Archivos Mensuales: noviembre 2011

Don Pascual diserta sobre la austeridad

Lugar: sala de estar de mi vecino de arriba.

Dramatis Personae: Don Pascual, mi vecino, rancio caballero español, abogado acomodado; Chelito, su hija, deliciosa muchacha, dulce sorpresa de la genética; Y yo, Manolito, servidor de ustedes… que por arrimarse a la Chelito hace lo que sea menester.

Yo.- ¿Y qué cree que hará ahora el gobierno para salir de la crisis, don Pascual?

Don Pascual.- Pues racionalizará la administración, pondrá orden en el gasto público y animará a los emprendedores.

Yo.- Bien, claro. Eso es un eufemismo, ¿no, don Pascual? Quiere decir que recortará los sueldos de los empleados públicos, reducirá los servicios sociales y bajará los impuestos a los ricos, ¿no?

Don Pascual.- Vamos a ver, joven, que es usted muy listo. Recortar sueldos de los empleados públicos, posiblemente. Tienen un puesto fijo, deberían apretarse un poco el cinturón por el bien del país, ¿no?

Yo.- Venga, don Pascual, que los empleados públicos no tenemos nada fijo. Si acaso, los funcionarios. Y aun a ellos se les puede echar en caso de necesidad. Yo soy empleado público y tengo contrato por seis meses.

Don Pascual.- De acuerdo, joven, se lo acepto. Pero en cualquier caso, deberían apretarse ustedes el cinturón por el bien del país.

Yo.- Ah. Bueno, pongamos que echamos a unos miles de empleados públicos a la calle. ¿En qué beneficia eso al país?

Don Pascual.- Menor gasto público, podremos cuadrar las cuentas de una vez.

Chelito.- Huy, sí, papá… ¿qué son unos cuantos miles de parados, comparados con las cuentas? (Don Pascual fulmina a su hija con la mirada… Y a mí se me cae la baba.)

Yo.- Sí, las cuentas son importantes, en efecto. Pero también tendrá desventajas, ¿no? Miles de desempleados más. Perdemos cotizantes, y hay que pagarles el paro. El ahorro es menor de lo que parece. Además, toda esa gente gastará mucho menos. No saldrán de cañas, no se comprarán un coche, no cambiarán los muebles del baño… Por tanto, muchas empresas harán menos negocio. Estas empresas disminuirán su actividad, tendrán menos beneficios, pagarán menos impuestos… y despedirán a más gente… que a su vez comenzará a cobrar el paro. ¿Seguro que ahorraremos algo?

Don Pascual.- Sí, hijo, el viejo discurso keynesiano. ¿No tienes nada nuevo?

Yo.- No tengo por qué traer nada nuevo si lo viejo aún vale.

Don Pascual.- Pues es bien sencillo. El estado está ahogando a las empresas a impuestos para sostener un estado del bienestar que no podemos mantener. En el momento en el que se termine este despilfarro, los emprendedores podrán volver a crear empleo, y se terminará la pesadilla económica en la que nos han metido los socialistas.

Chelito.- Amén.

Don Pascual y la Chelito.

Yo.- Don Pascual… ¿cómo se originó la crisis, en su opinión?

Don Pascual.- Pues le contaré, hijo, qué es lo que ha sucedido. Por un lado, los socialistas se han dedicado a despilfarrar para asegurar su cantera de votos. Han permitido que la gente se aproveche, que millones vivan sin trabajar. Que si dependencia, que si paro para todos… ¡qué leches, aquí ya nadie trabaja! Eso ha creado una enorme deuda pública. Por otro lado, la gente, que se ha acostumbrado a vivir muy bien, se dedicó a pedir préstamos porque no querían conformarse con un piso y un seiscientos, no… querían un chalet en la sierra y un Audi. Y eso ha creado una enorme deuda privada. El país está endeudado hasta las cejas, tendremos que apretarnos el cinturón unos años. Austeridad, ahorrar, ahorrar hasta haber salido del atolladero. Y, a partir de entonces, aprender a vivir con nuestras posibilidades.

Yo.- Interesante, don Pascual. Vayamos por partes. Empecemos por la deuda pública. ¿Sabe a cuánto ascendía, antes de la crisis?

Don Pascual.- Es enorme desde que llegaron los socialistas.

Yo.- Se equivoca. La deuda del estado español se ha ido reduciendo hasta el año 2008. De la Europa de los 15, somos uno de los países que menos gasta en servicios sociales. Los “socialistas” no aumentaron el gasto público hasta que estalló la crisis.

