Archivos Mensuales: marzo 2014

Entre Pitufina y la esclavitud sexual

El pitufo granjero, el pitufo fortachón, el pitufo filósofo, el pitufo poeta, el pitufo gruñón, papá pitufo… y Pitufina. Todos los pitufos menos uno son varones, y tienen su pitufoetiqueta, una cualidad que les caracteriza. Y luego está Pitufina, que no necesita más pitufoetiqueta que ser mujer.

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En 1991, Katha Pollitt describió por primera vez el “efecto Pitufina” (the Smurfette principle): las películas y series infantiles y juveniles, cuando no están dirigidas explícitamente a un público femenino, están organizadas en torno a un grupo de chicos aderezado con una única mujer, normalmente representada de manera estereotípica. El artículo original cita a las Tortugas Ninja y a los Teleñecos (the Muppets). Anita Sarkeesian, en su blog Feminist Frequency cita además a Inception, Transformers, Winnie the Pooh, Star Wars, The Big Bang Theory (en su primera temporada)…

Pero no debemos preocuparnos, se trata sólo de series infantiles y juveniles. En realidad, somos la generación que superó el sexismo. El machismo está tan extinto como los diplodocus. Fijaos si no en esta noticia: diez hombres jóvenes aparecieron recientemente asesinados y violados en una ciudad latinoamericana. Por lo visto, fueron víctimas de una red de prostitución que les secuestró y les esclavizó para ser sometidos a violaciones diarias. Cuando se aburrieron de ellos, les pegaron un tiro y les dejaron tirados en una casa abandonada.

Ah, no, calla. Que no eran hombres.

Eran mujeres.

Ahora tiene más sentido, ¿verdad?

¿Qué pensáis que pasaría si la noticia fuera real? Si se esclavizara a hombres para disfrute sexual, y se les asesinara brutalmente cuando dejaran de ser útiles, o cuando se rebelaran. Habría una ola de indignación en el mundo entero. Pero son siempre mujeres. Así que no pasa nada grave.

Os dedico el siguiente dato. La mayor parte de la esclavitud en el mundo es esclavitud sexual. Mujeres, claro. Las estimaciones varían, pero ninguna baja de los dos millones de personas. Millones de mujeres esclavizadas para ser violadas a diario. Pensad un poco. Imaginad por un momento que se tratara de hombres. Millones de hombres esclavizados y humillados a diario. Habría una guerra. ¿Habéis leído 2666, de Roberto Bolaño? Pues no es ficción. En Ciudad Juárez las mujeres desaparecen, son violadas y asesinadas por centenares. Si fueran hombres, el país estaría en guerra. Pobre Ciudad Juárez, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Que las mujeres sean asesinadas, esclavizadas y violadas es triste, claro, pero es algo que se puede perfectamente asumir dentro del orden natural de los acontecimientos. En resumen: duele menos el sufrimiento de las mujeres.

Y ahora, en un sorprendente giro, intentaré traer a colación a la Pitufina.

Necesitamos etiquetas para entender a las personas, y para entendernos a nosotros mismos. Hombres, mujeres, queer, ricos, pobres, clase media, del Madrid, del Barça, agnósticos futbolísticos, panaderos, profesores, artistas de circo… No subestiméis nuestra necesidad de categorías, de identidades: son la base del pensamiento. Nos ayudan a predecir el comportamiento de los demás, y a actuar socialmente sin quedar como imbéciles. También nos ayudan a entender qué esperan los demás de nosotros y, de nuevo, no quedar como imbéciles.

Todos nosotros tenemos una multitud de etiquetas, que conforman nuestra identidad. Yo soy varón, gaditano, físico, profesor, izquierdista, agnóstico futbolístico, y llevo coleta. Y más cosas, muchas más. Soy saxofonista (aficionado), escritor (afinicionado), feminista, no creo en la necesidad del horario de verano, linuxero, programador, farfullo el chino… Algunas de estas etiquetas son más relevantes que otras. Una identidad rica tiene muchas componentes relevantes. La individuación, el proceso por el cual asignamos a alguien el carácter de individuo único, tiene mucho que ver con una alta complejidad en su identidad, en su conjunto de etiquetas. Si tienes una sola etiqueta relevante, eres un cliché. Si tienes muchas, eres un individuo. Por supuesto, la identidad de una persona depende de a qué distancia se la mire. Tus amigos íntimos y tu familia considerarán una identidad más rica. Pero aquí nos situamos al nivel de identidad pública, la que forma tu tarjeta de visita en la mayoría de las interacciones sociales. La imagen que de ti se hace alguien que charla diez minutos contigo en una fiesta (antes de que bebas de verdad).

