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¿Pero qué creéis que es el dinero?

Venga, un chiste.

Un viajero llega a un hostal barato y pide una habitación. El recepcionista no se fía de sus pintas, así que le pide una fianza de cien dólares que le devolverá cuando se vaya. El tipo se los da y sube a su habitación. El recepcionista, que estaba endeudado hasta las cejas, corre con los cien dólares a pagar la deuda que tenía con el panadero desde hacía meses. El panadero, feliz de recuperar su dinero, corre a cancelar la deuda que tenía con la verdulera, quien a su vez usa ese dinero para pagar lo que debe al carpintero. El carpintero ve el cielo abierto, porque podrá devolver al recepcionista del hostal el dinero que le prestó la semana anterior. Así, tras pasear por todo el pueblo, el billete de cien dólares vuelve al hostal barato.

A la mañana siguiente el viajero dice que se marcha, que el hotel está sucio y que hay chinches. El recepcionista le devuelve el billete de cien dólares que le dio como fianza, y el tipo replica: “qué más da, total… ¡es falso!”

Bueno, os he mentido. No es un chiste. Es una fábula que ideó Michał Kalecki, uno de los economistas más importantes del siglo pasado, para ayudarnos a reflexionar sobre qué es el dinero. ¿Por qué resulta una pregunta tan difícil? Pues porque toda sociedad evita, más o menos explícitamente, preguntarse por la divinidad.

garzon

¡Comunista, mutante, traidor!

Eduardo Garzón publicó un twit que le ha costado las iras de todos los profetas y cuñados. Dice así: “Un Estado que tiene soberanía monetaria (emite la moneda que utiliza) no necesita recaudar impuestos para poder gastar.” ¿No os hierve la sangre al leer algo así? ¿Cómo va a poder gastar un Estado sin recaudar impuestos? ¿De dónde sacará el dinero? El dinero lo tienen las personas particulares y las empresas. Pero… ¿lo han fabricado ellas? No, no. El dinero lo han obtenido del banco, que a su vez lo ha obtenido… del Banco Central, que es parte del Estado. ¿Será posible? ¡Qué jaleo!

Hm, espera, Eduardo no dice cualquier Estado, dice uno que tenga soberanía monetaria. Siendo más precisos que él (los twits están muy limitados), se trata de un Estado que es el único emisor posible de cierta moneda. Si yo trato de emitir dólares, acabo en la cárcel. Puedo, sin embargo, emitir “javitones”, una moneda inventada por mí. Nadie me lo impide, pero tampoco nadie me los aceptará como pago de nada. El único organismo que puede emitir dólares sin ir a la cárcel es la Reserva Federal de los Estados Unidos, que es parte del Estado. ¿Tiene alguna limitación para hacerlo? Las que ellos mismo se impongan. En otras palabras: no, no tienen limitación alguna. Por tanto, la frase es trivialmente verdadera: un Estado que es el único emisor de una cierta moneda no necesita recaudar impuestos para poder gastar.

Si realizas un pago al Estado en metálico, ¿qué crees que hacen con el dinero que les das? Por lo general, lo destruyen. El Estado toma nota en un papel y destruye el papel moneda, que no necesita para nada. Puede imprimir el que necesite.

Se me ocurren varias preguntas a continuación:

  • ¿Cómo consigue el Estado que su moneda se acepte?
  • ¿Por qué recauda el Estado impuestos, si no los necesita para pagar?
  • Imprimir dinero, ¿no provoca inflación?

Las dos primeras preguntas están relacionadas. ¿Cómo consigue el Estado que su moneda no sea como los “javitones”? La característica distintiva del Estado es que tiene el monopolio del uso de la violencia en un territorio. Puede obligar a todos los ciudadanos a pagar impuestos en la moneda de su elección. De esta manera, todos los ciudadanos estarán obligados a adquirir su moneda, y aceptarán los pagos del Estado. Por supuesto, hay más razones para recaudar impuestos, como favorecer o penalizar determinadas conductas sociales o, como veremos luego, frenar la inflación.

Ohmygosh, a trillion dollars!

Ohmygosh, one trillion dollars, and president Truman’s face on it!

La tercera pregunta es muy interesante. Volvamos a la fábula de Kalecki del principio. Nuestro viajero “imprimió” dinero falso y lo introdujo en el sistema. ¿Provocó eso algún tipo de inflación? No, pero sirvió para el pago de deudas e hizo a todos los habitantes del pueblo más felices. A veces, imprimir dinero (incluso falso) tiene beneficios para el sistema económico.

¿Qué ocurre cuando introducimos dinero en una economía? Imaginad que dais mil dólares a cada habitante del país, así, de repente. De manera general podemos decir que hay dos efectos posibles: o bien suben los precios, o bien aumenta la producción.

Supongamos que la economía está “a pleno rendimiento”, es decir, no tiene capacidad ociosa alguna. Trabaja todo el mundo, todas las fábricas están activas y todos los recursos empleables del país están ya utilizándose. Entonces, la aparición de más dinero en la economía no puede aumentar la producción. Los precios subirán, necesariamente.

Pero, ¿y si la economía está por debajo de su capacidad? Supongamos que haya paro, fábricas cerradas y recursos ociosos a causa de una escasez de demanda o de excesivo endeudamiento. ¿Qué efecto tendrá la entrada de nuevo dinero en busca de bienes? En una economía razonablemente competitiva, los empresarios responden a un aumento de demanda aumentando la producción, no los precios. Las fábricas cerradas se reabrirán y los parados volverán a ser contratados. No tiene por qué haber ningún efecto sobre la inflación.

Para entenderlo mejor, miradlo al revés. Suponed que tenemos una economía a pleno rendimiento en la que drenamos dinero de repente, disminuyendo así la demanda efectiva. ¿Qué harán los empresarios? ¿Bajar los precios o disminuir la producción? Como regla general, la bajada de precios es un recurso complicado: en una economía muy interconectada nadie quiere hacerlo antes que sus suministradores y que los salarios, porque eso disminuiría su margen de beneficios. Lo que suelen hacer los empresarios es reducir la producción, lo cual causa una nueva disminución de la demanda agregada, que puede caer en espiral. Esto fue lo que sucedió en 2008.

En general, si se desea preservar los precios y mantener la economía a pleno rendimiento, se debe lograr que la masa monetaria se adapte a la capacidad productiva de la sociedad. Es un equilibrio delicado, que se puede conseguir con el manejo de ciertas herramientas, entre las que destacan la emision de dinero y la recaudación de impuestos.

Entonces, ¿cuándo se producen las famosas hiperinflaciones, como la de Zimbabwe? Históricamente, sólo en economías a pleno rendimiento y que, aun así, son incapaces de suministrar los bienes necesarios. Países a los que les falta capacidad productiva, sea por una guerra o por una dependencia excesiva de recursos del exterior, o países con Estado fallido que son incapaces de recaudar impuestos a los poderosos.

¿Por qué los ricos se ponen tan nerviosos con estas ideas a pesar de su evidencia? Porque su poder se basa en que el dinero sea un bien escaso. El juego consiste en mantener la economía en un equilibrio difícil: no tanto dinero como para que ellos pierdan su poder, no tan poco como para que sea imposible obtener beneficios. Es difícil ser rico.

Me gustaría destacar que este texto no discute opiniones políticas, sino el funcionamiento real de las economías desde 1971, cuando EEUU abandonó el patrón oro (por supuesto, eso excluye a España y a la Eurozona). No hay aquí nada normativo, todo es meramente descriptivo. Es la llamada Teoría Monetaria Moderna (Modern Money Theory, MMT), que está abriéndose paso en el mundo académico de mano de gente como Randall Wray, Bill Mitchell o Warren Mosler. Os recomiendo vivamente el libro de texto de Randall Wray, “MMT primer”, que está libremente disponible en la red.

 

Muerte y resurrección del capitalismo

Boceto de historia del Siglo XX

“La edad de los extremos”, como la llamó Eric Hobsbawm, es el mayor misterio de la historia. Comprendemos mucho mejor la caída del imperio romano, la dinastía Han, el renacimiento y la revolución francesa que el siglo XX, precisamente por tenerlo tan cerca. La revolución rusa, la gran depresión, la guerra civil española, Auschwitz, el muro de Berlín, Vietnam, mayo del 68… todo eso lo tenemos encima, no es fácil tomar perspectiva. No “pasó”, sino que “ha pasado”. Nuestra situación económica y política presente no es más que la conclusión lógica de toda esa masa de hechos. Los análisis, por tanto, son aún interesados y partidistas. No nos enfrentamos con el error, sino con la mentira.

Por todo eso, en un sano ejercicio de hubris, me dispongo a redactar un boceto de explicación, de narración de la historia del siglo XX. Será deliberadamente provocativo y parcial, esperando suscitar la discusión que el tema merece.

El mundo en 1900

Hacia 1900 el mundo está sumergido en dos impresionantes caminos de desarrollo complementarios: el técnico y la lucha obrera. La electrificación, el motor de explosión y la tecnología agraria aumentan enormemente la productividad. La lucha obrera consigue que esa productividad se reparta cada vez más equitativamente entre la población de los países ricos. Los sistemas democráticos se desarrollan, la libertad y la igualdad avanzan en Europa y EEUU. Demasiado, para el gusto de los capitalistas, que vuelcan sus fuerzas en el exterior: mercados cautivos y acceso a materias primas baratas. Es la llamada fase imperialista del capitalismo.

Las grandes potencias se reparten el mundo, y entran en competencia militar. El conflicto es inevitable, y estalla en 1914, en la primera guerra mundial. Aunque hoy en día nos parezca increíble, los partidos socialdemócratas y los sindicatos apoyan a sus gobiernos en el esfuerzo bélico. ¿Cómo podían no darse cuenta de guerra era, meramente, una lucha imperialista? Es sencillo: porque el éxito sindical les ha hecho vulnerables. Las fuerzas que habían sido revolucionarias han desarrollado unos aparatos de poder y unas burocracias que les hacen sensibles a la manipulación gubernamental. Les prometen el soñado acceso a los parlamentos, al poder oficial. A cambio, renuncian al internacionalismo y convencen al pueblo de que luche por su patria.

