. El empresario despide empleados porque no confía en sus futuros ingresos, aunque los actuales sean aceptables. Los ricos se llevan su dinero al extranjero, porque no confían en su país. En una sociedad basada en la ley y no en el clan, los acuerdos siempre quedan por escrito, y el Estado colabora en su cumplimiento: puedes demandar a quien no cumple lo que prometió. Pero en una sociedad donde una gran parte de las decisiones económicas se toman “a nivel de clan” (e.g., el político promulga leyes que favorecen al banquero, o directamente le excarcela, el banquero condona deudas del político, el constructor dona dinero al político, el político recalifica lo que el constructor necesita, etc.), en una sociedad donde muchas decisiones económicas no quedan por escrito, la confianza en el clan lo es todo para que la rueda siga girando. Las represalias por no cumplir siempre pueden ir por debajo de la mesa (o incluso escondiendo una pistola en el retrete de un restaurante), pero los tratos basados en la ley siempre resultarán más fáciles de hacer valer. Si la confianza se pierde en una economía de tipo clan, entonces la red del clan se derrumba y la economía se paraliza. Y esto que puede ser una diferencia entre los países como España e Italia y los demás durante la presente crisis: como en ellos el peso del clan es mayor, sus economías son más dependientes de la confianza, y la carencia actual de confianza las ha hundido más que a otras.

Es triste, pero creemos que si el político, el banquero y el constructor no recuperan la confianza en su mágico idilio de privilegios auto-otorgados, si la confianza no regresa a las opacas redes clientelares que realmente mueven el dinero en este país y que no se sustentan sobre papel sino sobre la invisible y volátil confianza en el clan, entonces la desconfianza seguirá lastrando a la economía española.

Efectivamente, los países arriba mencionados son, podríamos decirlo así, “países clan”. Mientras el Estado se hacía fuerte en Francia, Alemania, o Gran Bretaña durante el siglo XIX, en España e Italia todo seguía en manos de los clanes. El caso conocido más extremo es la mafia, pero el mismo concepto impregna todos los demás niveles sociales en ambos países. En países como España o Italia, el Estado nunca reemplazó a los clanes, y nunca nos convertimos del todo en una sociedad moderna. De hecho, es posible que en España el Estado de las autonomías no fuera una concesión a los ciudadanos, sino a los clanes regionales. Algunos países descentralizados funcionan bastante bien y acercaron la democracia al nivel local (EEUU o Alemania). Por contra, sospechamos que la descentralización de España cedió el control a las redes clientelares de empresarios regionales, no a sus ciudadanos.

El viaje de la ley al clan es rápido e indoloro, recordad a Michael Corleone. En cambio, pasar del Estado de clan al Estado de la ley es mucho más difícil. De nuevo, es una cuestión de confianza: es necesario que todas las clases sociales confíen en el desempeño del Estado como proveedor de servicios y de justicia. Que los trabajadores confíen en la calidad de los servicios públicos y en la protección de sus derechos, y que los empresarios confíen en que la adjudicación de contratos será transparente. Obviamente, las personas con más poder dentro del esquema actual, nuestros don Vito, se opondrán fieramente a su desmantelamiento, de manera que procurarán fomentar la desconfianza en la “clase política”. No les importa enfangarse ellos mismos. Este ambiente turbio, de angustia, de incertidumbre, fortalece su poder.

A día de hoy, España sólo tiene dos caminos. El primero es la profundización en el esquema clientelar, hundirnos más en nuestro fango secular, asumir nuestro carácter de país pre-moderno. Que políticos, empresarios y banqueros vuelvan a jugar a su juego feudal. El señor Adelson ya ha puesto la primera piedra en esta dirección. Pronto oiremos cosas como “lo que sucede en Alcorcón, se queda en Alcorcón”… O, por contra, podemos abolir la influencia de los clanes y volvernos un Estado moderno. Partiendo del nivel pequeño, claro está: no tolerar que nadie se jacte de las pequeñas triquiñuelas con los impuestos, ni a los grupitos irreconciliables de poder en tu lugar de trabajo, ni que las plazas en un concurso público se otorguen a dedo. Enfrentaos con esa gente: es importante que sepan que no cuentan con la aprobación social.

Recordad que las reglas son las que determinan a qué juego estamos jugando. Queremos buenos servicios públicos, no caridad. Queremos protección de los derechos laborales, no paternalismo. Queremos que se valore el esfuerzo y el talento, no la lealtad al clan. O quizá sí, queremos lealtad al clan, pero a un clan tan grande como la propia Humanidad. El G-7.000.000.000.

Filosofías políticas: quién es quién

Filosofías políticas: quién es quién (y qué busca cada quién)

Vivimos tiempos políticamente convulsos, y esto no ha hecho más que empezar. Desde el poder nos intentan convencer de que no existen opciones, y en la calle encontramos cada día nuevas. Así que, y justamente debido a ello, he decidido que es un buen momento para pararse a pensar qué filosofías políticas hay sobre la mesa y quién sustenta cada cual.

