Archivos Mensuales: julio 2012

Aborto y criminalidad

Vamos con un post polémico…

Hay temas en los que es muy difícil mantener un discurso racional, y el aborto es el ejemplo más nítido. Cualquier discusión sobre el tema se convierte enseguida en una sarta de insultos de los pro-vida hacia los asesinos-malnacidos-furcias que defendemos la capacidad de elegir de la mujer. Solía decir la Iglesia, cuando era sabia, “In necesariis, unitas; In dubiis, libertas; Et in omnibus, caritas”. Es decir: “En lo necesario, unidad; En la duda, libertad; Y en todo, caridad”. Pero hoy no reconocen que no sabemos cómo la materia se vuelve consciente y que, por tanto, es un biologismo barato el considerar que todo óvulo fecundado es una vida humana. En realidad, el razonamiento es lo de menos, porque no hay argumentación, sólo evocación a los sentimientos más primarios.

Pero en este blog nos caracterizamos por un desmedido afán de razonar. Aviso al lector: entre aquí con espíritu abierto, y deje (en la medida de lo posible) sus sentimientos a la entrada. Porque vamos a apelar a su ser razonable.

Empecemos con una pregunta sencilla:

¿Qué efectos tiene, sobre una sociedad, la prohibición del aborto?

Hasta el siglo XIX, la prohibición del aborto entraba en el saco de leyes que no había manera de imponer en la práctica. Sólo con la llegada del control político de la sanidad aparece un dilema legal real. Y a lo largo del siglo XX, muchos países han jugado con él, modificando las leyes con un fin: controlar la tasa de natalidad. ¿Y las cuestiones éticas? Seamos serios, son secundarias.

Entre los países que se han embarcado en este peligroso juego estuvo Rumanía. En 1966, Ceausescu, nuevo dictador del país, decidió prohibir el aborto y realizar un control exhaustivo sobre la planificación familiar. Bueno: una eliminación de todo intento de planificación familiar. Pensaba que una Rumanía más poblada sería una Rumanía más poderosa. En poco tiempo se dobló la tasa de natalidad. Pero el país era pobre, muy pobre. Y muy mal gobernado. Así que, en lugar de poderosa, Rumanía se encontró a sí misma superpoblada. Y el exceso poblacional estaba compuesto por niños no deseados. Estos niños no deseados fracasaron estrepitosamente en los estudios, y en su incorporación al mercado laboral. Y muchos de ellos terminaron como delincuentes. Fueron estos niños y sus coetáneos los que, ya adultos, forzaron la única condena a muerte de un dictador de Europa del Este. Tras la democratización, el aborto fue legalizado de nuevo. El número de abortos fue increíblemente alto: uno por cada 22 habitantes!!!

A principios de los 90 la tasa de criminalidad disminuyó enormemente en EEUU. ¿Dónde se han ido los criminales? ¿Ha sido la mejora del nivel de vida, la acción policial? Los estudios mostraban que, aunque eran factores relevantes, no explicaban en absoluto el descenso enorme observado. En el año 2000, Donohue y Lewitt publicaron “The Impact of Legalized Abortion on Crime”. En este artículo estudiaban estadísticamente la correlación entre prohibición del aborto y tasa de crimen en EEUU.

En EEUU, el aborto se legalizó, en la práctica, tras el caso Roe v. Wade, en 1973. En esta sentencia judicial, los derechos de la madre y del estado se “equilibraban” mediante el establecimiento de una ley de plazos. La tasa de abortos se disparó en EEUU, llegando a un aborto por cada 2.25 nacidos vivos. 1’6 millones de abortos en 1980. Es una cantidad enorme. De haber estado prohibido el aborto, todos esos niños habrían vivido. ¿Habrían sido felices? Algunos sí, otros no. Pero, desde luego, sus cartas eran mucho peores que las de sus compañeros de cohorte. Todos ellos habrían sido niños no deseados. La mayoría habría nacido en hogares pobres, de madres adolescentes y solas. Es un cocktail mortal.