No todos los gobiernos son tan inteligentes, claro está. En Rusia, el Zar se aferra a los viejos modos, y la población se rebela contra una guerra que no entiende. O que entiende mejor que los obreros franceses y alemanes. La revolución de Octubre crea el primer estado que se define como soviético. (Nota lingüística al margen. Tanto “soviet” como “iglesia” significan, originariamente “asamblea”.)

¡Tú! ¿Fuiste voluntario?

¡Tú! ¿Fuiste voluntario?

Las guerras raramente se desarrollan como a los políticos les gustaría. La revolución desencasquilla el avance de la guerra, que termina en pocos meses. Las potencias capitalistas imperiales, temiendo la posible expansión del régimen soviético y con la excusa del pago de la enorme deuda de los zares, invaden Rusia. Sorprendentemente, el nuevo régimen consigue devolverles al mar. El miedo se convierte en pánico.

Los años 20 son especialmente interesantes. Los partidos socialdemócratas han llegado, como se les prometió, al establishment. Se crea el régimen de democracia formal, con grandes partidos burocratizados que tan sólo difieren en el nombre. Los gobiernos, para frenar el avance revolucionario, compran a los sindicatos, que se convierten en el freno de la clase obrera. A lo largo de los primeros años 20 se suceden diversos intentos revolucionarios en Europa, culminando con la gran huelga general inglesa de 1926, que fue traicionada por los sindicatos. En otros países, como Alemania e Italia, el mecanismo es diferente: la creación de grupos paramilitares como los Freikorps alemanes o los fascistas. En cualquier caso, en todo el mundo desarrollado la lucha obrera es abortada.

La productividad sigue creciendo, pero los salarios no. Los beneficios empresariales se disparan. Es la belle epoque, el Gran Gatsby y la cocaína. En el plano del espíritu, ha terminado la fe en la razón y el progreso continuo de la humanidad. La barbarie de la guerra crea una generación intelectual escapista que desarrolla las vanguardias y las filosofías irracionalistas. En el plano político, por no perder el afecto de las clases medias, se inventa el capitalismo popular: se insta a obreros cualificados, pequeños comerciantes y granjeros a invertir en bolsa. Los precios de las acciones se disparan, como en una estafa piramidal. La gente compra acciones a crédito y se crea una enorme burbuja. Los economistas avalan la estabilidad del sistema, e inventan justificaciones con unas matemáticas sofisticadas. Pero…

"Los ricos son diferentes. Tienen más dinero".

“Los ricos son diferentes. Tienen más dinero”.

La gran depresión

La burbuja estalla el año 1929, el año de la gran depresión.

Una buena parte de la población está sobre-endeudada. Se producen impagos y los subsiguientes pánicos bancarios. La población acumula dinero en metálico en sus casas. Se contrae la demanda, los precios bajan, y con ellos los salarios. Pero, al bajar los salarios, la deuda real crece, y la espiral deflacionista continúa. Como nos cuentan en “Las uvas de la ira”, los granjeros prefieren rociar sus mercancías con gasolina antes que malvenderlas. En medio de la abundancia, el mundo rico pasa hambre.

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Eso fue lo que predijo Marx: el capitalismo se destruiría a sí mismo. Todos los ojos se vuelven hacia la URSS, unos con pánico y otros con esperanza. Los partidos comunistas disparan su afiliación en toda Europa. Los capitalistas vuelven sus ojos a los partidos fascistas. Se condona la deuda de guerra a Alemania y se permite su rearme para frenar un posible avance militar soviético. Surgen los primeros estallidos bélicos, en Etiopía y en España, que despiertan a los intelectuales, y surge una generación mucho más vigorosa, comprometida y realista.

¿Cómo se salvó el capitalismo? La historia comienza cuando John Maynard Keynes, Irving Fisher y otros economistas reconocen lo que ya es obvio: el capitalismo es inestable, tiene ciclos perversos y se destruye a sí mismo. Marx tenía razón. Pero buscan ponerle remedio: se necesita que el estado actúe siempre de manera contraria al ciclo. Cuando la economía se enfría, el estado la debe calentar. Y cuando está caliente, la debe enfriar. Franklin D. Roosevelt llega al poder en 1933 en EEUU, e implementa las políticas keynesianas: el New Deal. La caída en picado de la economía estadounidense frena, y comienza la recuperación. Aumenta enormemente los impuestos de los super-ricos, y los utiliza para realizar un gasto público enorme en infraestructuras, que duran a día de hoy, y en el principio del estado del bienestar. Los brotes verdes, como si dijéramos, aparecen. Y eran reales.

El otro gobernante que implementa políticas keynesianas es Adolf Hitler. Crea el estado del bienestar alemán, y nuevas infraestructuras. Pero Hitler no saca el dinero de los super-ricos alemanes, que le han ascendido al poder, sino del expolio a los judíos. Esa diferencia es abismal, y lleva al partido nazi a una espiral de violencia y saqueo que termina por desembocar en la segunda guerra mundial. La guerra es el otro estímulo keynesiano de la economía, más importante aún que las obras públicas, puesto que en tiempo de guerra ningún super-rico se niega a pagar un 94% de impuestos. Sí, sí, habéis oído bien, un 94%. Ahí queda eso.

Cuando uno nace guapo...

Cuando uno nace guapo…

La edad de oro del capitalismo

Termina la guerra en 1945, el capitalismo se ha salvado por el momento. Los políticos son aún conscientes de la fragilidad del establishment, y se esfuerzan en crear estructuras que lo salvaguarden, las llamadas instituciones de Bretton Woods: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional tenían que ser garantes de la estabilidad económica mundial. Keynes deseaba que fueran parte de Naciones Unidas, pero al final quedaron en manos de EEUU. Ese error tuvo consecuencias mucho tiempo después. El dólar había quedado convertido en moneda mundial de facto, pero EEUU era consciente de que debía ser generoso. El Plan Marshall inundó Europa de dinero y de medios para su reconstrucción.

Por su parte, la URSS también había salido políticamente reforzada de la guerra. Pese a las esperanzas de los capitalistas, el avance nazi no había derrumbado el régimen. Al revés, el apoyo popular a Stalin era entonces más fuerte que nunca. Pero sus ansias revolucionarias habían decaído. La URSS renuncia formalmente a expandir el comunismo en Europa o EEUU, restringiéndose a su área de influencia reconocida en el este de Europa. Aun así, el espectro del comunismo aún perturbaba los sueños de los capitalistas occidentales. Comienza la guerra fría.

Comienza la edad de oro del capitalismo, en Europa Occidental y EEUU. Los estados cobran unos altos impuestos a sus super-ricos, y los utilizan para desarrollar el estado del bienestar en sus países. Vacaciones pagadas, seguro de desempleo, sanidad, educación… Los salarios se vinculan a la productividad, los obreros cada día viven mejor. Los partidos comunistas ven perder su número de afiliados, entre las persecuciones políticas y el acomodamiento de la clase obrera. La ciencia y la técnica se desarrollan, las libertades formales se consolidan, la amenaza de guerra se disipa en el primer mundo. El miedo a la URSS y a la expansión del comunismo es, paradójicamente, lo que causa la edad de oro del capitalismo.

¿Y en los países subdesarrollados? La competición imperialista, que había causado la guerra, termina para dar lugar a un “cártel imperial” de estados que se apoyan en el expolio del resto del mundo, bajo la égida de EEUU. Se otorga la independencia formal a muchas colonias. El nivel de explotación habría crecido uniformemente, de no ser por la guerra fría. La URSS apoyó los movimientos anti-imperialistas en muchos de estos países. En parte por ideología, y en parte porque pensaban que serían el talón de Aquiles del capitalismo. Así fueron desarrollándose enfrentamientos localizados: Corea, Cuba, Vietnam. Y es precisamente en Vietnam donde comienza la siguiente etapa de nuestra historia.

Vietnam y el fin de la bonanza

EEUU es el garante mundial de la paz, líder del cártel de países imperialistas. No puede, por tanto, permitir que ningún micro-país le tome el pelo. La derrota en la crisis cubana fue dura, así que decidieron dar un escarmiento. El candidato evidente era la Indochina francesa, hoy conocida como Vietnam. Tras años de lucha, los comunistas de Ho Chi Minh estaban derrotando a Francia. Como hicieran en Cuba en 1898, decidieron entrar en el conflicto usando un autogolpe. En 1965 fingieron un ataque norvietnamita contra un navío estadounidense. Tras un gasto enorme de vidas y de dinero, en 1975 fueron derrotados.

Give peace a chance..

Give peace a chance..

El gasto en la guerra de Vietnam desbordó las previsiones del gobierno estadounidense. En 1971, el presidente Nixon decidió “desvincular el dólar del oro”. Eso significaba que podía imprimir cuantos billetes deseara, no estaba limitado por las reservas del país. Y así lo hizo: había que pagar a la policía mundial. En teoría clásica económica, el pecado de calentar la máquina de imprimir billetes se castiga con la inflación. En efecto, los años 70 fueron años de una altísima inflación. Añádanse otros factores, como la rebelión de los países más ricos de entre los subdesarrollados: los productores de petróleo. Y la desregulación bancaria, con su expansión de crédito asociada, que comienza en aquella época. El miedo a la gran depresión comienza a perderse en las nieblas de la historia. Los banqueros dejan de agachar las orejas.

En los años 70, el mundo entero vivía el fin del sueño. Tras treinta años de bonanza económica, el paro crecía, los salarios se estancaban. Muchos países subdesarrollados habían recibido préstamos de Occidente durante los años buenos, y es el momento de apretar las clavijas. EEUU comienza a utilizar al Banco Mundial y el Fondo Monetario como gángsters. Los golpes de estado en Chile o Argentina son avisos para navegantes, qué puede ocurrir si no cooperas. Se fuerza a todos estos países a desmontar sus nacientes estados del bienestar y generar superávits que se invertirán en… dólares. De esta manera, EEUU genera demanda para todo el dinero que imprime de más, y salva su economía.

La era del neoliberalismo

La ineptitud de la izquierda europea y la derrota de los movimientos del 1968, así como la inoperancia de la URSS, que no ha sabido sacar provecho de la crisis, convence a los capitalistas de que ha terminado la época del miedo. Podemos volver a 1920.