El término “ideología” está cargado negativamente desde su origen. Marx lo utilizaba para denotar la serie de mentiras que el poder usa para someter la conciencia de sus súbditos. Prefiero un término neutro como “filosofía política”, y con ello me refiero al conjunto de ideas básicas que sustentan la manera de razonar de cada cual.

Hasta el siglo XIX, la población en general no tenía “ideas políticas”. Para la mayoría de la población, la situación política era algo dado por Dios, inmutable. No era ni bueno ni malo. Simplemente, era. A partir de la Ilustración y, sobre todo, de la Revolución Francesa, las cosas cambian. Aparecen las cuatro filosofías políticas clásicas que hemos heredado:

  • El conservadurismo. Es, fundamentalmente, la reacción a la Revolución Francesa. La sociedad se debe guiar por los modos tradicionales de hacer las cosas. Estas formas tradicionales han sido puestas a prueba durante siglos y funcionan bien. El pensamiento conservador está ligado a la religión y a la sumisión a las formas tradicionales de autoridad. Tiene miedo ante cualquier tipo de novedad, y reacciona agresivamente ante ellas. En el lado positivo, es una filosofía política comunitaria que cree que el poder debe intervenir activamente en la búsqueda del bien común. Es la forma de pensamiento político típico de la clase más alta y de la población con bajo nivel educativo. Su máximo exponente clásico podría ser Edmund Burke.
  • El liberalismo político. Es la filosofía política de la Revolución Francesa, consecuencia natural de las luchas de religión de los siglos XVI y XVII y de la Ilustración. Pone el énfasis en la libertad individual frente al poder del Estado, e insiste fuertemente en la igualdad ante la ley, los derechos individuales, la separación de poderes y la separación de Iglesia y Estado. Según pasa el tiempo, va adoptando nuevas luchas: derecho de reunión y manifestación, oposición a la censura, sufragio universal, igualdad de derechos para la mujer… y, ya en el siglo XX, anti-colonialismo, anti-racismo y lucha contra la homofobia. Tiene su máximo exponente clásico en John Stuart Mill.
  • El liberalismo económico. Es un primo lejano del liberalismo clásico que asegura su afiliación con el liberalismo político, pero pone su énfasis en la “libertad económica”. Es la doctrina política de la alta burguesía industrial que surge en el XIX, y su único punto del orden del día doctrinal es que el Estado no se debe inmiscuir en la economía. Aseguran que si el Estado se limita a proteger la propiedad privada y asegurar que los contratos se cumplan, la prosperidad está asegurada. Sus exponentes clásicos serían Adam Smith o, ya en el siglo XX, Milton Friedman o Friedrich von Hayek.
  • El socialismo. De nuevo una filosofía política con su énfasis en las cuestiones económicas. El socialismo aparece tras la Revolución Francesa, debido a los abusos a los que dio lugar la Revolución Industrial. Es la lucha por el reparto justo de la riqueza. La burguesía, que había estado en el lado revolucionario, al vencer pasa al lado conservador. La nueva lucha es la lucha de clases, los pobres contra los ricos. Su lema más importante: “a cada cual, según sus necesidades; de cada cual, según sus capacidades”. Pensadores importantes son Marx, Proudhon, Kropotkin…

Éstas son las filosofías políticas que el siglo XIX nos legó. ¿Sirven aún, hoy en día, para orientarnos? Yo diría que sí, con la condición de que distingamos entre (a) lo que los políticos dicen ser, (b) lo que los políticos hacen y (c) lo que los votantes piensan.

El socialismo y el liberalismo político constituyen lo que podemos llamar la izquierda. El poder ha luchado siempre por mostrarlos como opuestos, pero en realidad no lo son, se complementan perfectamente. El conservadurismo y el liberalismo económico, por otro lado, son lo que voy a llamar la derecha.

Alguien podría preguntar: ¿existe una corriente de pensamiento liberal, que combine al liberalismo económico y al político? La respuesta es que no. Al liberalismo económico no le ha temblado el pulso ante la idea de asociarse al conservadurismo reaccionario más agresivo, constituyendo regímenes fascistas. Así, la Chile de Pinochet tenía el visto bueno de Milton Friedman y los “Chicago boys”. Los dos liberalismos, a pesar del parecido en el nombre, no combinan bien. El liberal-político consecuente (John Stuart Mill, Amartya Sen, etc.) se da cuenta de que la no-intervención del Estado en economía sólo deja a los débiles en manos de los fuertes. El liberalismo económico necesita de su primo político para poder presentar una cara amable. Es fácil atraer votos con llamamientos a la libertad y a los derechos individuales. En cambio, atraer votos pidiendo la libertad de los ricos para aprovecharse de los pobres tiene el mismo encanto que una apendicitis.