Los estudios estadísticos avalan este razonamiento: la tasa de criminalidad cayó dramáticamente alrededor de 18 años después, a principios de los 90. ¿Es casualidad? Puede. Había cinco estados en EEUU que legalizaron antes la ley de plazos: Nueva York, California, Hawaii, Alaska y Washington). En los cinco, la tasa de criminalidad cayó antes. ¿Cuánto antes? Creo que lo adivináis: 18 años después de la adopción de la ley de plazos. ¿Es necesaria más evidencia? Siempre lo es. La correlación se cumple, si se estudia con el cuidado apropiado, en el resto de países del mundo. Más aún: la correlación es tanto más fuerte cuanto mayor es la tasa de abortos que se produce al levantarse la prohibición. Ese número, recordémoslo, es una medida de la cantidad de niños no deseados.

Siempre advierto de que correlación no es lo mismo que causación. Tras demostrar que los dos eventos están correlacionados, ¿cómo demostrar que, realmente, uno causó el otro? A decir verdad, no se puede. Sólo puedo alegar que resulta extremadamente razonable, sobre todo teniendo en cuenta la gran diferencia de tiempo entre los dos (18 años). Desde luego, disminuir la criminalidad no fue la intención legislativa, era muy difícil de prever.

Por supuesto, la ley de plazos tuvo otros efectos en la sociedad americana. El número de concepciones se incrementó en un 30%, señal de que los americanos usaban el aborto como un método anticonceptivo (idea estúpida donde las haya). Disminuyó dramáticamente el número de infanticidios y la tasa de maltrato infantil. Y, por supuesto, las bodas de penalty.

El aborto y la antropología filosófica

Y ahora, no puedo evitarlo, me gustaría discutir en términos ético-filosóficos. ¿Cuándo comienza la vida? No lo sabemos, ciertamente. Dar un acontecimiento biológico como señal de arranque es arbitrario: ¿ocurre algo mágico, algo trascendente, cuando el óvulo y el espermatozoide se funden en una sola célula? No creo, la verdad. La idea es de un biologismo estúpido. ¿Por qué precisamente entonces, no un instante antes o después?

Vayamos entonces algo más atrás: ¿por qué nos repugna dañar a un ser humano? Pues porque es nuestro semejante. Ciertamente, tenemos un sentimiento moral que nos impide hacer daño a quien se parece a nosotros, porque sentimos empatía con su dolor. Y ese sentimiento moral es imprescindible para la sociedad. ¿Qué tipo de semejanza despierta ese sentimiento? Pues la semejanza física y la semejanza intelectual. No podemos dañar a alguien cuyo cuerpo parece humano, o a alguien cuya inteligencia parezca humana. ¿Y el embrión?

Considerad el siguiente diálogo para besugos filosóficos, que ilustra el argumento que me gusta llamar “el bloqueo del desarrollo natural”.

– ¿Cómo sabes que un aborto es la muerte de un niño? Al ver un embrión de 2 meses no me parece ver ninguna figura humana.

– Pues porque, si le hubieras dejado evolucionar libremente, se habría convertido en un niño.

– Ah. Entonces, yo hice algo, y ese algo evitó que un niño naciera. Y, por tanto, le he matado.

– Eso es.

– Entonces, si un día puedo violar a una chica y me contengo, estoy matando un niño, ¿no?

– ¿Y esa gilipollez?

– Bueno, yo hago algo, y ese algo evita que un niño nazca. Así que le he matado.

En efecto, si consideramos que un embrión es ya un niño porque, dejado evolucionar libremente, se convertiría en un niño, entonces estamos matando un niño cada vez que una acción nuestra evita un embarazo. Como por ejemplo, cuando te pones un preservativo. O, mejor aún, cuando decides no mantener relaciones sexuales. Como decía El Mundo Today, usando el humor como herramienta dialéctica, cada mujer menstruando está abortando.

La Iglesia siempre ha apoyado la extensión de la cantidad de vida, aunque fuera en detrimento de la calidad de la misma. ¿Merece la pena vivir, a cualquier precio? En mi opinión, no. Yo no creo que mi propia vida deba ser antepuesta a cualquier otra consideración. Por ejemplo, yo mismo puedo considerar que, por algún motivo, ya no merece la pena vivirla, y desear terminarla. Y podría ocurrir que terminar con mi vida mejorara drásticamente la calidad de vida de muchas personas. En ese caso, me parece que sería necesario éticamente poner todas las opciones sobre la mesa.