Comienzan los 80, Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegan al poder.  Ambos tienen como economista de cabecera a Milton Friedman, que les dice lo que ellos quieren oír: el desastre económico de los años 70 fue creado por un excesivo estado del bienestar. Se inaugura la ideología neoliberal, que asegura que cualquier empresa será mejor gestionada si es de propiedad privada que si es de propiedad pública. Comienza una ola de privatizaciones que hizo a unas pocas personas mucho más ricas. El desastre de los ferrocarriles ingleses, que un día fueron los mejores del mundo, proviene de esta época.

Worse... tango... ever...!

Worst… tango… ever…!

Como objetivo económico único, los seguidores de Friedman (también llamados “monetaristas”) sólo persiguen el control de la inflación. La inflación excesiva es mala, claro está. Pero a quien más perjudica, con diferencia, es a los banqueros: si la inflación es mayor que el interés que van a cobrar, recibirán menos dinero del que prestaron. El efecto es inmediato: la economía, que comenzaba la recuperación, vuelve a hundirse. Los años 80 comienzan mal. Tras el experimento fallido, vuelve el gasto público a crecer, pero no para recuperar el estado del bienestar. Crece en armas: el sprint final de la guerra fría. La URSS ya no es capaz de sostener la lucha y cae el Muro de Berlín en 1989.

Los sindicatos, débiles ya, son desarmados. Los salarios se desvinculan de la productividad. Los capitalistas van adquiriendo una parte creciente del pastel. Pero la demanda interna cae: ya no tenemos quien compre los productos que fabricamos. El dinero escapa de la economía productiva, que da rendimientos bajos, y huye a la esfera financiera, a la especulación. Durante la edad de oro del capitalismo las burbujas fueron un fenómeno desconocido. Ahora regresan, y son continuas. La primera se produce en Japón, a finales de los 80, inaugurando la “década perdida” del país. Luego son la burbuja asiática, las punto com… Los políticos continúan eliminando las barreras que se impusieron tras 1929. En 1995, Bill Clinton deroga la ley Glass-Steagall, que separaba, desde tiempos de la gran depresión, los bancos comerciales de los bancos de inversión. Es decir: que impedía que se especulara con los ahorros de la ciudadanía corriente. De repente, los especuladores vuelven a contar con todo nuestro dinero para jugar. El riesgo es, claro, mucho mayor.

En lugar de ver el problema, los economistas garantizan que el libre mercado es siempre estable. Sus matemáticas son ahora más sofisticadas, unas preciosas ecuaciones diferenciales estocásticas…  pero con premisas falsas no puedes esperar conclusiones correctas. Se toleran instrumentos financieros que eliminan riesgos a los inversores, a cambio de incrementar el riesgo de colapso global del sistema. Por ejemplo, los seguros de impago de créditos. Hay una cierta analogía con la crisis medioambiental: cada fábrica contaminante se libera de sus gases tóxicos, a cambio de ensuciar la atmósfera en su conjunto.

La crisis de 2008-?

La gota que colmó el vaso fue la burbuja hipotecaria. La presión del capital forzó en muchos países la liberalización de la construcción de viviendas, en lugar de hacerla obedecer a planes urbanísticos globales. Allí se desbordó el dinero acumulado tras la explosión de la burbuja de las punto com. Así, contra toda racionalidad económica, se produjo una explosión de oferta y, a la vez, una explosión de precios. Pero, como dijo Keynes, los mercados pueden ser irracionales durante más tiempo de el que tú puedes mantenerte solvente.

Los bancos ya no asumían riesgos al conceder créditos, ya que estaban asegurados de mil formas. Contra la creencia popular, la banca no necesita tener reservas para poder prestar: el dinero de los créditos es dinero ficticio, creado de la nada. Las reservas las otorga, a posteriori, el banco central. Estas hipotecas se combinaban en paquetes, se aseguraban y se vendían en los mercados internacionales. Así que el único límite era el cielo… El resultado lo conocemos todos: llegó la primera ola de impagos, el primer banco insolvente. Nadie sabía quería comprar paquetes financieros, todos querían vender. El mercado colapsó: nadie sabía cuál era el precio de aquellos activos, pues nadie los quería.

El fantasma del 29 resucitó, al fin, con fuerza. Los banqueros se aterraron, culparon a los gobernantes de no haberles vigilado, como si fueran niños traviesos y les suplicaron que les rescataran. El estado, a pesar de toda la ideología neoliberal, no es enemigo de la empresa privada, sino su valedor último, así que volcó sus recursos en el rescate de los financieros irresponsables.

Después, el poco dinero que les quedó lo dedicaron a estimular la economía a la manera keynesiana. Sí, después de todo, Keynes tenía razón. Pero ya no había dinero en las arcas, tuvieron que pedirlo prestado… a los mismos que les habían rescatado. Los economistas neoliberales, que no vieron venir la crisis, fomentaron la nueva burbuja, al declarar que era el excesivo gasto público el que había provocado la crisis, y el estado del bienestar es insostenible… Comienzan a oírse términos como austeridad, consolidación fiscal… El crecimiento se detiene, el paro se dispara, y los que trabajan lo hacen cada día más para pagar deudas ajenas…

Lo que es insostenible es que los recursos sean detraídos sistemáticamente de la economía productiva a la financiera. Y la culpa última de ello la tiene la caída de la demanda, provocada por la falta de fuerza obrera. Al final, sí, de nuevo, la lucha real es una lucha de clases. ¿Surgirá a tiempo un nuevo Keynes que salve de nuevo el capitalismo? ¿O nos enfrentamos a sus últimos años?

Las víctimas son culpables

Si existe el infierno, yo lo reservaría para los que hacen a las víctimas sentirse culpables de su situación.

“Es verdad que los desahucios son un drama, pero las deudas hay que pagarlas. Si compraste un piso muy por encima de su valor real, y para ello te endeudaste, es tu responsabilidad. Nadie te obligó.”

Me sorprende la cantidad de veces que he tenido que soportar ese argumento, incluso viniendo de gente inteligente y bien intencionada. Se trata de una de esas tristes falacias que ya serían sospechosas con tan sólo ver lo bien que le sientan a los poderosos. El éxito de la propaganda política es siempre obtener la gestión del sentido común. Y en este caso lo han logrado: el argumento anterior parece auto-evidente.

Todo abuso de poder se intenta siempre justificar culpabilizando a las víctimas. Pensemos en las mujeres violadas que tienen que soportar preguntas dirigidas a establecer si ellas “provocaron” la agresión. No, señores, ser una víctima no implica ser una persona pura y candorosa. Una mujer puede ser provocativa con su manera de vestir y de actuar, puede ser tan guarrilla como le dé la gana y, aun así, tener derecho a ser defendida en caso de violación. No se debe tolerar que un juicio por violación se convierta en un juicio sobre el estilo de vida de la mujer violada. De la misma manera, una familia que ha perdido su vivienda y queda con una deuda de por vida tendrá mi apoyo, aunque en su momento hubieran usado el préstamo hipotecario para comprar también el coche y la wii. Así de claro.

“Las deudas hay que pagarlas” parece una evidencia, pero no lo es. No todas las deudas deben ser pagadas, aun cuando hayan sido asumidas libremente. Cuando una empresa quiebra, sus deudas no se cobran. Al prestar dinero, el banco asume un cierto riesgo de impago, y cobra un interés en base a dicho riesgo. La función social del banco es evaluar la probabilidad de éxito de cada plan de negocio y asignar préstamos en consecuencia. Imaginemos que pudiera idearse un mecanismo para que toda deuda fuera cobrada en cualquier caso, aunque fuera a costa de la vida de los prestatarios. En ese caso, el banco no asumiría ningún riesgo, y no tendría ningún motivo para negarse a prestar. Al no asumir riesgos, el banco tratará de convencer a los ciudadanos de que pidan prestado dinero para cualquier chorrada, por arriesgada e imbécil que sea, pues así maximizarán sus benficios. En conclusión: es necesario que, al prestar dinero, el banco asuma un riesgo de impago. En otras palabras: es necesario que algunas deudas no se paguen.

El reparto de riesgos entre prestamista y prestatario es un delicado equilibrio que debe establecer el Estado. Al fin y al cabo, el Estado es el garante del pago de las deudas. Sin la amenaza de violencia que sólo el Estado puede ejercer, nadie tendría por qué devolver ningún préstamo. Pero en los últimos veinte años los bancos han acumulado mucho poder político, y el equilibrio se ha destruido. Lograron desembarazarse de los riesgos asociados a los préstamos por diferentes vías. Por ejemplo, la venta de préstamos en forma de paquetes (CDO), o los seguros de impago (CDS). En España, añádase la ausencia de dación en pago. Los banqueros se dieron cuenta de que ganaban lo mismo, dieran préstamos buenos o malos. ¿Había desaparecido el riesgo, de verdad? No: lo asumían el Estado y los prestatarios.

¿Todos somos culpables? No, señores. Toda sociedad compleja precisa de división del trabajo y confianza en los especialistas. Confiamos en los médicos para que tomen decisiones sobre nuestra salud, en los ingenieros para que diseñen puentes y ordenadores… y en los financieros y economistas para que gestionen nuestro dinero. Los españoles éramos imbéciles, pensábamos que el director de nuestra sucursal bancaria era alguien en quien podíamos confiar, como nuestro médico. Grave error. Nos dijeron que los altos precios de los pisos eran naturales, y que era imposible que bajaran. Nos animaron a pedir préstamos aun cuando no los necesitáramos, y nos argumentaban que era bueno pedir más de lo necesario. Claro, ellos no asumían riesgos. Y los economistas les reían las gracias y publicaban artículos elogiando la nueva ingeniería financiera.

¿Qué pasaría si los físicos tuviéramos tan pocos escrúpulos como los economistas? Pues que negaríamos el cambio climático y animaríamos a todo el mundo a derrochar energía y a usar el coche hasta para ir a comprar el pan. Los magnates del petróleo nos premiarían con subvenciones y regalitos. Después, cuando llegara la catástrofe, nos llenaríamos la boca diciendo que “no había manera de preverlo” y que “todos somos culpables” de haber abusado del coche y derrochado energía.

