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El Clan y la Ley

Escrito en colaboración con NP-completo

Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia, Chipre… son los países europeos que han resultado ser más vulnerables ante la crisis. ¿Tenían alguna característica en común? El color del gobierno no parece ser un factor determinante, han disfrutado lo mismo de gobiernos denominados socialdemócratas o democristianos. Cada vez se oye a más personas resucitar ideas antiguas, como el hecho de que las culturas católica y ortodoxa no fomenten el espíritu de esfuerzo, al asumir que una vida pobre en este mundo será seguida por una vida llena de parabienes en el más allá. Por contra, el protestante rico lo es porque Dios le está premiando ya en vida, sin necesidad de cruzar el umbral de la muerte para disfrutar del favor divino. Esta teoría, sostenida sobre la confusión entre correlación y causa-efecto, no tiene más virtud que su sencillez. Sólo hay que comparar las horas de trabajo en los distintos países de Europa para falsarla. A la postre, está basada en estereotipos y clichés, y tiene la misma respetabilidad científica que los chistes de catalanes o de rubias.

Otros factores económicos pueden ser mucho más relevantes. Por ejemplo, la crisis ha incidido de manera más directa en los países con mayor desigualdad. Los países del sur de Europa tienen una clase media débil, económica y políticamente, sin tirón suficiente para sostener la demanda interna. La relación causa-efecto, por tanto, se produciría en sentido contrario: no es la religión la que causa la disfunción económica. Las sociedades desiguales, bipolares, divididas en aristocracia y plebe, son las que se aferran a modos religiosos católicos u ortodoxos, que prometen la salvación en la otra vida, despreciando ésta.

Entonces, ¿no juega ningún papel la cultura en la evolución económica? Creemos que sí, pero mucho más sutil que el cliché con tufo racista que tanto satisface a Frau Merkel. En efecto, los países del sur de Europa, España entre ellos, son países propensos a la corrupción, política y económica. ¿Tenemos, entonces, un “gen” de del cohecho, que otros países no tienen? No. Pero si analizamos la estructura social española, en contraste con la de los países del norte de Europa, o con EEUU, podemos encontrar una explicación.

España (junto con Italia, Grecia, etc.) es un país muy familiar. En EEUU es frecuente criarte en Cleveland, cursar tus estudios universitarios en Austin para después desarrollar tu actividad laboral primero en Baltimore y después en Nueva York, terminando tus dias en Florida. En España es frecuente que la maternidad donde naciste, tu colegio, tu universidad, tu oficina y tu residencia de ancianos se encuentren todos en un radio de treinta kilómetros. En EEUU, por contra, no puedes contar con tu familia para resolverte los problemas cotidianos, se precisa una estructura social de soporte.

Un efecto de tal preeminencia de la familia en nuestras vidas es que se convierte en un segundo Estado al que, en muchos casos, se debe más obediencia que al primero. Y cuando los mandatos de ambos entran en conflicto, es la familia la que suele vencer. Por supuesto, hay que entender la familia en un sentido amplio. Hay que incluir a algunos amigos, a vecinos e incluso a personas con las que la relación normal debería ser de índole formal: ciertos clientes, proveedores, empleados, jefes… Usemos un término más genérico, pero igualmente sugerente: el Clan.

Por el bien del clan, está bien visto cometer pequeñas irregularidades. Nada grave. Facturar en negro. Meter a tu sobrino en el departamento. Llevarte material de oficina para el cole de los niños de tu prima. Contratar a la empresa de tu cuñado. Todo por favorecer a la familia, al clan. Cuando se trata de empleados públicos o políticos, puede tratarse de pequeñas ilegalidades. Cuando se trata de empresarios o empleados privados, quizás no sean ni tan siquiera actos ilegales… sino tan sólo decisiones que miran más por las necesidades del clan que las de la empresa. Así, el éxito de un concurso público depende en gran medida de la red de amistades de cada candidato. Si se presenta alguien de fuera, el tribunal diseñará normas ad hoc para mejorar artificialmente los méritos de los de dentro. Pero no por ello los miembros del tribunal se sentirán malas personas. Al revés, están ayudando a los suyos, a su clan, están siendo leales. Su prestigio en el clan crece, el afecto de los suyos se incrementa, la recompensa social es inmediata.

Las reglas del juego determinan a qué va a jugar la gente. La mejor estrategia en un mundo de clanes no es ser tan eficiente como podrías, no es trabajar por la comunidad, no es ser creativo y determinado. La mejor estrategia es ser leal y establecer una red de lealtades amplia e intensa, que incluya a gente en situación de poder.

