Archivos Mensuales: enero 2012

¿Para qué sirve el paro?

¿Para qué sirve el paro? Es una extraña pregunta, parece similar a preguntar para qué sirven los huracanes o el cáncer. Se nos ha hecho creer que el paro es un accidente de la Naturaleza. Si es así, la respuesta es obvia: no sirve para nada.

La explicación usual sobre el origen del paro está en la rigidez del mercado de trabajo: el excesivo poder de los sindicatos hace que sea muy caro contratar y muy difícil despedir. Los empresarios, en estas condiciones, no usarán su dinero para crear empleo. Esta explicación es cierta y falsa a la vez. Empíricamente, hay muy escasa correlación entre protección social y desempleo. Así que, en sentido estricto, es falsa. Pero apunta fuertemente a la explicación verdadera: el paro es el chantaje que los empresarios usan para que los trabajadores sean dóciles.

¿Por qué los empresarios y el PP hablan tanto de paro? ¿Porque les importa? Si así fuera, no estarían despidiendo empleados públicos de continuo. No. El paro es la pistola que los de arriba están poniendo de continuo sobre nuestra sien. Hablan continuamente de ella para que no se nos olvide el chantaje al que nos están sometiendo. Y el chantaje es: desmontad el estado del bienestar o hundiremos el país.

“Con la que está cayendo” es la frase más repetida en los últimos años. Decidme si os suenan:

– Me obligan a hacer horas extras gratis, pero… ¡cualquiera protesta con la que está cayendo!

– He cogido un trabajo en otra ciudad. Dejo a mi familia y a mis amigos, pero… ¡cualquiera renuncia a un empleo con la que está cayendo!

– Me han reducido las horas nominales, y el resto me lo pagan en negro. ¡Pero cualquiera dice nada, con la que está cayendo!

¿Sigo?

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Teaching English as a foreign language

Dedico este post a los profes de inglés como lengua extranjera, en España y en todo el mundo.

Nuetra lideresa propone que el inglés en Madrid lo enseñen profesores nativos. Como en toda política de raza, hay que distinguir entre la intención manifiesta y la intención latente. La primera es bien obvia: que el alumnado aprenda la lengua de Shakespeare de la mano de gente que la aprendió en la cuna, en contraposición a gente que la aprendió en la facultad, o en escuelas de idiomas.

Pero… ¿por qué eso iba a ser mejor? Veamos. ¿Por qué es importante aprender inglés? ¿Porque nos importa especialmente la cultura británica? No. Porque es la lengua vehicular, la que nos permite comunicarnos globalmente, en todo el mundo. Si aún fuera el latín o el francés, serían las lenguas que aprenderíamos. El inglés es la lengua del imperio, y todos debemos aprenderla. Eso supone una clara ventaja para aquellos que la aprendieron entre toma y toma del pecho de su madre. Pero esta ventaja tiene un inconveniente necesario: desde el momento en que es la lengua global, se convierte en la lengua de todos. El inglés es tan de los británicos como mío. El latín medieval no conserva la pureza de Catulo, y la koiné (el griego helenístico) está muy lejos de la lengua de Platón. El inglés evolucionará también: cambiará su fonética, su léxico y su sintaxis. Y, como la koiné y el latín, también será desplazado por otra lengua (¿el chino, quizá?), que sufrirá el mismo destino.

Entonces, ¿qué significa hablar inglés bien? Significa entender las catorcemil variantes: entender el inglés de un cockney londinense, de un neoyorkino… y también el de un señor de Calcuta, o el de una señora de Leipzig. Queremos comunicarnos en todo el mundo, no aprender teatro isabelino. (Bueno, aprender teatro isabelino también, pero hay un momento para cada cosa.)

Los profesores de inglés nacidos en España, que dominen el inglés en la forma profunda que os digo, que hayan viajado y hayan comprobado que jamás la comunicación fue un problema para ellos… pero que conozcan la realidad del alumnado español, que puedan predecir sus errores de comprensión, su uso de los false friends, su lucha con los phrasals, que entiendan por qué se ríen todos cuando alguien dice from lost to the river

Pero la lideresa quiere profesores baratos. Inglesitos e inglesitas jóvenes e inexperimentados que quieran vivir un año en España, y acepten un sueldo de miseria. Chicos y chicas cuyo conocimiento de su propia gramática y literatura suele estar a años luz de nuestros profesores, que son filólogos… cuya única ventaja es haber hablado inglés desde su niñez.

Yo he dado clase varios años de matemáticas en inglés, a alumnos de ingeniería en la Universidad Carlos III de Madrid. La experiencia es globalmente muy positiva. Decidí desde el primer momento que no me esforzaría especialmente en hablar un inglés puro. Que hablaría como lo hago en los congresos internacionales, o cuando estoy de estancia en cualquier país del mundo. Soy de esas personas para las cuales la comunicación nunca fue un problema. He usado el inglés para comunicarme con británicos, americanos, indios, alemanes, chinos, vietnamitas, polacos, rusos, egipcios… ¡Para eso sirve el inglés!

Y tuve profesores de inglés de los dos tipos: nativos y nacionales. Pero quien me enseñó inglés de verdad fue un argentino.

Confundir valor y precio

Decía Antonio Machado que todo necio confunde valor y precio. ¿Cómo se distinguen, entonces? El término precio no tiene ninguna connotación ética. Designa, únicamente, el coste real de un bien o un servicio. En cambio, el término valor nos refiere a la justicia: ¿cuál debería ser el justo precio de un bien? Así, por ejemplo, la pregunta “¿Están aún los pisos sobrevalorados en España?” exige una comparativa entre el valor (precio justo) y el precio real. ¿Cómo responder?