La culpabilización de las víctimas se difunde como una mancha de aceite. Los desahuciados vivieron por encima de sus posibilidades. Los parados son vagos que quieren vivir de las subvenciones (¡que se jodan!). El fracaso escolar se debe a la falta de esfuerzo. Toda exclusión social radica, a la postre, en una culpa previa. Los no-excluidos aceptan de buen grado estas sandeces, pues les ayudan a sentirse a salvo. Eso no podría haberles pasado a ellos, pues son gente esforzada y con una gran fibra moral. Y lo que vale para las personas, vale para los países: Alemania es virtuosa, España es derrochona. El hecho de que el capital que huye despavorido de España esté ayudando a tapar el enorme agujero financiero alemán no tiene relevancia. Y lo mejor de la culpabilidad es que no mueve a la acción, sólo a la autoflagelación y al sufrimiento callado.

Así se extienden los engendros pseudo-intelectuales como “El Secreto”, Paulo Coelho o los libros motivacionales que nos informan de que obtendremos todo lo que deseamos si somos positivos y nos esforzamos. Ello implica que quien no obtiene el éxito es porque no se esfuerza o no es positivo. Salen del tablero otros motivos, como que las reglas del juego sean injustas, que los dados estén cargados. Y así logran que el sentido común abrace la noción de que quien tiene éxito es porque lo merece, y los derrotados del sistema lo son por su desidia y su flojera. La vida es justa, y las víctimas son culpables.

¡Economía Real, Ya!

Los físicos estamos de enhorabuena. Predijimos la existencia del bosón de Higgs, con una masa en torno a los 120 GeV… y ¡ahí está! (Aquí tenéis mi pequeña contribución.) La ciencia es algo maravilloso: recopilas evidencias, piensas mucho, formulas modelos, describes teorías, diseñas experimentos… y luego… ¡funciona! Imagino la cara de Le Verrier cuando se confirmó su predicción de la existencia de Neptuno. O la de Mendeleyev cuando se encontró el germanio que él había predicho.  Los médicos han alargado nuestra vida. Los ingenieros nos hacen cruzar el Atlántico en horas.

¿Y los economistas?

Pues los economistas dedican una cantidad ingente de tiempo a demostrar que su tarea es una ciencia. Lo cual es la más segura prueba de que, en realidad, no lo es. Sus modelos no han predicho ninguna de las crisis económicas del siglo XX. Los astrónomos predecían eclipses ya en el siglo IV a.C. “Bueno… “, uno puede decir: “es que la economía trata de temas mucho más complejos. Es difícil hacer predicciones”. Ese comentario me deja perplejo, porque los economistas no se equivocan levemente, sino que cometen espantosos errores de bulto. En Inside Job se describe cómo un prestigioso profesor de Harvard publicó un artículo sobre la solidez del sistema financiero islandés… meses antes de su colapso. Si no saben, ¿por qué escriben? Cuando oyes a los economistas hablar, no resuena ningún eco de humildad. Su discurso rebosa prepotencia, una arrogancia totalmente impropia de quien tiene su currículum plagado de fracasos científicos.

Dijo un famoso economista que “la eficiencia del mercado es tan importante que está por encima de las observaciones empíricas”. Waw.

En realidad, claro está, hablo de los economistas oficiales. Es diferente el caso de los economistas críticos, como los neo-keynesianos, Krugman, Stiglitz, Sen, Varoufakis… o, en España, Vicenç Navarro, Juan Torres o Alberto Garzón. La economía oficial (sea neoclásica, neoliberal, austríaca…) está, a nivel científico, a medio camino entre la astrología y la homeopatía. Y no porque contenga errores, sino porque contiene mentiras, mentiras interesadas. Aquí va una pequeña selección:

1.- La deuda excesiva del estado español es la causa de nuestra actual crisis. NO. El año 2007, justo antes de la crisis, el estado español tenía superávit, y una deuda sensiblemente inferior a la alemana.

2.- Un país endeudado en exceso debe adoptar medidas de austeridad. NO necesariamente y NO arbitrariamente. Es fácil caer en la paradoja del ahorro: si todos ahorramos durante una etapa de recesión, caerá la demanda, más empresas tendrán que cerrar… y nos hundiremos aún más en la recesión. Irving Fisher formuló una versión de esta paradoja para momentos de excesivo endeudamiento de un país. Si todos ahorramos, caerá la demanda, los precios y los salarios bajarán. Eso quiere decir que costará más conseguir cada euro. Y, por tanto, nos costará más pagar nuestras deudas. Así que, paradójicamente, cuanto más ahorramos, más debemos. Y ésa es nuestra situación en estos momentos.

3.- El pago de la deuda debería ser la prioridad para cualquier estado. NO. ¿Aceptarías que el pago de tu hipoteca fuera por delante de la comida de tus hijos? Para empezar, la deuda puede ser ilegítima u odiosa. Por ejemplo, los bancos que han recibido dinero del Banco Central Europeo al 1% para prestar al estado español al 7%. No hay ningún motivo para tolerar esa estafa. Es preciso llevar a cabo una auditoría de la deuda española, para saber qué parte es legítimo pagar.

4.- La economía nacional es como una familia. NO. En una familia, todo el trabajo remunerado se hace en el exterior de la misma. La totalidad de los ingresos vienen de fuera. En España, el 70% de los ingresos nacionales es endógena, es decir: bienes y servicios que los españoles compramos a los españoles. Al enfriar la economía interna, los españoles nos volvemos más pobres y no mejora nuestra capacidad para pagar nuestras deudas. Si nuestro problema fuera de excesivo consumo en el exterior, la solución sería obvia… una política proteccionista: poner aranceles para que los españoles no consuman bienes extranjeros.

5.- El enfriamiento de la economía nacional (devaluación interna) salvará la competitividad española. NO. Como ya hemos dicho, la devaluación interna empobrecerá inútilmente a los españoles, y disminuirá nuestras posibilidades de pagar la deuda. Pero, además, no es factible mejorar nuestra competitividad de esta forma. Para empezar, porque todos los países del mundo están intentando disminuir sus importaciones. Pero, más grave aún: porque la falta de competitividad española se debe a nuestro atraso tecnológico. Intentar mejorar nuestras exportaciones sin invertir en I+D nos condena a luchar por el mercado de los productos de escaso valor añadido (es decir: no venderemos alta tecnología, sino posavasos de plástico). Y eso nos fuerza a competir con China. ¿Queremos vivir como ellos?

6.- El comercio libre internacional favorece siempre a todas las partes. NO. Todos los países ricos han desarrollado su industria gracias a un período, a veces muy largo, de proteccionismo. Ningún país del mundo ha desarrollado una industria competitiva en un marco de libre competencia.

7.- El mercado libre siempre favorece a todas las partes. NO. El problema radica en el término “libre”. Si yo me muero de hambre y tú no, puedes imponerme el precio que quieras por un plato de lentejas. No hay intercambio libre cuando una de las partes tiene una necesidad acuciante. Ni cuando una de las partes es sensiblemente más fuerte que la otra. Las condiciones necesarias para un verdadero intercambio libre son tan restrictivas que lo vuelven inútil en la práctica.

8.- La gestión privada es siempre más eficiente que la gestión pública. NO. Valga como ejemplo la sanidad española, fundamentalmente pública, mucho más barata y con mejores resultados que la norteamericana. Más aún: tenemos motivos para pensar que, en términos generales, la gestión controlada democráticamente es mucho mejor que la gestión privada.

9.- Todos los países deberían mejorar su competitividad, y así saldremos de la crisis global. ¡¡¡NO!!! ¡¡Y además es un absurdo lógico!! Si todos los países mejoramos nuestra competitividad, ¡estaremos en el mismo sitio exactamente! Un esquema de solución que no se pueda exportar a todos nunca es una buena solución.

10.- Los salarios, como todos los precios, deben estar sujetos a la ley de la oferta y la demanda. NO. El mercado de trabajo es diferente a todos los demás. Si el precio del queso baja, algunos queseros dejarán el negocio y fabricarán otras cosas: la oferta baja. Pero si disminuye el salario, la cantidad de gente que busca trabajo crece. La razón es que algunas personas necesitarán un segundo empleo, algunas mujeres que estaban criando a sus hijos volverán al mercado de trabajo, habrá estudiantes que abandonarán los estudios… Es como si, al bajar el precio del queso, más gente se quisiera hacer quesera. La razón es que los trabajadores no podemos hacer otra cosa que trabajar para ganarnos la vida.  Si buscas el equilibrio oferta-y-demanda para el precio del trabajo… éste es, simplemente, el salario de subsistencia. La razón por la que ganamos más que eso es, únicamente, política.

11.- Si se liberalizara el mercado de trabajo, se acabaría el paro. NO. El paro no se debe a la rigidez del mercado de trabajo. Si así fuera, Suecia (8% de paro) tendría mucho más paro que España (25%). El paro, en realidad, es un arma de lucha de clases. Es la forma en la que los empresarios meten miedo a los trabajadores para instarles a aceptar menores salarios y peores condiciones de trabajo. Si dudas… sólo tienes que mirar a tu alrededor y escuchar las frases del tipo: “con la que está cayendo, cualquiera se queja”.

12.- Empresarios y trabajadores deben negociar los salarios individualmente, sin convenios colectivos ni sindicatos, que sólo sirven para escudar a los malos trabajadores. NO. ¿Deben el zorro y las gallinas negociar libremente los intercambios que realizarán? El empresario y el trabajador no negocian en igualdad de condiciones. El empresario se juega los beneficios. El trabajador se juega su pan. La única opción para equilibrar la balanza es la negociación colectiva.

13.- Rebajando los sueldos habrá más trabajo. NO necesariamente, porque habrá menos consumo. Eso sólo es cierto en el caso de que los consumidores y los trabajadores no sean las mismas personas. Por ejemplo: las economías bananeras de exportación. El gran drama de los empresarios es que cada uno querría pagar sueldos de miseria… mientras los demás pagan sueldos fabulosos.