Don Pascual.- Mejor me lo pones. ¿Empiezan a gastar en tiempos de crisis?

Yo.- Por supuesto, es lo que debe hacer un estado sensato, para evitar la caída. Ya lo sé, es Keynes, y sigue siendo cierto. El gobierno inició el plan E.

Don Pascual.- Que terminó de arruinar al país.

Yo.- No. El plan E era una buena idea, pero se vio truncado porque, de repente, el gobierno tuvo que hacer un dispendio enorme. Y no era en subsidios de desempleo ni en la ley de dependencia. ¿Adivina en qué fue?

Don Pascual.- (con cara de resignación) ¿En qué, hijo?

Yo.- En salvar a los bancos. Don Pascual… imagino que habrá aprovechados que cobren el subsidio de paro mientras hacen chapuzas. Claro. Y eso nos parece mal a usted y a mí. Pero, ¿qué me dice de los aprovechados que juegan millones al casino y, cuando pierden, esperan que el estado les rescate? ¿No son infinitamente peores?

Don Pascual.- Seguramente tú habrías preferido un corralito financiero.

Yo.- Yo habría preferido que cada banco rescatado fuera nacionalizado.

Don Pascual.- Ya estamos, tú y tus manías estalinistas.

Chelito.- ¡Ay, Manuel! ¿Es que no recuerdas ya cuando Stalin nacionalizó la banca rusa para poder encerrar a los opositores en las cámaras acorazadas? Nos falla la memoria histórica, muchacho… (Si don Pascual hubiera tenido su testamento a mano, su hija estaría desheredada…)

Yo.- Pero lo que más me llama la atención de su argumento, don Pascual, es la idea de austeridad. Nuestro problema, en estos momentos, es que los españoles, tanto particularmente como a nivel estatal, debemos un montón de dinero a bancos extranjeros, ¿no es así?

Don Pascual.- En efecto.

Yo.- Y eso, claro está, se resuelve con austeridad.

Don Pascual.- Claro. Tenemos que ahorrar para pagar las deudas.

Yo.- Usted razona como lo haría una familia con ingresos fijos. Tienen una deuda enorme, así que gastan menos. Pero un país no es una familia, ¿se da cuenta?

Don Pascual.- ¡Claro que me doy cuenta!

Yo.- No lo parece. Los ingresos de una familia provienen siempre del exterior, de que sus miembros trabajen fuera. En cambio, en un país, la mayor parte de los ingresos provienen de que trabajemos los unos para los otros. Eso es lo que crea riqueza. Supongamos que todos los españoles somos, a partir de ahora, tremendamente austeros y nos dedicamos a ahorrar casi todo lo que ganamos para poder pagar a nuestros acreedores extranjeros. Sólo los gastos imprescindibles. ¿De acuerdo?

Don Pascual.- A ver dónde quieres ir a parar, que tú te crees muy listo.

Yo.- Ay, don Pascual, ¡es lo que tiene haber ido a la escuela pública…! Pues eso. Si todos ahorramos todo lo que podemos, dejamos de salir de cañas, no cambiamos de coche, no amueblamos el baño… el dueño del bar, el del concesionario y el de la fábrica de muebles cierran. ¡Dejan de tener ingresos, no pueden pagar sus deudas!

Chelito.- Es un lindo ejemplo de la “falacia de composición”: la decisión óptima para cada individuo puede no ser la decisión óptima de manera global.

Don Pascual.- Y el que yo compre muebles, o salga de cañas, ¿cómo coño va a ayudar a pagar mis deudas? Chaval, creo que estás patinando mucho.

Yo.- Creando actividad económica, generando beneficios y riqueza. Desde luego, los parados no contribuyen a crear riqueza. Cada empleado público despedido es un poco menos de riqueza que crea el país, y un poco menos de capacidad para pagar nuestras deudas.

Don Pascual.- No me convences. ¿Por qué a nuestros acreedores les iba a interesar que los empleados públicos se tomen cervezas o cambien los muebles del baño?

Yo.- Si generamos riqueza, una parte de ella puede ir al pago de la deuda. Si no la generamos… pues nada. ¿Cómo piensa el PP salir de la crisis, animando a los emprendedores?

Don Pascual.- Claro, a un comunista como tú le sonará a chino. Pero lo pondrán fácil para que los emprendedores creen nuevas empresas, generen puestos de trabajo y, como tú dices, creen riqueza.