El caso más paradigmático de comportamiento de clan es quizás el de los políticos, que defienden medidas en las que no creen pues son las de su partido. Los militantes de base saben que si dedican un montón de horas a llevar cafés y a pegar carteles para los de arriba, entonces los de arriba les devuelven el favor cuando ganan, creando puestos de trabajo públicos (que pagamos todos) para ejercer actividades de las que no hay demanda social alguna, pero que cumplen el perfil para que sus chicos puedan optar a ellas (si se presenta alguien de fuera, se resuelve como dijimos antes). Aunque hablamos del sector público, nada hay en él que no se dé en el privado: se dice que el 50% de los puestos de trabajo en España se consiguen por enchufe. Si contratas a alguien de esta manera, puede que estés contratando a un incompetente. Pero, en cualquier caso, quien te pidió el enchufe te deberá un favor. Y también te lo deberá el incompetente al que has contratado. Las redes del clan se extenderán. Como decía don Vito Corleone, “algún día, y puede que ese día nunca llegue, te pediré que hagas algo por mí. Hasta entonces, interpreta esto como un regalo”.

Someday, and that day may never come, I’ll call upon you to do a service for me. But until that day – accept this justice as a gift on my daughter’s wedding day.

¿Por qué las grandes empresas contratan a los presidentes y ministros en cuanto abandonan sus cargos, por sueldos millonarios? ¿Por qué se instaló la famosa puerta giratoria entre el Estado y la empresa privada? ¿Acaso son los ministros especialmente competentes, versados tanto en generación de electricidad como en la administración sanitaria? No. Pero todos tienen una nutrida libreta de teléfonos.

¿Qué tiene que ver dicho comportamiento de clan con el agravamiento de la crisis económica? ¿Es el comportamiento de clan malo a priori? No necesariamente. Muchos españoles comen hoy en día gracias a la caridad de sus padres, que les han admitido de vuelta en su casa tras quedarse sin trabajo y, después, sin ingresos. Desde luego, la estructura de clan tiende a la desigualdad y a la inercia. Pero, más allá de esto, postulamos que el comportamiento de clan puede resultar demoledor para la economía de los países que se sustentan sobre él.

La crisis actual es una crisis de confianza. El problema principal es que nadie se fía de nadie. El banco no te presta dinero porque no se fía de que se lo vayas a devolver. El empresario despide empleados porque no confía en sus futuros ingresos, aunque los actuales sean aceptables. Los ricos se llevan su dinero al extranjero, porque no confían en su país. En una sociedad basada en la ley y no en el clan, los acuerdos siempre quedan por escrito, y el Estado colabora en su cumplimiento: puedes demandar a quien no cumple lo que prometió. Pero en una sociedad donde una gran parte de las decisiones económicas se toman “a nivel de clan” (e.g., el político promulga leyes que favorecen al banquero, o directamente le excarcela, el banquero condona deudas del político, el constructor dona dinero al político, el político recalifica lo que el constructor necesita, etc.), en una sociedad donde muchas decisiones económicas no quedan por escrito, la confianza en el clan lo es todo para que la rueda siga girando. Las represalias por no cumplir siempre pueden ir por debajo de la mesa (o incluso escondiendo una pistola en el retrete de un restaurante), pero los tratos basados en la ley siempre resultarán más fáciles de hacer valer. Si la confianza se pierde en una economía de tipo clan, entonces la red del clan se derrumba y la economía se paraliza. Y esto que puede ser una diferencia entre los países como España e Italia y los demás durante la presente crisis: como en ellos el peso del clan es mayor, sus economías son más dependientes de la confianza, y la carencia actual de confianza las ha hundido más que a otras.

Es triste, pero creemos que si el político, el banquero y el constructor no recuperan la confianza en su mágico idilio de privilegios auto-otorgados, si la confianza no regresa a las opacas redes clientelares que realmente mueven el dinero en este país y que no se sustentan sobre papel sino sobre la invisible y volátil confianza en el clan, entonces la desconfianza seguirá lastrando a la economía española.