Entonces, ¿por qué la Iglesia se ha empeñado en proteger tanto a los embriones? De hecho, los embriones reciben un trato especial, una protección mayor que el resto de seres humanos. Pensemos en los anti-abortistas que están a favor de la pena de muerte. O en todos aquellos a los que los recortes en sanidad no les importan, cuando es obvio que ya están adelantando la muerte de muchas personas. Es obvio: se trata de una estrategia del poder. Prohibir el aborto es una manera de incrementar la población, lo cual puede ser muy beneficioso. Sobre todo para los poderosos. Más soldados en una guerra. Más obreros -y, por tanto, más presión para bajar los salarios. Más sumisión: los padres y madres de ocho hijos no pueden pensar en la revolución, están demasiado ocupados consiguiendo la próxima comida. Cuando los poderosos se sienten seguros de sí mismos, pueden relajar la presión sobre el pueblo, permitiendo una ley de plazos.

Un deseo: que cada niño que nazca sea deseado.

¡Economía Real, Ya!

Los físicos estamos de enhorabuena. Predijimos la existencia del bosón de Higgs, con una masa en torno a los 120 GeV… y ¡ahí está! (Aquí tenéis mi pequeña contribución.) La ciencia es algo maravilloso: recopilas evidencias, piensas mucho, formulas modelos, describes teorías, diseñas experimentos… y luego… ¡funciona! Imagino la cara de Le Verrier cuando se confirmó su predicción de la existencia de Neptuno. O la de Mendeleyev cuando se encontró el germanio que él había predicho.  Los médicos han alargado nuestra vida. Los ingenieros nos hacen cruzar el Atlántico en horas.

¿Y los economistas?

Pues los economistas dedican una cantidad ingente de tiempo a demostrar que su tarea es una ciencia. Lo cual es la más segura prueba de que, en realidad, no lo es. Sus modelos no han predicho ninguna de las crisis económicas del siglo XX. Los astrónomos predecían eclipses ya en el siglo IV a.C. “Bueno… “, uno puede decir: “es que la economía trata de temas mucho más complejos. Es difícil hacer predicciones”. Ese comentario me deja perplejo, porque los economistas no se equivocan levemente, sino que cometen espantosos errores de bulto. En Inside Job se describe cómo un prestigioso profesor de Harvard publicó un artículo sobre la solidez del sistema financiero islandés… meses antes de su colapso. Si no saben, ¿por qué escriben? Cuando oyes a los economistas hablar, no resuena ningún eco de humildad. Su discurso rebosa prepotencia, una arrogancia totalmente impropia de quien tiene su currículum plagado de fracasos científicos.

Dijo un famoso economista que “la eficiencia del mercado es tan importante que está por encima de las observaciones empíricas”. Waw.

En realidad, claro está, hablo de los economistas oficiales. Es diferente el caso de los economistas críticos, como los neo-keynesianos, Krugman, Stiglitz, Sen, Varoufakis… o, en España, Vicenç Navarro, Juan Torres o Alberto Garzón. La economía oficial (sea neoclásica, neoliberal, austríaca…) está, a nivel científico, a medio camino entre la astrología y la homeopatía. Y no porque contenga errores, sino porque contiene mentiras, mentiras interesadas. Aquí va una pequeña selección:

1.- La deuda excesiva del estado español es la causa de nuestra actual crisis. NO. El año 2007, justo antes de la crisis, el estado español tenía superávit, y una deuda sensiblemente inferior a la alemana.

2.- Un país endeudado en exceso debe adoptar medidas de austeridad. NO necesariamente y NO arbitrariamente. Es fácil caer en la paradoja del ahorro: si todos ahorramos durante una etapa de recesión, caerá la demanda, más empresas tendrán que cerrar… y nos hundiremos aún más en la recesión. Irving Fisher formuló una versión de esta paradoja para momentos de excesivo endeudamiento de un país. Si todos ahorramos, caerá la demanda, los precios y los salarios bajarán. Eso quiere decir que costará más conseguir cada euro. Y, por tanto, nos costará más pagar nuestras deudas. Así que, paradójicamente, cuanto más ahorramos, más debemos. Y ésa es nuestra situación en estos momentos.