Yo.- Ah, claro. Supongamos que yo fuera un emprendedor, con una idea chulísima para una empresa. El gobierno me lo pondría fácil para que la montara, ¿no?

Don Pascual.- Sí, reduciría la burocracia y te eximiría de impuestos durante unos años.

Yo.- Bien, bien, claro. Pero supongamos que no tengo dinero para montarla. ¿Me lo presta el estado?

Don Pascual.- Ya estamos a vueltas con el banco estatal, ¿eh?

Yo.- Vamos, que sigo sin tener financiación, porque los bancos privados no me prestarán ni un euro. Pero supongamos que tengo un mecenas. Ahora monto mi negocio… que necesitará clientes. ¿Quién va a comprar?

Don Pascual.- Si la idea es buena, no te faltarán clientes.

Yo.- Dígaselo a todos aquellos que han tenido que cerrar… que la culpa era de la falta de ideas buenas. Don Pascual, sea serio. El problema no es de ideas.

Don Pascual.- En parte, es un problema de impuestos. Los empresarios están ahogados.

Yo.- De nuevo se equivoca, don Pascual. Los impuestos en España son ridículamente bajos para el capital. Y las SICAV, como usted sabe, pagan sólo el 1%.

Don Pascual.- Las SICAV son un invento de los socialistas para que los suyos paguen menos impuestos.

Yo.- Claro, con una ley aprobada en 2003… antes de llegar al gobierno. Qué listos los socialistas…

Chelito.- Debían tener algún topo en el PP. Yo apuesto por Piqué.

Yo.- Si el problema fuera de impuestos, ¿por qué los empresarios suecos no se quejan, pagando casi el doble?

Don Pascual.- A ver, chaval, si tan listo eres, ¿dónde está el problema?

Yo.- En la demanda, don Pascual. Nadie compra nada, nadie tiene dinero. Y el que lo tiene, lo ahorra por miedo a perder su puesto de trabajo. Don Pascual, cuando hablan de moderación salarial, ustedes se olvidan siempre de algo: si los trabajadores cobran menos, ¿quién va a comprar sus productos?

Don Pascual.- Hay muchas empresas españolas que exportan.

Yo.- Sí, pero no son las PYMEs, son las grandes empresas. La mayoría más absoluta de los trabajadores españoles producen para el consumo interno.

Don Pascual.- Deberíamos mirar más al exterior, como Alemania, convertirnos en una economía de exportación.

Yo.- Claro. Así podríamos bajar los sueldos sin preocuparnos por la falta de demanda.

Don Pascual.- No. Así podríamos conseguir el dinero para pagar a nuestros acreedores. Vamos a ver, Manolito, si tan listo eres: si nuestros acreedores están fuera de España, ¿cómo va el trasiego de dinero interno va a crear el dinero que les tenemos que abonar? No tiene sentido.

Yo.- Esta pregunta es buena, don Pascual. Pongamos que los españoles, en total, debemos X euros. De acuerdo… ¿qué es un euro?

Chelito.- ¿Y tú me lo preguntas?

Don Pascual.- Una cantidad de riqueza.

Yo.- Error. Un euro es un papelito que emite el Banco Central Europeo aceptando que tiene una deuda contigo. El BCE puede imprimir los que quiera, cuando quiera.

Don Pascual.- ¿Y de qué depende la cantidad de euros que imprime el BCE, listillo?

Yo.- Pues depende de varias cosas, pero fundamentalmente depende del producto interior bruto nacional, es decir: de la producción de bienes en España. El BCE está obsesionado con la inflación. Bajo ningún concepto quiere que suban los precios. Así que siempre procura imprimir los necesarios para que se correspondan con la riqueza de cada país.

Don Pascual.- Lógico.

Yo.- No tanto, la inflación no es lo peor que le puede pasar a un país. Pero eso es otro problema. El caso es que, si el PIB de España crece, el BCE fabricará más euros para España.

Don Pascual.- No es tan fácil, listillo. Sabes como yo que el BCE no presta a los países, sino sólo a otros bancos.

Yo.- Lo cual me parece una forma bastante grosera de corrupción, pero es cierto. Aun así, no invalida mi argumento.

Don Pascual.- Y ahora bajemos a la Tierra, ¿de acuerdo? El gobierno no tiene dinero para pagar a los empleados públicos. Según tú, ¿se lo tiene que inventar?