Es bien sabido que los socialistas en el gobierno no suelen estar a la altura de sus propias ideas. Pero es menos conocido el hecho de que los liberales económicos tampoco lo están. Según el laissez-faire clásico, toda empresa que no funciona debe quebrar, para dejar el hueco a nuevas empresas que funcionen mejor. En cambio, los banqueros -los mayores defensores del liberalismo económico- están encantados con haber sido rescatados. Son muy pocas las voces que se han oído, en Europa o en EEUU, a favor de dejar caer a los bancos quebrados. ¿Y por qué no se deja quebrar a Grecia? ¿Estarían los ciudadanos griegos peor de lo que están ahora? Probablemente, no. Pero la banca francesa y alemana, que prestó dinero irresponsablemente, estaría en serios aprietos…

En resumen, el liberalismo económico es más una campaña de márketing de los ricos que una filosofía política en sí misma. Hay unos pocos liberales económicos genuinos, pero no tienen ni peso político, económico ni intelectual alguno. Aun así, la campaña mediática para crear votantes liberales-económicos es gigantesca. La idea es simple: se trata de convencer a una fracción grande de la población de que cuando hablamos de subir a los impuestos de los ricos, estamos hablando de ellos. No creo que tenga éxito.

Bien, hagamos ahora el recorrido de nuestros políticos. ¿Dónde está, en términos de filosofía política, el Partido Popular? Es evidente su afiliación con el liberalismo económico. Pero… ¿es conservador o es liberal político? Sus actos les delatan como netamente conservadores, pero en su discurso muchos de ellos afirman ser liberales políticos. El PP es un partido que intenta extenderse lo más posible en el espacio ideológico mediante el uso de conceptos confusos y vagos (“hacer lo que hay que hacer”). Esta estrategia está diseñada para que en España no surja ningún partido de centro ni de ultra-derecha. Los votantes del PP, en cambio, son fundamentalmente conservadores. No hay aún base social en España para un discurso liberal económico.

¿Y el PSOE? Aunque sigan teniendo el término “socialista” en sus siglas, desde finales de los 80 sus actos les delatan como un partido liberal-económico. La diferencia es, evidentemente, en la orientación liberal-política. De manera que tenemos la paradoja de que lo más cercano a un partido liberal “íntegro” en España… es el partido socialista. La paradoja se vuelve más interesante aún cuando estudiamos a los votantes del PSOE, que son a la vez liberales políticos y socialistas.

¿E Izquierda Unida? Es una fuerza liberal-política y socialista, con unos votantes del mismo género. En realidad, es fácil mantener la coherencia ideológica cuando uno está lejos del poder. ¿Hay alguna diferencia entre los votantes de IU y los del PSOE? Sí, pero no es la ideología. Es el coraje de preferir votar a una fuerza minoritaria antes que votar a quien ha pervertido sus ideas. Lo mismo podría decir de Equo o los restantes partidos pequeños de izquierda.

Un partido complicado de encuadrar es UPyD. Es todo y nada, a la vez. Es un partido populista, que intenta recabar el descontento de todas las fuerzas políticas sin aportar ninguna filosofía política propia. Sus temas clave son el anti-nacionalismo (asociado al conservadurismo) y la regeneración de la ética política, que podríamos llamar un tema transversal. Aunque no han tenido responsabilidad de gobierno alguna, puedo apostar sin temor a equivocarme que resultarían en los hechos tan liberales económicos como el PP.

CiU es un partido netamente liberal-económico y conservador, como el PP, siendo la única diferencia el número de franjas de la bandera. Aquí hay una paradoja aparente: he llamado conservador a UPyD por ser anti-nacionalista, y llamo conservador a CiU siendo un partido nacionalista. No hay ninguna contradicción en ello: ambos tienen en común poner el énfasis en la identidad nacional. Unos con respecto a España, los otros con respecto a Cataluña. El tema del nacionalismo engloba dos aspectos muy diferentes, hasta contrapuestos: el anti-colonialismo, asociado al liberalismo-político, y el énfasis en la identidad nacional (española, catalana o klingon, da lo mismo), que es un rasgo netamente conservador. De ahí la paranoia característica de los partidos nacionalistas de izquierda.

Así, en conclusión, diría que:

  • Los conceptos de izquierda y derecha son útiles, pero es preciso afinar más. La izquierda es liberal-política y socialista; la derecha es conservadora y/o liberal-económica.
  • El socialismo y el liberalismo político sólo son contradictorios en la mente de Esperanza Aguirre. El liberalismo político y el liberalismo económico sólo son compatibles en la mente de Esperanza Aguirre.
  • La población española se divide en conservadores por un lado, y liberales-políticos + socialistas del otro. No hay apenas votantes liberales-económicos. La propaganda para crear esta casta de votantes es enorme, pero no creo que llegue a cuajar.
  • En cambio, la casta política gobernante (PP, PSOE, banqueros, etc.)   tiene un comportamiento íntegramente liberal-económico, con sus contradicciones usuales: laissez-faire… salvo que los grandes se caigan.

Y ésa es una de las razones por las que decimos que no nos representan.

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