Efectivamente, los países arriba mencionados son, podríamos decirlo así, “países clan”. Mientras el Estado se hacía fuerte en Francia, Alemania, o Gran Bretaña durante el siglo XIX, en España e Italia todo seguía en manos de los clanes. El caso conocido más extremo es la mafia, pero el mismo concepto impregna todos los demás niveles sociales en ambos países. En países como España o Italia, el Estado nunca reemplazó a los clanes, y nunca nos convertimos del todo en una sociedad moderna. De hecho, es posible que en España el Estado de las autonomías no fuera una concesión a los ciudadanos, sino a los clanes regionales. Algunos países descentralizados funcionan bastante bien y acercaron la democracia al nivel local (EEUU o Alemania). Por contra, sospechamos que la descentralización de España cedió el control a las redes clientelares de empresarios regionales, no a sus ciudadanos.

El viaje de la ley al clan es rápido e indoloro, recordad a Michael Corleone. En cambio, pasar del Estado de clan al Estado de la ley es mucho más difícil. De nuevo, es una cuestión de confianza: es necesario que todas las clases sociales confíen en el desempeño del Estado como proveedor de servicios y de justicia. Que los trabajadores confíen en la calidad de los servicios públicos y en la protección de sus derechos, y que los empresarios confíen en que la adjudicación de contratos será transparente. Obviamente, las personas con más poder dentro del esquema actual, nuestros don Vito, se opondrán fieramente a su desmantelamiento, de manera que procurarán fomentar la desconfianza en la “clase política”. No les importa enfangarse ellos mismos. Este ambiente turbio, de angustia, de incertidumbre, fortalece su poder.

A día de hoy, España sólo tiene dos caminos. El primero es la profundización en el esquema clientelar, hundirnos más en nuestro fango secular, asumir nuestro carácter de país pre-moderno. Que políticos, empresarios y banqueros vuelvan a jugar a su juego feudal. El señor Adelson ya ha puesto la primera piedra en esta dirección. Pronto oiremos cosas como “lo que sucede en Alcorcón, se queda en Alcorcón”… O, por contra, podemos abolir la influencia de los clanes y volvernos un Estado moderno. Partiendo del nivel pequeño, claro está: no tolerar que nadie se jacte de las pequeñas triquiñuelas con los impuestos, ni a los grupitos irreconciliables de poder en tu lugar de trabajo, ni que las plazas en un concurso público se otorguen a dedo. Enfrentaos con esa gente: es importante que sepan que no cuentan con la aprobación social.

Recordad que las reglas son las que determinan a qué juego estamos jugando. Queremos buenos servicios públicos, no caridad. Queremos protección de los derechos laborales, no paternalismo. Queremos que se valore el esfuerzo y el talento, no la lealtad al clan. O quizá sí, queremos lealtad al clan, pero a un clan tan grande como la propia Humanidad. El G-7.000.000.000.

¿Escuelas para niños y escuelas para niñas?

La Historia funciona como un péndulo. Decenios de convencimiento de que las niñas y los niños tienen que educarse juntos, y los últimos años ven el avance de las posiciones segregacionistas. Están de vuelta. Pero, como siempre, con un matiz: ahora vienen disfrazadas con ropaje científico.

Un reciente artículo de la revista Science, titulado “The pseudoscience of sex-seggregated schooling” discute con profusión la evidencia astrológica pseudocientífica que apoya la segregación por sexos. Me encantó la descripción de las ideas de Leonard Sax, que explica que en el entorno escolar, “los chicos activan el sistema simpático, mientras que las chicas activan el parasimpático”. Ambos sistemas, Mr. Sax, son complementarios en su uso. Es como decir que hay gente que conduce con el acelerador y gente que conduce con el freno. Pues no, oiga. Pero, de todas formas, estudiemos qué quería decir este señor con esas palabras. Pues, como siempre, se trata de nociones de sentido común tradicional, expresadas con palabras tomadas del griego. Según Mr. Sax, los niños se sienten motivados por los profesores dinámicos y agresivos (“¡Vamos, Gutiérrez, dígame la respuesta, sé que usted la sabe!”), mientras que las niñas se sienten mejor en un ambiente más agradable (“Vamos, Cristina, cariño, saca el cuaderno”). En 13 años de docencia y en largos años de experiencia con las mujeres es la primera vez que oigo a alguien decir, sin partirse el culo de la risa, que a las mujeres les disgusta que les den caña. Mrs. Sax debe ser una mujer muy desgraciada.

