Archivos Mensuales: octubre 2013

Huelga, no. Lo siguiente.

El pasado jueves la comunidad educativa española ganó una batalla a las fuerzas medievalizantes del gobierno. En un momento en el que todos hablan de caída de las fuerzas, las manifestaciones fueron nutridísimas y muy bien organizadas. El profesorado ha perdido impulso, pero lo han ganado los estudiantes y los padres. La opinión pública está de nuestro lado, la ley Wert nace muerta y la Estrategia Universidad 2015 no llegará a nacer.

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Pero la huelga fue un fracaso. Asumámoslo. Los estudiantes fueron los que vaciaron las aulas, pero no el personal. ¿Es eso importante? Mi primera tesis es que no, no lo es.

Las huelgas han forjado el Estado del Bienestar. Mil cosas que damos hoy por supuestas son logros que se arrancaron a los patronos a golpe de huelga, como la jornada de ocho horas, la eliminación del trabajo infantil… Aunque no se nos suela contar, España fue uno de los primeros países del mundo en lograr la jornada de 8 horas a nivel nacional. Fue gracias a la huelga general de 1919, que paró Cataluña… ¡¡durante cuarenta y cuatro días!!

La huelga es una herramienta de lucha de increíble eficacia en la industria, sobre todo cuando los obreros necesitan entrenamiento (y son difícilmente reemplazables). Precisamente por ello, la industria se ha ido de Europa. Los trabajadores de Bangladesh aún tienen que luchar por lo que nosotros damos por supuesto. Y Amancio Ortega se frota las manos.

La huelga es como la penicilina. Un antibiótico muy eficaz, sí, pero nosotros tenemos cáncer. Y no sirve de nada. ¿Qué quiero decir?

Con “nosotros”, me refiero a los trabajadores de los servicios públicos: profesores, médicos, bomberos, científicos… Cuando el patrón quiere cerrar la fábrica, la huelga no le hace daño. Si los empleados públicos paramos, no perjudicamos a nuestro patrón. De hecho, le permitimos ahorrar un día (y pico) de sueldo, y le damos un argumento para convencer a la población de la necesidad de privatización.

Entonces… ¿han sido un error las huelgas? En absoluto, fueron un acierto. La marea verde consiguió el punto clave que jamás había tenido el profesorado en España: cohesión. Hacer algo, todos juntos, aunque fuera tocarnos el lóbulo izquierdo. Saber que el 90% de los profesores de Madrid estaban dispuestos a perder un día de sueldo sin esperar tener ninguna ventaja salarial fue lo que creó la mística de las mareas. La lucha no es por defender derechos laborales, sino la calidad del servicio público prestado. Por eso los primeros colectivos más valorados por la población son los trabajadores públicos que citaba antes: médicos, científicos, profesores… Las huelgas nos han forjado.

Pero, ¿hay que continuar? No. El “momento-huelga” ya pasó. Ahora hay que dar el siguiente paso, el que haga daño de verdad. Ya no nos jugaremos un día de sueldo, sino un expediente disciplinario. Hay que pasar a la desobediencia civil, y vulnerar las normas que nos imponen, siempre en favor del servicio público prestado.

¿Ejemplos? Seguir dando cobertura médica a los sin-papeles; negarse a la expulsión de alumnos por impago de la matrícula; no aceptar en los colegios a directores nombrados desde la administración; abrir los centros a deshoras, para realizar más actividades para la comunidad. Si estamos suficientemente organizados, podemos paralizar el cobro de las matrículas, repartir medicamentos de manera gratuita, dar las clases de manera continuada en la calle o en edificios públicos. Y eso sólo son ejemplos, ideas a bote pronto. La inteligencia colectiva del millón de personas que llenó las calles de este país dará para muchísimo más.

La lucha tiene muchos frentes, pero ahora mismo los frente más importantes son los de la imaginación y la voluntad. No podemos dejarnos llevar por ese pesimismo que nos quieren inocular. Se dan, perfectamente, las condiciones objetivas para nuestra victoria: el país sigue siendo rico, la población está harta. Si nos dejamos aplastar será sólo porque nos falta la vena combativa que tuvieron nuestros bisabuelos en 1919. Y entonces será el final de este país.

A partir de una conversación con Migeru

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