14.-  Los empresarios son quienes crean riqueza. NO: los trabajadores son quienes crean riqueza. Recordemos una cuestión terminológica básica: empresario es, simplemente, el dueño de la empresa. Hay empresarios que trabajan, como gestores, en sus empresas. Y hay empresarios que no. Las empresas crean riqueza aunque el empresario se quede en casa rascándose el escroto. Pero si los trabajadores imitan su ejemplo, la creación de riqueza termina.

15.- Los empresarios son quienes crean puestos de trabajo. NO: los consumidores son quienes crean puestos de trabajo. Podemos tener puestos de trabajo sin empresarios: en el sector público o en cooperativas. Pero no es posible sostener los puestos de trabajo sin consumidores.

16.- La lucha de clases (ya) no existe. Empresarios y trabajadores estamos en la misma barca. Radicalmente, NO. Tras la Segunda Guerra Mundial, ante la amenaza de extensión del comunismo, las sociedades occidentales obligaron a los empresarios a compartir la riqueza generada con los trabajadores. En aquella época, el tipo impositivo máximo en EEUU llegó a superar el 90%. La economía se expandía, había riqueza para todos. En los años 80, con la caída del bloque soviético, los poderosos perdieron el miedo a los trabajadores. Cayeron los tipos impositivos, y cayeron los salarios reales. En 2006, Warren Buffett (uno de los hombres más ricos del mundo) comentó al New York Times que él pagaba menos impuestos que sus secretarias. Y añadió: “Hay lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que la está haciendo y la que la está ganando”.

…y tengo bastantes más, que postearé en otro momento.

En resumen: ¡Economía Real, Ya!  Hemos dejado de creernos las mentiras interesadas de los economistas oficiales. Necesitamos una ciencia económica a la altura de los tiempos, que sea capaz de hacer predicciones… o de reconocer cuándo éstas no se pueden hacer; que pierda su arrogancia, que entienda que es una sirviente de la política, y no al revés; que aprenda historia, filosofía, matemáticas, tecnología… que tenga el coraje de enterrar los modelos fallidos; que razone en términos de bienestar y no de dinero; que acepte la democracia… Y que nos sirva para algo.

Muchos ánimos a todos los economistas que os sentís indignados con el Disneylandia científico que nos han intentado vender. Os necesitamos.

 

Addendum, 7 de septiembre: Ibeth Rivero ha publicado aquí una interesante respuesta a este artículo, desde el punto de vista de una economista profesional.

La salida alpina a la crisis

Sobre las monedas complementarias: de Wörgl al patacón.

Como hemos discutido hasta la saciedad en este blog, estamos sumidos en una grave crisis de demanda, desatada primero por el endeudamiento privado y después por el paro. Las empresas no venden, así que cierran. El Estado recauda menos, así que reduce gastos. El paro se incrementa aún más, se reduce aún más la demanda y completamos el círculo.

La salida más directa sería un ataque frontal al fraude fiscal, sobre todo de las grandes fortunas y la banca (74%, según GESTHA), acompañado de la obligación a los bancos de actualizar sus balances, evaluando el precio de mercado real de sus activos. Varios bancos
españoles quebrarían (si no todos). El Estado debería llenar el vacío financiero creando una Banca Pública.

Pero esa solución necesita una contrapartida monetaria. Ahora mismo el Estado carece de fondos para los gastos ordinarios, y los grandes capitalistas (también conocidos como “los mercados”) se niegan a prestárselos. El gobierno de Rajoy ha optado por desmantelar los
servicios públicos, encantado de que los mercados le obliguen a hacer lo que se moría por hacer de todas formas. Pero la pregunta sigue estando sobre la mesa: ¿cómo obtenemos los fondos necesarios para sacar los servicios públicos adelante, hoy?

Los grandes capitalistas nos niegan los fondos. Lógico: nos quieren ahogar para que abandonemos los servicios públicos y tener una enorme posibilidad de negocio: sanidad, educación y pensiones, fundamentalmente.  El gobierno parece extrañado de que bajarse los pantalones no incremente la confianza de los mercados. Sí, sí que la incrementan. La confianza en que podrán expoliar al Estado cuanto quieran. ¿Y si fuera la propia ciudadanía la que le presta al Estado? ¡No tenemos dinero para prestar, dirán algunos! Pero eso no es cierto.

Austria fue, como toda Europa, un país muy sacudido por la Depresión del 29. Una crisis que, todo sea dicho, se parece sorprendentemente a la actual: un endeudamiento que ahoga la economía, paro rampante, ausencia de demanda, falta de liquidez. Un pequeño pueblecito, llamado Wörgl, decidió emitir “dinero local”. El ayuntamiento contrató a personal, pagando en una nueva moneda que emitían ellos mismos. La moneda era de curso legal tan solo en Wörgl, y perdía valor con el tiempo (interés negativo), lo que hacía que los ciudadanos la quisieran gastar lo antes posible. Eso dinamizó tremendamente la economía del pueblecito, que terminó virtualmente con el paro. El experimento terminó cuando el Banco Central Austríaco forzó al gobierno a prohibirlo, por miedo a que el ejemplo cundiera. Wörgl volvió a hundirse. Otro gran éxito de los banqueros centrales.

Otro ejemplo lo tenemos si pasamos de los Alpes a los Andes. Argentina sufrió otra crisis similar a la nuestra entre los años 1999 y 2003. La provincia de Buenos Aires emitió los “bonos patacón”, que servían como moneda local. En este caso, la moneda complementaria emitida tenía interés positivo: el gobierno de Buenos Aires se comprometió a recomprar los bonos por pesos, con un interés adicional, cuando la crisis pasara. Y así se hizo. Junto con otras medidas, la moneda complementaria ayudó a que, hoy en día, el PIB de Argentina crezca al 9% y su tasa de desempleo esté en el 8% (envidia, ¿eh?).

Como dijo Thomas Alva Edison, “Si una nación puede emitir un dólar de deuda, puede emitir un billete de dólar. El elemento que hace la deuda buena hace al billete bueno. Ambos son promesas de pago, pero una engorda a los usureros y la otra beneficia a la gente. Si la moneda emitida por el gobierno no fuera buena, entonces la deuda emitida tampoco lo sería. La situación es terrible cuando el gobierno, para aumentar la riqueza nacional, debe endeudarse y asumir intereses abusivos”. Desgraciadamente, hemos cedido nuestra soberanía monetaria. Eso implica que no podemos emitir dinero, sólo deuda. Si los usureros quieren ahogar al Estado con tipos de interés abusivos, ¿por qué no endeudarse con los ciudadanos? En otras palabras: ¿por qué no emitir bonos patacón?

El concepto es sencillo. El gobierno NO RECORTA sus gastos sociales ni sus salarios. Más aún: incrementa la contratación de personal sanitario, docente, y dota la ley de dependencia, construye hospitales y colegios. Pero, dado que el gobierno no tiene euros para pagar todos esos sueldos, una parte de los mismos son denominados en bonos. El gobierno se compromete a volver a comprar esos bonos, con euros, cuando la crisis haya sido superada, o en un plazo fijo. Si lo considera conveniente, puede añadir un interés, que bien puede ser el mismo que paga Alemania.

Los bonos, en principio, no son moneda de curso legal. Eso implica que nadie tiene obligación de aceptarlos como medio de pago. Pero el gobierno, en un movimiento audaz, puede hacer obligatoria su aceptación para el pago de impuestos y de deudas con los bancos. Eso, más aún que el interés, los haría atractivos para la ciudadanía. De esta manera sutil, los bancos llenarían sus balances con deuda del Estado… al tipo de interés que el Estado determine.

El efecto económico sería inmediato, no como las medidas de Rajoy, que vienen a ser para cuando las ranas críen pelo. El paro disminuiría ipso facto, la ciudadanía estaría más satisfecha y optimista. Siempre nos preguntamos por la “confianza de los mercados”… pero la “confianza de los ciudadanos” debería ser mucho más relevante. Las pequeñas y medianas empresas aumentarían su nivel de negocio, y aumentarían la contratación a su vez. La recaudación el Estado crecería, aunque en parte sería recuperación de estos mismos
bonos. Los únicos que no serían felices serían los banqueros, porque captarían bastantes bonos en lugar de euros como pago por las hipotecas. Bueno, ellos crearon la crisis, me parece un castigo bastante leve.

Así estaba Heidi de feliz cuando el alcalde de Wörgl inició el experimento. Yodelodelodeyúuuuuu!!

(Nota: el axarco, moneda local de la Axarquía, en Málaga, surgió por interés histórico y comunitario, más que económico. Aun así resulta un experimento muy interesante en sí mismo.)

Desigualdad e ineficiencia económica

Este post entronca con el comentario de NP-completo sobre la percepción distorsionada que los españoles tenemos de nuestra riqueza. Imaginad que un socialista-marxista-trapecista rrradical convocara un referendum en el que se nos diera la opción de igualar la riqueza personal de todo el mundo: juntar todo el patrimonio personal de los españoles y dividirlo a partes iguales entre todos. Pensando solo en tu interés personal, ¿votarías a favor, o en contra? En un esquema meramente egoísta de decisión, la única variable relevante será saber si tengo más o menos que la media. Alguien podría razonar: “la mitad de la población tendrá más dinero que la media, y la otra mitad tendrá menos, de manera que el referendum debería resultar en un empate”. Y esa manera de razonar estaría radicalmente equivocada. Y, a la vez, posiblemente fuera correcta.

La media de la distribución de riqueza es lo que resultaría de juntarlo todo y dividirlo a partes iguales. La cantidad de dinero tal que la mitad tiene más y la mitad tiene menos se llama, en cambio, mediana. Media y mediana no tienen por qué coincidir. Veamos un ejemplo:

Repartamos 100.000€ entre diez personas. Sin saber nada más, ya podemos averiguar cuál es la media: 10.000€ por cabeza. Pero ahora estudiemos en detalle la distribución.

1.000€ 3 personas
2.000€ 2 personas
3.000€ 1 personas
5.000€ 1 personas
6.000€ 1 personas
9.000€ 1 personas
70.000€ 1 personas

Nadie sabe cuánto dinero se repartió, de manera que no conocen la media. ¿Cómo saber qué votar en el referendum socialista-marxista-trapecista?