Un intercambio justo es un intercambio equitativo. Pero justo no es lo mismo que bueno. Así, por ejemplo, la relación de una madre con su hijo, por ejemplo, no es justa, va más allá de la justicia. En la literatura sociológica se suele distinguir entre Gesellschaft, o sociedad regida por la justicia/equidad, y Gemeinschaft, o sociedad regida por la bondad/fraternidad. El término valor, obviamente, se refiere a la Gesellschaft: ¿Cómo debemos intercambiar bienes, de manera que el intercambio sea equitativo?

Supongamos que entrego a otra persona el bien A a cambio del bien B. Recibir el bien B me reporta una cierta cantidad de placer. ¿Debería este placer ser tenido en cuenta a la hora de evaluar la equidad del intercambio? Veamos: ¿debería la gente que disfruta mucho comiendo pagar más en los restaurantes? El intentar evaluar la justicia de la transacción mediante el placer proporcionado nos lleva a paradojas y a situaciones ridículas.

Pero, por otro lado, obtener o crear el bien A me ha costado un cierto esfuerzo. Es natural pensar que, cuanto mayor sea el esfuerzo, mayor debe ser el valor de A. Pero quizá me ha costado mucho porque soy un trabajador novato o incompetente, y eso no debería, en justicia, repercutir en el valor. Así, en este artículo vamos a defender que el valor de un bien es el esfuerzo promedio que, en determinada sociedad, requiere su creación.

¿Es posible medir el esfuerzo? La componente más importante es el tiempo de trabajo empleado. Así, el valor debería medirse en horas.

Pongamos un ejemplo de principio: ¿Cómo calcular el valor del portátil en el que escribo?

* Primero, habría que calcular las horas de trabajo de los empleados de la fábrica, transporte y distribución, divididas entre el número de ordenadores producidos.

* También hay que sumar el valor de la maquinaria que se ha empleado. Es decir, el número de horas necesario para su fabricación. Eso sí, divididas entre el número de ordenadores que producirán a lo largo de su vida útil. Este término se conoce como coste amortizado.

* Asimismo habría que considerar las horas necesarias para la formación del personal: técnicos, ingenieros, etc. Asimismo, deben ser divididas entre el número de ordenadores que producirán. Es otra componente del coste amortizado.

Si algún trabajo es especialmente duro, el número de horas puede ser multiplicado por un factor corrector, siempre intentando reproducir de manera fiel el esfuerzo humano empleado. Pero hablamos de trabajos onerosos para la salud, no de trabajos más cualificados. Así, por ejemplo, la hora de trabajo de un ingeniero (en condiciones normales) no crea más valor que la de un operario de fábrica. Eso sí: es preciso sumarle el coste amortizado de su formación: sus esforzados años de estudio y las horas de trabajo de sus esforzados profesores… 🙂

La idea expuesta se conoce como teoría laboral del valor, pues identifica valor con trabajo. Esta teoría fue desarrollada inicialmente por los economistas clásicos, Adam Smith y David Ricardo, por ejemplo, aunque adquiere su forma actual en la obra de Marx. Para estos economistas la teoría del valor era descriptiva: creían que, en una economía de libre mercado, los precios terminan por converger al valor real. En realidad sabemos que eso no es cierto, y la exposición de este artículo es de carácter ético: el valor de un bien, su precio justo (no el precio bueno), es el dado por la cantidad de trabajo encerrado en él.

Tras toda esta discusión, aún no sabemos si el precio de los pisos en España sigue sobrevalorado o no. Yo creo que sí, pero me encantaría que alguien hiciera las cuentas y nos dijera cuántas horas de trabajo lleva construir una vivienda, un coche, un portátil… Asimismo, ¿cuál es el valor de un euro? ¿Cómo varía ese valor cuando el BCE fabrica dinero? ¿Y cómo varía cuando los bancos crean dinero de la nada mediante préstamos?

Si fuéramos conscientes del valor de las cosas tendríamos el poder moral para regatear las que están sobrevaloradas, y ese conocimiento constituiría un freno para las burbujas… Citando a Amanece que no es poco, la verdad es que sólo le veo ventajas!!

Notas adicionales:

* La teoría laboral del valor no tiene en cuenta el coste ecológico de la fabricación de los productos. Bueno, tampoco lo tiene en cuenta el precio real. Imaginemos que crear el bien A lleva 20 horas de trabajo y la destrucción de una hectárea de bosque amazónico. Este coste debería ser evaluado, pero no sumado directamente al valor laboral. Quizás sea necesario considerar un coste multidimensional.

* Al incluir la posibilidad de un factor multiplicativo sobre las horas para trabajos especialmente duros he abierto la veda de una discusión eterna: ¿qué trabajos deberían llevar ese factor? ¿Y cuál debería ser éste? Sólo puedo proporcionar una regla general: los trabajos que, por su especial dureza, no pueden desarrollarse a lo largo de 40 horas semanales sin afectar a la salud del trabajador: mineros, bomberos, maestros, controladores aéreos… ¿Y cuál debería ser el factor corrector? Pues debería ser tal que, en una semana, un minero y un panadero creen el mismo valor.

* Adelantándome a las críticas que voy a leer en los comentarios: obviamente, para que cada precio correspondiera con su valor, alguna autoridad tendría que imponerlo. No, eso no me parece bien. El precio justo no es, necesariamente, el precio bueno. Pero opino que si la ciudadanía conociera el valor de cada bien, los intercambios económicos serían más justos. Incidiré en ello en el proximo post.

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