3.- El pago de la deuda debería ser la prioridad para cualquier estado. NO. ¿Aceptarías que el pago de tu hipoteca fuera por delante de la comida de tus hijos? Para empezar, la deuda puede ser ilegítima u odiosa. Por ejemplo, los bancos que han recibido dinero del Banco Central Europeo al 1% para prestar al estado español al 7%. No hay ningún motivo para tolerar esa estafa. Es preciso llevar a cabo una auditoría de la deuda española, para saber qué parte es legítimo pagar.

4.- La economía nacional es como una familia. NO. En una familia, todo el trabajo remunerado se hace en el exterior de la misma. La totalidad de los ingresos vienen de fuera. En España, el 70% de los ingresos nacionales es endógena, es decir: bienes y servicios que los españoles compramos a los españoles. Al enfriar la economía interna, los españoles nos volvemos más pobres y no mejora nuestra capacidad para pagar nuestras deudas. Si nuestro problema fuera de excesivo consumo en el exterior, la solución sería obvia… una política proteccionista: poner aranceles para que los españoles no consuman bienes extranjeros.

5.- El enfriamiento de la economía nacional (devaluación interna) salvará la competitividad española. NO. Como ya hemos dicho, la devaluación interna empobrecerá inútilmente a los españoles, y disminuirá nuestras posibilidades de pagar la deuda. Pero, además, no es factible mejorar nuestra competitividad de esta forma. Para empezar, porque todos los países del mundo están intentando disminuir sus importaciones. Pero, más grave aún: porque la falta de competitividad española se debe a nuestro atraso tecnológico. Intentar mejorar nuestras exportaciones sin invertir en I+D nos condena a luchar por el mercado de los productos de escaso valor añadido (es decir: no venderemos alta tecnología, sino posavasos de plástico). Y eso nos fuerza a competir con China. ¿Queremos vivir como ellos?

6.- El comercio libre internacional favorece siempre a todas las partes. NO. Todos los países ricos han desarrollado su industria gracias a un período, a veces muy largo, de proteccionismo. Ningún país del mundo ha desarrollado una industria competitiva en un marco de libre competencia.

7.- El mercado libre siempre favorece a todas las partes. NO. El problema radica en el término “libre”. Si yo me muero de hambre y tú no, puedes imponerme el precio que quieras por un plato de lentejas. No hay intercambio libre cuando una de las partes tiene una necesidad acuciante. Ni cuando una de las partes es sensiblemente más fuerte que la otra. Las condiciones necesarias para un verdadero intercambio libre son tan restrictivas que lo vuelven inútil en la práctica.

8.- La gestión privada es siempre más eficiente que la gestión pública. NO. Valga como ejemplo la sanidad española, fundamentalmente pública, mucho más barata y con mejores resultados que la norteamericana. Más aún: tenemos motivos para pensar que, en términos generales, la gestión controlada democráticamente es mucho mejor que la gestión privada.

9.- Todos los países deberían mejorar su competitividad, y así saldremos de la crisis global. ¡¡¡NO!!! ¡¡Y además es un absurdo lógico!! Si todos los países mejoramos nuestra competitividad, ¡estaremos en el mismo sitio exactamente! Un esquema de solución que no se pueda exportar a todos nunca es una buena solución.

10.- Los salarios, como todos los precios, deben estar sujetos a la ley de la oferta y la demanda. NO. El mercado de trabajo es diferente a todos los demás. Si el precio del queso baja, algunos queseros dejarán el negocio y fabricarán otras cosas: la oferta baja. Pero si disminuye el salario, la cantidad de gente que busca trabajo crece. La razón es que algunas personas necesitarán un segundo empleo, algunas mujeres que estaban criando a sus hijos volverán al mercado de trabajo, habrá estudiantes que abandonarán los estudios… Es como si, al bajar el precio del queso, más gente se quisiera hacer quesera. La razón es que los trabajadores no podemos hacer otra cosa que trabajar para ganarnos la vida.  Si buscas el equilibrio oferta-y-demanda para el precio del trabajo… éste es, simplemente, el salario de subsistencia. La razón por la que ganamos más que eso es, únicamente, política.