Obviamente, las personas que recibieron 1.000€ saben que sólo pueden ganar. Las que recibieron 2.000€ es bien posible que piensen lo mismo, ya que 5 personas tienen más que ellos. El caso interesante es el de las personas que recibieron 3.000€, 5.000€, 6.000€ y 9.000€. Ven que tienen más que la mayoría y dudan. Si no son conscientes de que hay una persona que obtuvo, ella sola, 70.000€, es bien posible que voten en contra del reparto. A pesar de ser totalmente en contra de sus intereses.

La media del dinero recibido es, como ya dijimos, 10.000€. La mediana es la cantidad que divide a la población en dos partes iguales. Podemos ponerla en 2.500€. Los que tengan más, si no piensan mucho, se creerán ricos. Y votarán lo que votarían los ricos.

¿Cómo es la distribución real de la riqueza? Pues realmente, como en el ejemplo. En todos los países del mundo a la mayoría le convendría el reparto de la riqueza. Aunque el referendum socialista-marxista-trapecista que propongo es una caricatura, es cierto que en muchos países la gente vota a partidos de derechas (económicamente hablando), que tomarán algunas medidas de reparto de la riqueza que incrementarán la desigualdad, perjudicándoles. ¿Es la gente inconsciente de este hecho? En parte. Pero otro factor nada desdeñable es que mucha gente tiene una percepción equivocada de su lugar en la escala económica.

En España, la media de renta familiar está en 154.000€, y la mediana en 95.600€. Eso significa que mucha gente cuyo patrimonio es mayor que 95.600€ pero menor que 154.000€ CREE que saldría perdiendo con medidas redistribuidoras de riqueza. ¿De qué fracción de la población estamos hablando? Según los datos de este artículo de F. Azpitarte, alrededor del 25% de la población tiene una riqueza que se sitúa entre la media y la mediana. No está mal. Es población a la que el desconocimiento de la estadística puede hacer elegir una política contra sus propios intereses. Más aún: el 10% más rico de la población es dueño del 42,6% de la riqueza del país. Algo menos de la mitad. Waw.

Si nos fijamos en los ingresos, un ejecutivo (CEO) de una gran empresa gana, en promedio, unas 1.000 veces lo que gana un trabajador. En 1970 la proporción era tan solo de 40 a 1. ¿En serio? ¿Me quieren decir que la riqueza que crea un ejecutivo es 1.000 veces mayor que la que creo yo? A lo largo de mis 15 años de vida laboral he enseñado matemáticas a alrededor de 10.000 chicos y publicado más de 20 artículos de investigación. Luego el ejecutivo promedio ha debido crear una riqueza equivalente a enseñar matemáticas a diez millones de personas y publicar veintemil artículos. De nuevo, waw.

¿Y cómo se ha comportado la desigualdad en los últimos tiempos? La siguiente gráfica lo muestra: no ha hecho más que crecer. Según datos del Banco de España, analizados por Alberto Garzón, ésta es la evolución del salario real en España, ajustado con la inflación, en los últimos años:

Sí. Ha decrecido. ¿A qué se debe ese repunte final? Es fácil de entender: cuando comienza la crisis y comienzan los despidos masivos, los primeros trabajadores en perder el empleo son los eventuales, que cobran menos en promedio. No hay ninguna subida real, sólo una expulsión del mercado de los que menos cobraban. Bueno. Alguien podría aducir que la disminución salarial quizás se deba a que todos somos más pobres. No. Se debe a que los beneficios empresariales han crecido, a costa de la masa salarial, en los últimos años (de nuevo, datos elaborados por Alberto Garzón):

Visto desde el punto de vista de la justicia y de la ética, no tiene ninguna lógica. ¿Y desde el punto de vista de la eficiencia? ¿Es posible que esa desigualdad sirva como acicate para que nos intentemos superar, haciendo a la economía prosperar para todos? Si los ricos usan la renta obtenida para reinvertir en la economía productiva, crearán más riqueza y puestos de trabajo, ¿no es asi? Bueno, depende. Cada empresario reparte su ganancia en dos secciones: dividendos y reinversión. Los dividendos van a su bolsillo. La reinversión es productiva. ¿Qué hacen los empresarios con los dividendos? Pueden gastar en consumo de lujo, o pueden invertir en el extranjero, en deuda pública de cualquier país o en los mercados financieros. En cualquier caso, es dinero que escapa de la economía productiva. La siguiente gráfica muestra la evolución de la fracción de renta empresarial que ha ido a dividendos. Como se puede ver, en los últimos años ha crecido del 20% al 50%.

¿Por qué? Porque estamos en una crisis de demanda. El paro aumenta, los sueldos bajan, el poder adquisitivo de los españoles disminuye. No tiene sentido reinvertir en la economía productiva. Es muy difícil obtener beneficios vendiendo en el mercado interior. Concluimos así que la desigualdad, enorme y creciente, no tiene ningún efecto positivo sobre la economía. Más aún, es el lastre fundamental, ya que detrae recursos de la economía productiva.

¿Hay solución? Sí, sí que la hay. Gravar enormemente esos dividendos. Y reinvertir el dinero obtenido en el desarrollo del Estado del Bienestar, en crear empleo y fomentar la demanda.

¿Y si no hacemos eso? Bueno, entonces la espiral deflacionista solo parará cuando la ausencia de demanda interna ya no sea un problema, porque los trabajadores españoles ya no seamos los clientes de los empresarios españoles. Es decir, cuando los salarios sean tan bajos que nuestra economía se vuelque sobre la exportación. Eso sería terrible. ¿Por qué? Hay dos tipos de economías exportadoras. Las de alto valor añadido, son países con empresas de tecnología avanzada, con personal altamente cualificado, que han dedicado decenios a invertir en ciencia y en I+D+i. Luego están las repúblicas bananeras, donde una mano de obra sin cualificar cobra sueldos de hambre y a los empresarios les importa un rábano, porque sus clientes están en el otro extremo del mundo. Adivinad en qué lado nos toca estar. Si seguimos así, en unos años estaremos compitiendo con China por el mercado de los “Todo a 100”.

Filosofías políticas: quién es quién

Filosofías políticas: quién es quién (y qué busca cada quién)

Vivimos tiempos políticamente convulsos, y esto no ha hecho más que empezar. Desde el poder nos intentan convencer de que no existen opciones, y en la calle encontramos cada día nuevas. Así que, y justamente debido a ello, he decidido que es un buen momento para pararse a pensar qué filosofías políticas hay sobre la mesa y quién sustenta cada cual.

El término “ideología” está cargado negativamente desde su origen. Marx lo utilizaba para denotar la serie de mentiras que el poder usa para someter la conciencia de sus súbditos. Prefiero un término neutro como “filosofía política”, y con ello me refiero al conjunto de ideas básicas que sustentan la manera de razonar de cada cual.

Hasta el siglo XIX, la población en general no tenía “ideas políticas”. Para la mayoría de la población, la situación política era algo dado por Dios, inmutable. No era ni bueno ni malo. Simplemente, era. A partir de la Ilustración y, sobre todo, de la Revolución Francesa, las cosas cambian. Aparecen las cuatro filosofías políticas clásicas que hemos heredado:

  • El conservadurismo. Es, fundamentalmente, la reacción a la Revolución Francesa. La sociedad se debe guiar por los modos tradicionales de hacer las cosas. Estas formas tradicionales han sido puestas a prueba durante siglos y funcionan bien. El pensamiento conservador está ligado a la religión y a la sumisión a las formas tradicionales de autoridad. Tiene miedo ante cualquier tipo de novedad, y reacciona agresivamente ante ellas. En el lado positivo, es una filosofía política comunitaria que cree que el poder debe intervenir activamente en la búsqueda del bien común. Es la forma de pensamiento político típico de la clase más alta y de la población con bajo nivel educativo. Su máximo exponente clásico podría ser Edmund Burke.
  • El liberalismo político. Es la filosofía política de la Revolución Francesa, consecuencia natural de las luchas de religión de los siglos XVI y XVII y de la Ilustración. Pone el énfasis en la libertad individual frente al poder del Estado, e insiste fuertemente en la igualdad ante la ley, los derechos individuales, la separación de poderes y la separación de Iglesia y Estado. Según pasa el tiempo, va adoptando nuevas luchas: derecho de reunión y manifestación, oposición a la censura, sufragio universal, igualdad de derechos para la mujer… y, ya en el siglo XX, anti-colonialismo, anti-racismo y lucha contra la homofobia. Tiene su máximo exponente clásico en John Stuart Mill.
  • El liberalismo económico. Es un primo lejano del liberalismo clásico que asegura su afiliación con el liberalismo político, pero pone su énfasis en la “libertad económica”. Es la doctrina política de la alta burguesía industrial que surge en el XIX, y su único punto del orden del día doctrinal es que el Estado no se debe inmiscuir en la economía. Aseguran que si el Estado se limita a proteger la propiedad privada y asegurar que los contratos se cumplan, la prosperidad está asegurada. Sus exponentes clásicos serían Adam Smith o, ya en el siglo XX, Milton Friedman o Friedrich von Hayek.
  • El socialismo. De nuevo una filosofía política con su énfasis en las cuestiones económicas. El socialismo aparece tras la Revolución Francesa, debido a los abusos a los que dio lugar la Revolución Industrial. Es la lucha por el reparto justo de la riqueza. La burguesía, que había estado en el lado revolucionario, al vencer pasa al lado conservador. La nueva lucha es la lucha de clases, los pobres contra los ricos. Su lema más importante: “a cada cual, según sus necesidades; de cada cual, según sus capacidades”. Pensadores importantes son Marx, Proudhon, Kropotkin…

Éstas son las filosofías políticas que el siglo XIX nos legó. ¿Sirven aún, hoy en día, para orientarnos? Yo diría que sí, con la condición de que distingamos entre (a) lo que los políticos dicen ser, (b) lo que los políticos hacen y (c) lo que los votantes piensan.

El socialismo y el liberalismo político constituyen lo que podemos llamar la izquierda. El poder ha luchado siempre por mostrarlos como opuestos, pero en realidad no lo son, se complementan perfectamente. El conservadurismo y el liberalismo económico, por otro lado, son lo que voy a llamar la derecha.