Hay etiquetas fuertes y etiquetas débiles. Una etiqueta fuerte es la que te permite predecir muchas cosas sobre el comportamiento de alguien. El ejemplo más relevante es “ser mujer”. Recuerdo cuando explicaba a mi madre que una amiga no quería tener hijos. Mi madre, que no conocía a mi amiga, me respondió que eso no podía ser. Y que ella “sabía mejor que yo lo que quieren las mujeres”. Ésa es la clave. Mi madre se permitía hacer inferencias en base a un único dato: los cromosomas. Bueno, en realidad, no llegó a hacer un análisis cromosómico, pero me entendéis. Saber que persona es mujer te permite hacer muchas inferencias. A menudo son erróneas, sí, pero con frecuencia son correctas: quiere tener hijos, quiere enamorarse, le importa mucho su aspecto, antepone el cuidado de los demás a su desarrollo personal… La etiqueta “mujer” eclipsa a las demás. Por ejemplo: los físicos somos adictos a nuestra carrera, pero de una “física mujer” se esperará que renuncie a ser profesora en Cambridge si tiene que cuidar de su madre enferma. A medida que la sociedad evoluciona, la etiqueta fallará cada vez más en sus predicciones y perderá fuerza. Si algún día falla tanto como acierta, la sociedad la abandonará. Pero ese día está lejos.

¿Por qué es tan fuerte la etiqueta “mujer”? Porque el sistema social necesita el trabajo gratuito de las mujeres para sobrevivir. ¿Imagináis que el cuidado del hogar, de los hijos y de los ancianos estuviera sometido a las fuerzas del mercado? Nunca poder confiar en nadie, pues todos son mercenarios… temer siempre que, si se te acaba el dinero, te abandonarán a tu suerte y morirás como un perro. No deja de sorprender que una sociedad capitalista, que supuestamente valora la libertad en los intercambios por encima de todo, dependa de la sumisión de la mitad de la población a un rol que no han elegido, sino que les viene impuesto. Para los defensores del capitalismo realmente existente es muy importante demostrar que la sumisión de las mujeres está dictada biológicamente, de la misma manera que para los filósofos de la Antigüedad clásica era importante justificar la inferioridad de los esclavos germanos. No es más que una racionalización burda, necesaria para mantener tus privilegios. Todos somos buenas personas… si vamos a explotar a alguien, debemos convencernos de que no es alguien, que es un robot, que es un objeto. No se pone nombre al cerdito que se va a sacrificar. En Star Wars, a los soldados imperiales no se les ve la cara. Así no nos duele que mueran por miles en la Estrella de la Muerte. Una de las claves de la robotización es asignar una identidad lineal, una etiqueta fuerte que anule la posibilidad de una personalidad genuina. Así, aunque las mujeres sean el 50% de la población mundial, la Pitufoaldea sólo necesita una porque… ¡son todas iguales! Vista una, vistas todas. Una pitufina médico o una pitufina bombero no aportarían nada a la trama. Son tres mil millones de mujeres, y una sola personalidad. Así que cada una toca a un tercio de milmillonésimo de persona. Desde ese punto de vista, no duele hacerlas sufrir, tenerlas sometidas, que sean máquinas de dar placer, lavar la ropa y parir hijos.

Todas las etiquetas fuertes están ligadas a la explotación. Ser judío en Varsovia, palestino en Gaza, charnego en Mataró, gitano en las Barranquillas, negro en la valla de Ceuta, chicano en Denver, argelino en París… Todas permiten a los demás hacer muchas inferencias sobre ti, deshumanizarte, y a ti mismo comprender por qué los demás pueden maltratarte sin remordimientos. Para ser antidisturbios en España es obligatorio asignar a los del 15M una identidad lineal. De ahí el término “perroflauta”. O pensad en los muertos de los CIE, o los asesinados por la Guardia Civil en Ceuta. A la mitad de los españoles les parece triste, pero no terrible. Claro. Porque no saben nada de ellos, ni quieren saber. Basta con una única etiqueta: son africanos-muertos-de-hambre. Seguro que alguno tocaba el bajo, o hacía juguetes de madera, o no le gustaba el fútbol, o estudiaba historia, o era sindicalista. Pero eso sería tener cara, tener nombre.

¿Es entonces la identidad lineal la causa del sexismo y del racismo? Por supuesto que no. Es parte de un complejo autosostenido de sometimiento, necesario para la reproducción del sistema social, el capitalismo realmente existente. La explotación no desaparecerá meramente por el desarrollo de la conciencia. Pero el desarrollo de la conciencia la dificultará, pues hará que más personas se pasen al lado oscuro de la fuerza. O al luminoso, ya no sé. Me hice un lío con las metáforas. Pero me entendéis. 😛

Agradecimientos a nim y a chv.

Feliz día de la Mujer Trabajadora.

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