¿Hay estilos cognitivos diferentes, de niños y de niñas? Sí, claro que los hay. ¿Están biológicamente determinados? No lo creo. Daré mi razonamiento. Hace 100 años (no es tanto), era difícil creer que las mujeres pudieran estudiar matemáticas. Gente muy erudita explicaba a quien quisiera escucharles que el cerebro de la mujer estaba mal adaptado a una ciencia tan abstracta. Hoy en día, las facultades de ciencias matemáticas tienen muchas más alumnas que alumnos. Y pronto tendrán más profesoras que profesores. Pero hay mucha gente que opina que el proceso de adaptación ya terminó, y que las diferencias entre niños y niñas, a día de hoy, ya son meramente biológicas. A diferencia de las de hace un siglo, que no lo eran. ¿Por qué iba a ser así, cuando aún vemos los patrones evolucionar?

Una profesión que hemos visto feminizarse ante nuestros propios ojos ha sido la de médico. Cuando yo era niño (poco después de que Franco la espichara) era raro ver médicas (no sé ni quiero saber cómo dice la RAE que debo escribir esa palabra, ahorraros los comentarios). Hoy en día, comienza a ser infrecuente ver hombres. Y, al mismo tiempo, el prestigio de la profesión médica se ha ido reduciendo considerablemente. La sociedad aún contiene mil subterfugios machistas.

Una de las pocas profesiones masculinas de prestigio que quedan es la ingeniería. ¿Qué ocurrirá cuando las mujeres la asalten? “No ocurrirá”, dicen algunos. ¿Por qué? Pues porque a las mujeres no les interesa la ingeniería. ¿Por qué? (insisto) Pues (me dicen) porque es demasiado abstracta. OK, claro. En cambio las matemáticas y la filosofía son la esencia de la concreción. Y entonces me replican: es que se ocupa de cosas demasiado prácticas. Claro, claro. Ahora a las mujeres lo práctico no les atrae, sólo lo abstracto. No te jiba. Este tipo de respuestas contradictorias son base en la comprensión que los hombres tienen de las mujeres. Dos frases que me encantan, y que puedes oír en la misma conversación: “Con las mujeres, ya se sabe” y “Con las mujeres, nunca se sabe”.

Las diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres tienen orígenes muy sutiles. Y es normal que sea así: han sido clave para el funcionamiento de la especie durante milenios sin ser biológicas. Por tanto, tienen que estar muy bien enraizadas en la cultura. Os pongo un ejemplo que me dio una profe de filosofía amiga mía. Una chica de 15 años tiene un disgusto grave en clase. Cualquier cosa: pelea con las amigas, una mala nota inesperada… La chica se echa a llorar en el aula. Sus amigas la arropan, el profesor la deja salir de clase para tranquilizarse. Un chico de 15 años tiene un disgusto grave en clase. La misma cosa: pelea con los amigos, una mala nota inesperada. Pero no puede echarse a llorar. ¿Qué hace? Se sienta al fondo de la clase, cabreado con el mundo, reconcentrado en sí mismo. El profesor le pide que salga a la pizarra, y le da una mala respuesta en la que encauza toda su frustración. El profesor, sin saber qué es lo que sucede, le pone un parte… o adopta el castigo que considere, comenzando quizá una mala relación que durará el resto del curso. ¿A que no era fácil de diagnosticar?

Volviendo a las escuelas segregadas, se nos dice que las niñas obtienen mejores notas en ciencias en ellas, debido a que no deben cumplir estereotipos sexuales. Quizás sea cierto, quizá no, pero no quiero que ésa sea la solución al problema. Primero, porque no será una solución real: quizá mejores las notas, pero empeoras netamente la adaptación social. Por ejemplo, está documentado que los hombres que se han educado en escuelas segregadas son más propensos al fracaso matrimonial (entre las mujeres no existe correlación significativa). La vida real es mixta, los hombres y las mujeres estamos mezclados. Afortunadamente. Y no quiero un mundo que no sea así, no me da la gana. No sé cuál debe ser el papel del sexo en nuestra sociedad. Reconozco que alterno mi visión. A veces pienso que sólo debería ser importante en la cama. A veces pienso que las diferencias sexuales son un motor importante de nuestra actividad. Vale. Pero, en cualquier caso, todos juntos, y dando a todos las mismas oportunidades.

Por último: ¿no os recuerda a la doctrina racista de EEUU: iguales pero separados?