Alguien podría preguntar: ¿existe una corriente de pensamiento liberal, que combine al liberalismo económico y al político? La respuesta es que no. Al liberalismo económico no le ha temblado el pulso ante la idea de asociarse al conservadurismo reaccionario más agresivo, constituyendo regímenes fascistas. Así, la Chile de Pinochet tenía el visto bueno de Milton Friedman y los “Chicago boys”. Los dos liberalismos, a pesar del parecido en el nombre, no combinan bien. El liberal-político consecuente (John Stuart Mill, Amartya Sen, etc.) se da cuenta de que la no-intervención del Estado en economía sólo deja a los débiles en manos de los fuertes. El liberalismo económico necesita de su primo político para poder presentar una cara amable. Es fácil atraer votos con llamamientos a la libertad y a los derechos individuales. En cambio, atraer votos pidiendo la libertad de los ricos para aprovecharse de los pobres tiene el mismo encanto que una apendicitis.

Es bien sabido que los socialistas en el gobierno no suelen estar a la altura de sus propias ideas. Pero es menos conocido el hecho de que los liberales económicos tampoco lo están. Según el laissez-faire clásico, toda empresa que no funciona debe quebrar, para dejar el hueco a nuevas empresas que funcionen mejor. En cambio, los banqueros -los mayores defensores del liberalismo económico- están encantados con haber sido rescatados. Son muy pocas las voces que se han oído, en Europa o en EEUU, a favor de dejar caer a los bancos quebrados. ¿Y por qué no se deja quebrar a Grecia? ¿Estarían los ciudadanos griegos peor de lo que están ahora? Probablemente, no. Pero la banca francesa y alemana, que prestó dinero irresponsablemente, estaría en serios aprietos…

En resumen, el liberalismo económico es más una campaña de márketing de los ricos que una filosofía política en sí misma. Hay unos pocos liberales económicos genuinos, pero no tienen ni peso político, económico ni intelectual alguno. Aun así, la campaña mediática para crear votantes liberales-económicos es gigantesca. La idea es simple: se trata de convencer a una fracción grande de la población de que cuando hablamos de subir a los impuestos de los ricos, estamos hablando de ellos. No creo que tenga éxito.

Bien, hagamos ahora el recorrido de nuestros políticos. ¿Dónde está, en términos de filosofía política, el Partido Popular? Es evidente su afiliación con el liberalismo económico. Pero… ¿es conservador o es liberal político? Sus actos les delatan como netamente conservadores, pero en su discurso muchos de ellos afirman ser liberales políticos. El PP es un partido que intenta extenderse lo más posible en el espacio ideológico mediante el uso de conceptos confusos y vagos (“hacer lo que hay que hacer”). Esta estrategia está diseñada para que en España no surja ningún partido de centro ni de ultra-derecha. Los votantes del PP, en cambio, son fundamentalmente conservadores. No hay aún base social en España para un discurso liberal económico.

¿Y el PSOE? Aunque sigan teniendo el término “socialista” en sus siglas, desde finales de los 80 sus actos les delatan como un partido liberal-económico. La diferencia es, evidentemente, en la orientación liberal-política. De manera que tenemos la paradoja de que lo más cercano a un partido liberal “íntegro” en España… es el partido socialista. La paradoja se vuelve más interesante aún cuando estudiamos a los votantes del PSOE, que son a la vez liberales políticos y socialistas.

¿E Izquierda Unida? Es una fuerza liberal-política y socialista, con unos votantes del mismo género. En realidad, es fácil mantener la coherencia ideológica cuando uno está lejos del poder. ¿Hay alguna diferencia entre los votantes de IU y los del PSOE? Sí, pero no es la ideología. Es el coraje de preferir votar a una fuerza minoritaria antes que votar a quien ha pervertido sus ideas. Lo mismo podría decir de Equo o los restantes partidos pequeños de izquierda.

Un partido complicado de encuadrar es UPyD. Es todo y nada, a la vez. Es un partido populista, que intenta recabar el descontento de todas las fuerzas políticas sin aportar ninguna filosofía política propia. Sus temas clave son el anti-nacionalismo (asociado al conservadurismo) y la regeneración de la ética política, que podríamos llamar un tema transversal. Aunque no han tenido responsabilidad de gobierno alguna, puedo apostar sin temor a equivocarme que resultarían en los hechos tan liberales económicos como el PP.

CiU es un partido netamente liberal-económico y conservador, como el PP, siendo la única diferencia el número de franjas de la bandera. Aquí hay una paradoja aparente: he llamado conservador a UPyD por ser anti-nacionalista, y llamo conservador a CiU siendo un partido nacionalista. No hay ninguna contradicción en ello: ambos tienen en común poner el énfasis en la identidad nacional. Unos con respecto a España, los otros con respecto a Cataluña. El tema del nacionalismo engloba dos aspectos muy diferentes, hasta contrapuestos: el anti-colonialismo, asociado al liberalismo-político, y el énfasis en la identidad nacional (española, catalana o klingon, da lo mismo), que es un rasgo netamente conservador. De ahí la paranoia característica de los partidos nacionalistas de izquierda.

Así, en conclusión, diría que:

  • Los conceptos de izquierda y derecha son útiles, pero es preciso afinar más. La izquierda es liberal-política y socialista; la derecha es conservadora y/o liberal-económica.
  • El socialismo y el liberalismo político sólo son contradictorios en la mente de Esperanza Aguirre. El liberalismo político y el liberalismo económico sólo son compatibles en la mente de Esperanza Aguirre.
  • La población española se divide en conservadores por un lado, y liberales-políticos + socialistas del otro. No hay apenas votantes liberales-económicos. La propaganda para crear esta casta de votantes es enorme, pero no creo que llegue a cuajar.
  • En cambio, la casta política gobernante (PP, PSOE, banqueros, etc.)   tiene un comportamiento íntegramente liberal-económico, con sus contradicciones usuales: laissez-faire… salvo que los grandes se caigan.

Y ésa es una de las razones por las que decimos que no nos representan.

¿Para qué sirve el paro?

¿Para qué sirve el paro? Es una extraña pregunta, parece similar a preguntar para qué sirven los huracanes o el cáncer. Se nos ha hecho creer que el paro es un accidente de la Naturaleza. Si es así, la respuesta es obvia: no sirve para nada.

La explicación usual sobre el origen del paro está en la rigidez del mercado de trabajo: el excesivo poder de los sindicatos hace que sea muy caro contratar y muy difícil despedir. Los empresarios, en estas condiciones, no usarán su dinero para crear empleo. Esta explicación es cierta y falsa a la vez. Empíricamente, hay muy escasa correlación entre protección social y desempleo. Así que, en sentido estricto, es falsa. Pero apunta fuertemente a la explicación verdadera: el paro es el chantaje que los empresarios usan para que los trabajadores sean dóciles.

¿Por qué los empresarios y el PP hablan tanto de paro? ¿Porque les importa? Si así fuera, no estarían despidiendo empleados públicos de continuo. No. El paro es la pistola que los de arriba están poniendo de continuo sobre nuestra sien. Hablan continuamente de ella para que no se nos olvide el chantaje al que nos están sometiendo. Y el chantaje es: desmontad el estado del bienestar o hundiremos el país.

“Con la que está cayendo” es la frase más repetida en los últimos años. Decidme si os suenan:

– Me obligan a hacer horas extras gratis, pero… ¡cualquiera protesta con la que está cayendo!

– He cogido un trabajo en otra ciudad. Dejo a mi familia y a mis amigos, pero… ¡cualquiera renuncia a un empleo con la que está cayendo!

– Me han reducido las horas nominales, y el resto me lo pagan en negro. ¡Pero cualquiera dice nada, con la que está cayendo!

¿Sigo?

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Confundir valor y precio

Decía Antonio Machado que todo necio confunde valor y precio. ¿Cómo se distinguen, entonces? El término precio no tiene ninguna connotación ética. Designa, únicamente, el coste real de un bien o un servicio. En cambio, el término valor nos refiere a la justicia: ¿cuál debería ser el justo precio de un bien? Así, por ejemplo, la pregunta “¿Están aún los pisos sobrevalorados en España?” exige una comparativa entre el valor (precio justo) y el precio real. ¿Cómo responder?

Un intercambio justo es un intercambio equitativo. Pero justo no es lo mismo que bueno. Así, por ejemplo, la relación de una madre con su hijo, por ejemplo, no es justa, va más allá de la justicia. En la literatura sociológica se suele distinguir entre Gesellschaft, o sociedad regida por la justicia/equidad, y Gemeinschaft, o sociedad regida por la bondad/fraternidad. El término valor, obviamente, se refiere a la Gesellschaft: ¿Cómo debemos intercambiar bienes, de manera que el intercambio sea equitativo?

Supongamos que entrego a otra persona el bien A a cambio del bien B. Recibir el bien B me reporta una cierta cantidad de placer. ¿Debería este placer ser tenido en cuenta a la hora de evaluar la equidad del intercambio? Veamos: ¿debería la gente que disfruta mucho comiendo pagar más en los restaurantes? El intentar evaluar la justicia de la transacción mediante el placer proporcionado nos lleva a paradojas y a situaciones ridículas.

Pero, por otro lado, obtener o crear el bien A me ha costado un cierto esfuerzo. Es natural pensar que, cuanto mayor sea el esfuerzo, mayor debe ser el valor de A. Pero quizá me ha costado mucho porque soy un trabajador novato o incompetente, y eso no debería, en justicia, repercutir en el valor. Así, en este artículo vamos a defender que el valor de un bien es el esfuerzo promedio que, en determinada sociedad, requiere su creación.

¿Es posible medir el esfuerzo? La componente más importante es el tiempo de trabajo empleado. Así, el valor debería medirse en horas.

Pongamos un ejemplo de principio: ¿Cómo calcular el valor del portátil en el que escribo?

* Primero, habría que calcular las horas de trabajo de los empleados de la fábrica, transporte y distribución, divididas entre el número de ordenadores producidos.