11.- Si se liberalizara el mercado de trabajo, se acabaría el paro. NO. El paro no se debe a la rigidez del mercado de trabajo. Si así fuera, Suecia (8% de paro) tendría mucho más paro que España (25%). El paro, en realidad, es un arma de lucha de clases. Es la forma en la que los empresarios meten miedo a los trabajadores para instarles a aceptar menores salarios y peores condiciones de trabajo. Si dudas… sólo tienes que mirar a tu alrededor y escuchar las frases del tipo: “con la que está cayendo, cualquiera se queja”.

12.- Empresarios y trabajadores deben negociar los salarios individualmente, sin convenios colectivos ni sindicatos, que sólo sirven para escudar a los malos trabajadores. NO. ¿Deben el zorro y las gallinas negociar libremente los intercambios que realizarán? El empresario y el trabajador no negocian en igualdad de condiciones. El empresario se juega los beneficios. El trabajador se juega su pan. La única opción para equilibrar la balanza es la negociación colectiva.

13.- Rebajando los sueldos habrá más trabajo. NO necesariamente, porque habrá menos consumo. Eso sólo es cierto en el caso de que los consumidores y los trabajadores no sean las mismas personas. Por ejemplo: las economías bananeras de exportación. El gran drama de los empresarios es que cada uno querría pagar sueldos de miseria… mientras los demás pagan sueldos fabulosos.

14.-  Los empresarios son quienes crean riqueza. NO: los trabajadores son quienes crean riqueza. Recordemos una cuestión terminológica básica: empresario es, simplemente, el dueño de la empresa. Hay empresarios que trabajan, como gestores, en sus empresas. Y hay empresarios que no. Las empresas crean riqueza aunque el empresario se quede en casa rascándose el escroto. Pero si los trabajadores imitan su ejemplo, la creación de riqueza termina.

15.- Los empresarios son quienes crean puestos de trabajo. NO: los consumidores son quienes crean puestos de trabajo. Podemos tener puestos de trabajo sin empresarios: en el sector público o en cooperativas. Pero no es posible sostener los puestos de trabajo sin consumidores.

16.- La lucha de clases (ya) no existe. Empresarios y trabajadores estamos en la misma barca. Radicalmente, NO. Tras la Segunda Guerra Mundial, ante la amenaza de extensión del comunismo, las sociedades occidentales obligaron a los empresarios a compartir la riqueza generada con los trabajadores. En aquella época, el tipo impositivo máximo en EEUU llegó a superar el 90%. La economía se expandía, había riqueza para todos. En los años 80, con la caída del bloque soviético, los poderosos perdieron el miedo a los trabajadores. Cayeron los tipos impositivos, y cayeron los salarios reales. En 2006, Warren Buffett (uno de los hombres más ricos del mundo) comentó al New York Times que él pagaba menos impuestos que sus secretarias. Y añadió: “Hay lucha de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que la está haciendo y la que la está ganando”.

…y tengo bastantes más, que postearé en otro momento.

En resumen: ¡Economía Real, Ya!  Hemos dejado de creernos las mentiras interesadas de los economistas oficiales. Necesitamos una ciencia económica a la altura de los tiempos, que sea capaz de hacer predicciones… o de reconocer cuándo éstas no se pueden hacer; que pierda su arrogancia, que entienda que es una sirviente de la política, y no al revés; que aprenda historia, filosofía, matemáticas, tecnología… que tenga el coraje de enterrar los modelos fallidos; que razone en términos de bienestar y no de dinero; que acepte la democracia… Y que nos sirva para algo.

Muchos ánimos a todos los economistas que os sentís indignados con el Disneylandia científico que nos han intentado vender. Os necesitamos.

 

Addendum, 7 de septiembre: Ibeth Rivero ha publicado aquí una interesante respuesta a este artículo, desde el punto de vista de una economista profesional.

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