Yo.- Para empezar, puede empezar a recaudar de una manera sensata: eliminar los privilegios de los ricos, combatir el enorme fraude fiscal y gravar a las grandes fortunas.

Don Pascual.- Siempre hablando de ricos y pobres, qué anticuado estás, muchacho.

Chelito.- Tienes razón, son términos como del evangelio. Jesucristo decía no sé qué sobre los ricos y las agujas, y que a los pobres los tendríamos siempre con nosotros… Pero hoy en día… ¡todos somos clase media! (Las ironías de esta muchacha son casi tan lindas como ella…)

Yo.- En cualquier caso, hay mil soluciones posibles. En lugar de aumentar los impuestos a los ricos, el gobierno podría obligarles a que les preste dinero a bajo interés.

Don Pascual.- De nuevo tus soluciones estalinistas, obligar a la gente a prestar dinero al gobierno.

Yo.- Hombre, los impuestos consisten en obligar a ceder el dinero sin devolución alguna… no me parece tan mala idea. Pero hay ideas aún mejores. El gobierno podría endeudarse con la propia ciudadanía.

Don Pascual.- Si los ciudadanos no tiene dinero, como tú dices, es una propuesta estúpida.

Yo.- No tanto. El gobierno podría imprimir sus propios papelitos de colores, los llamamos como quieras, bonos ciudadanos, pata-euros, o como quiera, que promete que podrán convertirse en euros dentro de un año. Esos pata-euros podrían servir para pagar una parte del sueldo de los empleados públicos, y una parte de los pagos de la administración. Serían un préstamo a bajo interés.

Don Pascual.- Eso es lo mismo que volver a la peseta. La Unión Europea lo prohibiría.

Yo.- No tendría base legal para hacerlo. Es un pagaré, y el gobierno puede firmar pagarés, ¿no? Lo mejor es que estos pagarés pueden funcionar como moneda. Los empleados públicos los pueden gastar.

Don Pascual.- Si los comerciantes los aceptan.

Yo.- ¿Por qué no los iban a aceptar? Son euros… dentro de un año, respaldados por el gobierno español. Y si alguien no los acepta, bien puede ser tildado de falta de patriotismo… Claro, no sería tan fácil usarlos fuera de España, pero para los que gastamos nuestro dinero cerca de casa no sería un problema, ¿no?

Chelito.- Ay, Manolo, creo que hemos hablado ya mucho por hoy, ¿no? Mira, mi padre está cansado… ¿Por qué no bajas conmigo al bar y generamos un poco de riqueza tomándonos unas cañas?

Yo.- Ains…

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Bajo el signo de la Urraca (cuento de hadas subversivo)

BAJO EL SIGNO DE LA URRACA

Un cuento subversivo

Por Yvi

I. Donde se presenta al lector al ciudadano Bolsón y a sus temerosos conciudadanos, así como las primeras pequeñas incursiones de aquél en el océano de la ciencia doblónica.

Érase una vez que se era, un reino de la lejana Hélade, llamado Atinia, que era gobernado por un presidente benévolo, del partido de los aqueos, llamado Zapajoyus, elegido entre todos. Mantenían también un rey y una reina, un príncipe valiente, una hermosísima princesa, unas lúgubres mazmorras y un dragón, pero era sólo por el Tratado de Convergencia de los hermanos Grimm, que obliga a todos los reinos de cuento de hadas.

Como en todo segundo párrafo de un cuento, ahora estaréis esperando el elemento disruptor de la paz, quizás un villano, quizás una peste. Pues no. Introduciré a una buena persona, un acaudalado ciudadano de Atinia, de nombre Bolsón. Bolsón era un hábil joyero y, como tal, guardaba siempre oro en una caja de seguridad. Un buen día, otro vecino adinerado le vino con la siguiente propuesta:

— Bolsón, buen vecino, temo a los ladrones. ¿No podrías guardar mi oro en tu caja fuerte?

Bolsón aceptó, y su vecino se sintió más seguro. Pronto, todos los ciudadanos que tenían oro guardado en casa se enteraron, y le propusieron lo mismo.

— ¡Calma, calma! –tuvo que decir Bolsón– Tanto oro no cabe en mi diminuta caja fuerte. Tranquilos, queridos convecinos. Haremos lo siguiente. Guardaré vuestro oro, pero tendré que construir una caja más grande, una auténtica cámara acorazada. Y tendré que poner un troll a la puerta para ahuyentar a los cacos. Eso me costará dinero, pero todo sea por el bienestar de mis convecinos. ¿Por qué no ponéis todos un doblón al mes, para ayudarme a sufragarlo?