* También hay que sumar el valor de la maquinaria que se ha empleado. Es decir, el número de horas necesario para su fabricación. Eso sí, divididas entre el número de ordenadores que producirán a lo largo de su vida útil. Este término se conoce como coste amortizado.

* Asimismo habría que considerar las horas necesarias para la formación del personal: técnicos, ingenieros, etc. Asimismo, deben ser divididas entre el número de ordenadores que producirán. Es otra componente del coste amortizado.

Si algún trabajo es especialmente duro, el número de horas puede ser multiplicado por un factor corrector, siempre intentando reproducir de manera fiel el esfuerzo humano empleado. Pero hablamos de trabajos onerosos para la salud, no de trabajos más cualificados. Así, por ejemplo, la hora de trabajo de un ingeniero (en condiciones normales) no crea más valor que la de un operario de fábrica. Eso sí: es preciso sumarle el coste amortizado de su formación: sus esforzados años de estudio y las horas de trabajo de sus esforzados profesores… 🙂

La idea expuesta se conoce como teoría laboral del valor, pues identifica valor con trabajo. Esta teoría fue desarrollada inicialmente por los economistas clásicos, Adam Smith y David Ricardo, por ejemplo, aunque adquiere su forma actual en la obra de Marx. Para estos economistas la teoría del valor era descriptiva: creían que, en una economía de libre mercado, los precios terminan por converger al valor real. En realidad sabemos que eso no es cierto, y la exposición de este artículo es de carácter ético: el valor de un bien, su precio justo (no el precio bueno), es el dado por la cantidad de trabajo encerrado en él.

Tras toda esta discusión, aún no sabemos si el precio de los pisos en España sigue sobrevalorado o no. Yo creo que sí, pero me encantaría que alguien hiciera las cuentas y nos dijera cuántas horas de trabajo lleva construir una vivienda, un coche, un portátil… Asimismo, ¿cuál es el valor de un euro? ¿Cómo varía ese valor cuando el BCE fabrica dinero? ¿Y cómo varía cuando los bancos crean dinero de la nada mediante préstamos?

Si fuéramos conscientes del valor de las cosas tendríamos el poder moral para regatear las que están sobrevaloradas, y ese conocimiento constituiría un freno para las burbujas… Citando a Amanece que no es poco, la verdad es que sólo le veo ventajas!!

Notas adicionales:

* La teoría laboral del valor no tiene en cuenta el coste ecológico de la fabricación de los productos. Bueno, tampoco lo tiene en cuenta el precio real. Imaginemos que crear el bien A lleva 20 horas de trabajo y la destrucción de una hectárea de bosque amazónico. Este coste debería ser evaluado, pero no sumado directamente al valor laboral. Quizás sea necesario considerar un coste multidimensional.

* Al incluir la posibilidad de un factor multiplicativo sobre las horas para trabajos especialmente duros he abierto la veda de una discusión eterna: ¿qué trabajos deberían llevar ese factor? ¿Y cuál debería ser éste? Sólo puedo proporcionar una regla general: los trabajos que, por su especial dureza, no pueden desarrollarse a lo largo de 40 horas semanales sin afectar a la salud del trabajador: mineros, bomberos, maestros, controladores aéreos… ¿Y cuál debería ser el factor corrector? Pues debería ser tal que, en una semana, un minero y un panadero creen el mismo valor.

* Adelantándome a las críticas que voy a leer en los comentarios: obviamente, para que cada precio correspondiera con su valor, alguna autoridad tendría que imponerlo. No, eso no me parece bien. El precio justo no es, necesariamente, el precio bueno. Pero opino que si la ciudadanía conociera el valor de cada bien, los intercambios económicos serían más justos. Incidiré en ello en el proximo post.

Test de Turing político

Un captcha es una prueba diseñada para distinguir a los humanos de los programas que interactúan en internet. Se trata de alguna pregunta que un humano encuentra fácil responder, mientras que resulta muy difícil programar un ordenador para que encuentre la respuesta. El nombre significa test de Turing completamente automatizado para distinguir humanos y ordenadores. ¿Y qué es un test de Turing? Pues es una idea que tuvo el padre de la informática, Alan Turing, en 1950, para profundizar en el problema de la inteligencia artificial. Imaginaos chateando con alguien que no conocéis. ¿Cómo sabéis que se trata de un humano, y no de un programa? Alan Turing dijo que si alguna vez un programa de ordenador engañara a un humano mediante una conversación abierta por chat, este programa debía ser considerado inteligente. La idea reaparece, algo mutada, en la maravillosa película Blade Runner. Con el fin de detectar a los replicantes, Rick Deckard pasa un test de empatía a sus candidatos, intentando evaluar si son capaces de sentir emociones…

¿Y a qué viene esta introducción tan larga? Mis recientes encuentros con personajes dudosos me han inducido a pensar que, en algunos casos, sería buena idea aplicar un captcha que distinga a los humanos de otros entes que carecen de la mínima empatía e inteligencia necesarias como para poder discutir de política. Si alguna inteligencia robótica o alienígena es capaz de superar el captcha, será bienvenida al foro. Pero la mera posesión de número de la seguridad social ha demostrado ser insuficiente.

Aquí os presento una batería de preguntas básicas.

1.- Al final de una manifestación, una chica de 18 años insulta a un anti-disturbios de servicio. El anti-disturbios y sus tres colegas propinan una paliza a la muchacha. A la vista de estos hechos: (A) El anti-disturbios está cumpliendo con su deber, la chica se ha ganado la paliza; (B) El anti-disturbios debería perder, como mínimo, su empleo.

2.- Un señor es propietario legal de la única fuente de agua potable de un pueblo, y por acceder a ella cobra lo que le da la gana. (A) La propiedad privada es inviolable, este señor tiene todo el derecho a hacer lo que quiera con su fuente; (B) La propiedad privada está sujeta al beneficio público. Los vecinos están en su derecho de no respetar su propiedad privada.

3.- Un científico descubre la cura del cáncer, funda una empresa que tiene el derecho exclusivo a producir el medicamento y cobra lo que le da la gana. (A) En su derecho está, pues él es quien inventó el medicamento; (B) El bienestar social está por encima del derecho del científico a lucrarse. Es obvio que tiene derecho a una recompensa, pero no puede exigir el monopolio de la producción.

4.- El señor X ha levantado una maravillosa empresa productora de bombillas que da empleo a 5000 personas. Su hijo es un inepto que no sabe ni cómo se encienden. Aun así, la sangre es más espesa que el agua, y el señor X le ha dejado la fábrica en herencia. Los 5000 empleados temen que se gaste los fondos de la empresa en farras y hunda su medio de vida. (A) Aunque podamos debatir si hace bien o mal, el señor X tiene derecho a legar sus bienes como le plazca, y el Estado debería interferir lo menos posible; (B) El derecho a la herencia no debería prevalecer sobre el bienestar social. Si lo aceptamos, lo haremos de mala gana, y se debe gravar fuertemente la herencia de medios de producción.

5.- El gobierno debe tomar una decisión que afecta al modo de vida de todos los ciudadanos, que no estaba presente en ningún programa electoral. (A) Lo más democrático es dejar que nuestros representantes electos tomen la decisión; (B) Lo más democrático es que todos los ciudadanos tomen juntos la decisión, votando en referéndum tras un debate público.

6.- Una gobernanta recorta en 80 millones de euros el gasto en educación pública y permite desgravarse los gastos en educación privada, dejando de ingresar 90 millones de euros. (A) Es una medida en favor de la libertad de elección de centro; (B) Quien quiera educación privada es libre de elegirla y pagarla. Es una medida cuyo objetivo es hundir la educación pública.

7.- Un atentado terrorista mata a miles de personas, dando la oportunidad al gobierno para tomar medidas extraordinarias de seguridad y declarar la guerra a terceros países. Hay quien investiga la posibilidad de un auto-golpe. (A) Eso es ridículo y me niego a discutirlo. Un gobierno democrático jamás haría una cosa así; (B) Ganar unas elecciones no garantiza tu moralidad. Mantengo una sana actitud de sospecha frente a quienes detentan el poder.

8.- El candidato R llega al poder prometiendo mantener las pensiones. Dos años después las baja, pero se excusa con mucho donaire. (A) La política es un arte difícil, no siempre se puede hacer lo que se desea; (B) El candidato R ha incumplido su contrato con el electorado. Si no puede cumplir sus promesas, debería dimitir. Uno de los grandes problemas de la política es que incumplir promesas no tiene ninguna consecuencia.

9.- Una multinacional abre un supermercado en un pueblecito. Mediante dumping (vender durante un tiempo por debajo de coste) elimina a la competencia y queda como el único proveedor del pueblecito, subiendo los precios de nuevo. (A) Dentro de los mecanismos de libre mercado esos problemas no se dan, o se resuelven solos; (B) El dumping debería ser ilegal. Además, es necesaria una educación de los consumidores que permita detectar esos abusos.

10.- Un señor enormemente rico alquila un 10% de las acciones de la empresa X y las vende por debajo de coste. Esto provoca un pánico bursátil: todo el mundo se quiere deshacer de sus acciones, cuyo precio termina siendo mucho más bajo. Recompra las acciones al nuevo precio y las devuelve, con un enorme beneficio. (A) Este señor ha ayudado a ajustar el precio de las acciones, que estaban sobrevaloradas, y el beneficio es su justa recompensa; (B) Este señor es un especulador de tomo y lomo, ha obtenido un enorme beneficio sin haber producido nada útil para la sociedad. Sus beneficios deberían pagar unos impuestos altísimos.

Así que mi test de Turing político consistiría en dar a leer estos ítems y preguntar, en cada uno: ¿estás más de acuerdo con la opinión A o con la opinión B? Con la idea de que varias respuestas (A) darían a entender que esta persona no tiene el mínimo de empatía/ética/inteligencia política necesaria como para que la discusión con ella pueda ser productiva. La intención es que las preguntas no sean ni de derechas ni de izquierdas, sino de sentido común. Como dijo Obama, “it’s not class warfare, it’s mathematics” (no es lucha de clases, son matemáticas).

En realidad, las preguntas propuestas son sólo una sugerencia. Os pido que me deis ideas, que critiquéis las preguntas, y que me sugiráis algunas nuevas.

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