Aborto y criminalidad

Vamos con un post polémico…

Hay temas en los que es muy difícil mantener un discurso racional, y el aborto es el ejemplo más nítido. Cualquier discusión sobre el tema se convierte enseguida en una sarta de insultos de los pro-vida hacia los asesinos-malnacidos-furcias que defendemos la capacidad de elegir de la mujer. Solía decir la Iglesia, cuando era sabia, “In necesariis, unitas; In dubiis, libertas; Et in omnibus, caritas”. Es decir: “En lo necesario, unidad; En la duda, libertad; Y en todo, caridad”. Pero hoy no reconocen que no sabemos cómo la materia se vuelve consciente y que, por tanto, es un biologismo barato el considerar que todo óvulo fecundado es una vida humana. En realidad, el razonamiento es lo de menos, porque no hay argumentación, sólo evocación a los sentimientos más primarios.

Pero en este blog nos caracterizamos por un desmedido afán de razonar. Aviso al lector: entre aquí con espíritu abierto, y deje (en la medida de lo posible) sus sentimientos a la entrada. Porque vamos a apelar a su ser razonable.

Empecemos con una pregunta sencilla:

¿Qué efectos tiene, sobre una sociedad, la prohibición del aborto?

Hasta el siglo XIX, la prohibición del aborto entraba en el saco de leyes que no había manera de imponer en la práctica. Sólo con la llegada del control político de la sanidad aparece un dilema legal real. Y a lo largo del siglo XX, muchos países han jugado con él, modificando las leyes con un fin: controlar la tasa de natalidad. ¿Y las cuestiones éticas? Seamos serios, son secundarias.

Entre los países que se han embarcado en este peligroso juego estuvo Rumanía. En 1966, Ceausescu, nuevo dictador del país, decidió prohibir el aborto y realizar un control exhaustivo sobre la planificación familiar. Bueno: una eliminación de todo intento de planificación familiar. Pensaba que una Rumanía más poblada sería una Rumanía más poderosa. En poco tiempo se dobló la tasa de natalidad. Pero el país era pobre, muy pobre. Y muy mal gobernado. Así que, en lugar de poderosa, Rumanía se encontró a sí misma superpoblada. Y el exceso poblacional estaba compuesto por niños no deseados. Estos niños no deseados fracasaron estrepitosamente en los estudios, y en su incorporación al mercado laboral. Y muchos de ellos terminaron como delincuentes. Fueron estos niños y sus coetáneos los que, ya adultos, forzaron la única condena a muerte de un dictador de Europa del Este. Tras la democratización, el aborto fue legalizado de nuevo. El número de abortos fue increíblemente alto: uno por cada 22 habitantes!!!

A principios de los 90 la tasa de criminalidad disminuyó enormemente en EEUU. ¿Dónde se han ido los criminales? ¿Ha sido la mejora del nivel de vida, la acción policial? Los estudios mostraban que, aunque eran factores relevantes, no explicaban en absoluto el descenso enorme observado. En el año 2000, Donohue y Lewitt publicaron “The Impact of Legalized Abortion on Crime”. En este artículo estudiaban estadísticamente la correlación entre prohibición del aborto y tasa de crimen en EEUU.

En EEUU, el aborto se legalizó, en la práctica, tras el caso Roe v. Wade, en 1973. En esta sentencia judicial, los derechos de la madre y del estado se “equilibraban” mediante el establecimiento de una ley de plazos. La tasa de abortos se disparó en EEUU, llegando a un aborto por cada 2.25 nacidos vivos. 1’6 millones de abortos en 1980. Es una cantidad enorme. De haber estado prohibido el aborto, todos esos niños habrían vivido. ¿Habrían sido felices? Algunos sí, otros no. Pero, desde luego, sus cartas eran mucho peores que las de sus compañeros de cohorte. Todos ellos habrían sido niños no deseados. La mayoría habría nacido en hogares pobres, de madres adolescentes y solas. Es un cocktail mortal.

Los estudios estadísticos avalan este razonamiento: la tasa de criminalidad cayó dramáticamente alrededor de 18 años después, a principios de los 90. ¿Es casualidad? Puede. Había cinco estados en EEUU que legalizaron antes la ley de plazos: Nueva York, California, Hawaii, Alaska y Washington). En los cinco, la tasa de criminalidad cayó antes. ¿Cuánto antes? Creo que lo adivináis: 18 años después de la adopción de la ley de plazos. ¿Es necesaria más evidencia? Siempre lo es. La correlación se cumple, si se estudia con el cuidado apropiado, en el resto de países del mundo. Más aún: la correlación es tanto más fuerte cuanto mayor es la tasa de abortos que se produce al levantarse la prohibición. Ese número, recordémoslo, es una medida de la cantidad de niños no deseados.