Los vecinos pensaron qué pesaba más, si su miedo o un doblón al mes. Pesaba más el miedo, así que aceptaron. Bolsón construyó su cámara acorazada y trajo a un feo y enorme troll de las montañas para guardarla. Cada vez que un vecino le traía dinero, Bolsón le extendía un recibo por la cantidad entregada, con su firma y el sello con el emblema de su casa, una urraca bailarina.

Bolsón estaba fascinado por la enorme fortuna que había reunido en su casa. Comenzó a pasar horas y horas en el interior de la cámara acorazada, contando y volviendo a contar las monedas, tarea con la que obtenía un enorme placer. Descuidó así su trabajo como joyero, y pronto la competencia se quedó con su clientela. Se dio cuenta de que podía perder su medio de vida, porque el doblón mensual que le pagaban por guardar el oro no le daría para vivir… y temió mucho por ello.

Una noche, se despertó de un salto. Tenía la idea salvadora. Podía usar el dinero que tenía en la cámara, sin que nadie se enterara, para hacer negocios. Podía comprar sedas en Azrael, esclavos en Micifuz, perlas en Fierabrás, o quizá pimienta en las Islas Oscuras. Y luego venderlo todo más caro en otro sitio, recuperar el dinero, y vivir con la diferencia. O… ¡mejor aún! Podía prestar el dinero a audaces mercaderes para que hicieran eso, y luego hacer que se lo devolvieran, junto con una parte de los  beneficios. Un doblón de más por cada diez que prestara. Si ganaban más, que fuera para ellos.

Así lo pensó, y así lo hizo. Bolsón prestaba el dinero a los mercaderes, que viajaban a países lejanos y allí compraban ricas telas, especias y joyas que luego vendían en Atinia y en otras ciudades. Recuperaban el dinero y se lo devolvían a Bolsón, junto con una parte de sus beneficios. El resto era para ellos. Bolsón volvía a respirar tranquilo, volvía a tener su modo de vida asegurado.

Pero los ciudadanos de Atinia no eran tontos. Al menos, no mucho. Pronto se corrió la voz de lo que estaba haciendo Bolsón con el dinero de la cámara acorazada, y fueron todos juntos a su casa con la intención de lincharle y recuperar su oro. Bolsón ya estaba preparado para esta situación, y les habló así:

— ¡Mis queridos convecinos! Es verdad, es verdad que he estado usando una pequeña parte del dinero que me dejasteis en depósito, pero no he perdido un solo doblón. Más aún, cuando me devolvían el dinero he pedido un doblón de más por cada… ehm… por cada cien que prestaba. Dejaré de cobraros el doblón mensual por guardar vuestro dinero, y además repartiré entre vosotros el dinero que he ganado, ¿estáis de acuerdo?

Los atinianos se miraron entre sí, se alegraron sobremanera y comenzaron a reír y a bailar entre ellos como niños. ¡Fabuloso! ¡Espléndido! ¿Pero cómo era posible? Ellos metían su oro en una cámara acorazada y… de repente… ¡había más! Esto es una maravilla, propio de un cuento de hadas, se dijeron. Felicitaron a Bolsón, le llenaron de parabienes y halagos, y se fueron contentos a su casa, con sus intereses.

Cuando salieron, Bolsón estaba encantado de su astucia. A él le daban un doblón por cada diez, es decir: diez doblones por cada cien. A sus vecinos, les daba un doblón por cada cien, así que le quedaba una ganancia neta de nueve por cada cien, y además sus vecinos eran felices. Igual hasta le nombraban hijo predilecto de Atinia.

Bolsón había mudado de profesión. Como dueño de la única cámara acorazada de Atinia, fundó el gremio de camareros, del que se nombró presidente vitalicio.

La vida era hermosa y no parece que vaya a haber mucho cuento, ¿no es cierto? Seguid, seguid leyendo, amable lectora, amable lector.

II. Donde se narra la expansión de la urraca y la aparición de los primeros billetes, y cómo la ciencia doblónica puede tornar la nada en algo, para maravilla del mundo.

Bolsón extendió sus negocios. Prestaba no sólo a los mercaderes, sino también a los que querían montar un negocio, o a los que querían comprar una casa. Con cada préstamo, eran más los doblones que recibía al mes. De estos doblones, una pequeña parte era para los ciudadanos que habían dejado el dinero en depósito, pero la mayoría era para él. Así, cada día su fortuna personal crecía más y más.

