Archivos Mensuales: diciembre 2012

Las víctimas son culpables

Si existe el infierno, yo lo reservaría para los que hacen a las víctimas sentirse culpables de su situación.

“Es verdad que los desahucios son un drama, pero las deudas hay que pagarlas. Si compraste un piso muy por encima de su valor real, y para ello te endeudaste, es tu responsabilidad. Nadie te obligó.”

Me sorprende la cantidad de veces que he tenido que soportar ese argumento, incluso viniendo de gente inteligente y bien intencionada. Se trata de una de esas tristes falacias que ya serían sospechosas con tan sólo ver lo bien que le sientan a los poderosos. El éxito de la propaganda política es siempre obtener la gestión del sentido común. Y en este caso lo han logrado: el argumento anterior parece auto-evidente.

Todo abuso de poder se intenta siempre justificar culpabilizando a las víctimas. Pensemos en las mujeres violadas que tienen que soportar preguntas dirigidas a establecer si ellas “provocaron” la agresión. No, señores, ser una víctima no implica ser una persona pura y candorosa. Una mujer puede ser provocativa con su manera de vestir y de actuar, puede ser tan guarrilla como le dé la gana y, aun así, tener derecho a ser defendida en caso de violación. No se debe tolerar que un juicio por violación se convierta en un juicio sobre el estilo de vida de la mujer violada. De la misma manera, una familia que ha perdido su vivienda y queda con una deuda de por vida tendrá mi apoyo, aunque en su momento hubieran usado el préstamo hipotecario para comprar también el coche y la wii. Así de claro.

“Las deudas hay que pagarlas” parece una evidencia, pero no lo es. No todas las deudas deben ser pagadas, aun cuando hayan sido asumidas libremente. Cuando una empresa quiebra, sus deudas no se cobran. Al prestar dinero, el banco asume un cierto riesgo de impago, y cobra un interés en base a dicho riesgo. La función social del banco es evaluar la probabilidad de éxito de cada plan de negocio y asignar préstamos en consecuencia. Imaginemos que pudiera idearse un mecanismo para que toda deuda fuera cobrada en cualquier caso, aunque fuera a costa de la vida de los prestatarios. En ese caso, el banco no asumiría ningún riesgo, y no tendría ningún motivo para negarse a prestar. Al no asumir riesgos, el banco tratará de convencer a los ciudadanos de que pidan prestado dinero para cualquier chorrada, por arriesgada e imbécil que sea, pues así maximizarán sus benficios. En conclusión: es necesario que, al prestar dinero, el banco asuma un riesgo de impago. En otras palabras: es necesario que algunas deudas no se paguen.

El reparto de riesgos entre prestamista y prestatario es un delicado equilibrio que debe establecer el Estado. Al fin y al cabo, el Estado es el garante del pago de las deudas. Sin la amenaza de violencia que sólo el Estado puede ejercer, nadie tendría por qué devolver ningún préstamo. Pero en los últimos veinte años los bancos han acumulado mucho poder político, y el equilibrio se ha destruido. Lograron desembarazarse de los riesgos asociados a los préstamos por diferentes vías. Por ejemplo, la venta de préstamos en forma de paquetes (CDO), o los seguros de impago (CDS). En España, añádase la ausencia de dación en pago. Los banqueros se dieron cuenta de que ganaban lo mismo, dieran préstamos buenos o malos. ¿Había desaparecido el riesgo, de verdad? No: lo asumían el Estado y los prestatarios.

¿Todos somos culpables? No, señores. Toda sociedad compleja precisa de división del trabajo y confianza en los especialistas. Confiamos en los médicos para que tomen decisiones sobre nuestra salud, en los ingenieros para que diseñen puentes y ordenadores… y en los financieros y economistas para que gestionen nuestro dinero. Los españoles éramos imbéciles, pensábamos que el director de nuestra sucursal bancaria era alguien en quien podíamos confiar, como nuestro médico. Grave error. Nos dijeron que los altos precios de los pisos eran naturales, y que era imposible que bajaran. Nos animaron a pedir préstamos aun cuando no los necesitáramos, y nos argumentaban que era bueno pedir más de lo necesario. Claro, ellos no asumían riesgos. Y los economistas les reían las gracias y publicaban artículos elogiando la nueva ingeniería financiera.

¿Qué pasaría si los físicos tuviéramos tan pocos escrúpulos como los economistas? Pues que negaríamos el cambio climático y animaríamos a todo el mundo a derrochar energía y a usar el coche hasta para ir a comprar el pan. Los magnates del petróleo nos premiarían con subvenciones y regalitos. Después, cuando llegara la catástrofe, nos llenaríamos la boca diciendo que “no había manera de preverlo” y que “todos somos culpables” de haber abusado del coche y derrochado energía.

La culpabilización de las víctimas se difunde como una mancha de aceite. Los desahuciados vivieron por encima de sus posibilidades. Los parados son vagos que quieren vivir de las subvenciones (¡que se jodan!). El fracaso escolar se debe a la falta de esfuerzo. Toda exclusión social radica, a la postre, en una culpa previa. Los no-excluidos aceptan de buen grado estas sandeces, pues les ayudan a sentirse a salvo. Eso no podría haberles pasado a ellos, pues son gente esforzada y con una gran fibra moral. Y lo que vale para las personas, vale para los países: Alemania es virtuosa, España es derrochona. El hecho de que el capital que huye despavorido de España esté ayudando a tapar el enorme agujero financiero alemán no tiene relevancia. Y lo mejor de la culpabilidad es que no mueve a la acción, sólo a la autoflagelación y al sufrimiento callado.

Así se extienden los engendros pseudo-intelectuales como “El Secreto”, Paulo Coelho o los libros motivacionales que nos informan de que obtendremos todo lo que deseamos si somos positivos y nos esforzamos. Ello implica que quien no obtiene el éxito es porque no se esfuerza o no es positivo. Salen del tablero otros motivos, como que las reglas del juego sean injustas, que los dados estén cargados. Y así logran que el sentido común abrace la noción de que quien tiene éxito es porque lo merece, y los derrotados del sistema lo son por su desidia y su flojera. La vida es justa, y las víctimas son culpables.

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