Siempre advierto de que correlación no es lo mismo que causación. Tras demostrar que los dos eventos están correlacionados, ¿cómo demostrar que, realmente, uno causó el otro? A decir verdad, no se puede. Sólo puedo alegar que resulta extremadamente razonable, sobre todo teniendo en cuenta la gran diferencia de tiempo entre los dos (18 años). Desde luego, disminuir la criminalidad no fue la intención legislativa, era muy difícil de prever.

Por supuesto, la ley de plazos tuvo otros efectos en la sociedad americana. El número de concepciones se incrementó en un 30%, señal de que los americanos usaban el aborto como un método anticonceptivo (idea estúpida donde las haya). Disminuyó dramáticamente el número de infanticidios y la tasa de maltrato infantil. Y, por supuesto, las bodas de penalty.

El aborto y la antropología filosófica

Y ahora, no puedo evitarlo, me gustaría discutir en términos ético-filosóficos. ¿Cuándo comienza la vida? No lo sabemos, ciertamente. Dar un acontecimiento biológico como señal de arranque es arbitrario: ¿ocurre algo mágico, algo trascendente, cuando el óvulo y el espermatozoide se funden en una sola célula? No creo, la verdad. La idea es de un biologismo estúpido. ¿Por qué precisamente entonces, no un instante antes o después?

Vayamos entonces algo más atrás: ¿por qué nos repugna dañar a un ser humano? Pues porque es nuestro semejante. Ciertamente, tenemos un sentimiento moral que nos impide hacer daño a quien se parece a nosotros, porque sentimos empatía con su dolor. Y ese sentimiento moral es imprescindible para la sociedad. ¿Qué tipo de semejanza despierta ese sentimiento? Pues la semejanza física y la semejanza intelectual. No podemos dañar a alguien cuyo cuerpo parece humano, o a alguien cuya inteligencia parezca humana. ¿Y el embrión?

Considerad el siguiente diálogo para besugos filosóficos, que ilustra el argumento que me gusta llamar “el bloqueo del desarrollo natural”.

– ¿Cómo sabes que un aborto es la muerte de un niño? Al ver un embrión de 2 meses no me parece ver ninguna figura humana.

– Pues porque, si le hubieras dejado evolucionar libremente, se habría convertido en un niño.

– Ah. Entonces, yo hice algo, y ese algo evitó que un niño naciera. Y, por tanto, le he matado.

– Eso es.

– Entonces, si un día puedo violar a una chica y me contengo, estoy matando un niño, ¿no?

– ¿Y esa gilipollez?

– Bueno, yo hago algo, y ese algo evita que un niño nazca. Así que le he matado.

En efecto, si consideramos que un embrión es ya un niño porque, dejado evolucionar libremente, se convertiría en un niño, entonces estamos matando un niño cada vez que una acción nuestra evita un embarazo. Como por ejemplo, cuando te pones un preservativo. O, mejor aún, cuando decides no mantener relaciones sexuales. Como decía El Mundo Today, usando el humor como herramienta dialéctica, cada mujer menstruando está abortando.

La Iglesia siempre ha apoyado la extensión de la cantidad de vida, aunque fuera en detrimento de la calidad de la misma. ¿Merece la pena vivir, a cualquier precio? En mi opinión, no. Yo no creo que mi propia vida deba ser antepuesta a cualquier otra consideración. Por ejemplo, yo mismo puedo considerar que, por algún motivo, ya no merece la pena vivirla, y desear terminarla. Y podría ocurrir que terminar con mi vida mejorara drásticamente la calidad de vida de muchas personas. En ese caso, me parece que sería necesario éticamente poner todas las opciones sobre la mesa.

Entonces, ¿por qué la Iglesia se ha empeñado en proteger tanto a los embriones? De hecho, los embriones reciben un trato especial, una protección mayor que el resto de seres humanos. Pensemos en los anti-abortistas que están a favor de la pena de muerte. O en todos aquellos a los que los recortes en sanidad no les importan, cuando es obvio que ya están adelantando la muerte de muchas personas. Es obvio: se trata de una estrategia del poder. Prohibir el aborto es una manera de incrementar la población, lo cual puede ser muy beneficioso. Sobre todo para los poderosos. Más soldados en una guerra. Más obreros -y, por tanto, más presión para bajar los salarios. Más sumisión: los padres y madres de ocho hijos no pueden pensar en la revolución, están demasiado ocupados consiguiendo la próxima comida. Cuando los poderosos se sienten seguros de sí mismos, pueden relajar la presión sobre el pueblo, permitiendo una ley de plazos.

Un deseo: que cada niño que nazca sea deseado.

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