Cuanto más prestaba, más ganaba. Así que le resultaba difícil resistir la tentación de dar nuevos préstamos. Al principio, se impuso a sí mismo la norma de no prestar más de la mitad del oro que tenía en depósito. Le daba miedo que alguno de sus vecinos viniera a retirar su dinero y no tuviera qué darle. Pero con el tiempo se fue arriesgando cada vez más y más… y llegó un día en que se dio cuenta de que ¡la cámara estaba casi vacía! Sus ingresos eran enormes, pero el dinero de sus vecinos… se había volatilizado.

Justo en aquel instante, alguien entró en su casa. El corazón de Bolsón trepidó pensando que podría ser un vecino que quisiera recuperar su depósito. Pero se tranquilizó al ver que se trataba de Timoteus, un vecino pobrete que no tenía dinero depositado en su cámara. Timoteus venía a pedirle dinero prestado para comprar una casa, prometiéndole devolverle un doblón extra por cada diez, como era habitual. Bolsón iba a decirle que en ese momento no tenía fondos disponibles para prestar… pero lo pensó mejor.

— Timoteus, ¿a quién le vas a comprar la casa?

— A Florentinus, que está fabricando muchas casas del lado del Pireus.

— Aaaaaah… Entiendo.

Bolsón razonó de esta manera: Florentinus era uno de sus clientes. Tenía todo su oro en su banco. Quizás, si era astuto, podía hacer una jugada maestra… Sacó papel y pluma, y comenzó a escribir un recibo.

— Timoteus, dado que Florentinus es uno de mis clientes, y dado que seguro que quiere ingresar el dinero en mi cámara, me parece tonto hacerte cargar con los doblones, para que luego él me los traiga de vuelta. Hagamos esto, te doy el recibo que le hubiera dado a él si me hubiera depositado el dinero. Tú le das el recibo, y él te da la casa. Y tú me devuelves el dinero, un poquito todos los meses, de manera normal. ¿Qué te parece?

Timoteus se rascó la cabeza unos instantes. Mientras tanto, Bolsón le puso su firma y el sello de la urraca bailarina al documento.

— Pero, ¿seguro que él me dará la casa?

— ¡Pues claro, hombre! Si no te la da, vuelves aquí y te daré doblones de verdad.

Y funcionó. Bolsón había prestado, por primera vez, dinero que no tenía, y estaba encantado con su idea. Ya no necesitaba oro para dar créditos, porque su sello era oro. Lo giró entre sus deditos, lo acarició, y lo miró fijamente, hipnotizado ante su propio poder…

Por su parte, Florentinus el constructor se dio cuenta de que también él podía hacer negocios sin intercambiar doblones. Comenzó a pagar a sus proveedores con recibos de Bolsón y, con el tiempo, también a sus trabajadores. Bolsón tuvo que preparar una pequeña imprenta en la parte de atrás de su casa, en la que preparaba muchos recibos pequeñitos, que valían entre uno y cien doblones, todos ellos con el hermoso sello de la urraca bailarina.

La urraca bailarina levantaba el vuelo sobre el cielo de Atinia. ¿Qué podría salir mal?

III. Donde, por primera vez, se menciona a los descontentos con el régimen de la urraca y cómo son domeñadas sus inquietudes mediante los buenos oficios de la retórica.

La filósofa Hypazía, discípula de los ilustres Keynesíades de Albión y Chomskión de Masachutes, conversaba cada mañana en el ágora con sus conciudadanos sobre la situación política. Aquellos días, la autora de textos claves en ciencia económica, como “El doblón y el champiñón, interacción y propuesta” o “Cien buenas razones para tener limpios tus doblones”, mostraba públicamente su desconfianza con el poder que Bolsón comenzaba a acumular en sus manos.

— La urraca bailarina está engullendo nuestro oro, y amenaza la estabilidad de nuestra ciudad.

Hubo algunos murmullos de aprobación en el corrillo que se había reunido en torno a ella.

— Los recibos del ciudadano Bolsón se han convertido en la moneda de facto en Atinia. Todos nuestros intercambios se realizan ya así. Eso significa que el ciudadano Bolsón, para pagar cualquier cosa que desee, no tiene más que… escribir un recibito y ponerle su sello.

Una ola de indignación recorrió al grupo reunido. Entonces, una voz se alzó de entre ellos. Un señor calvo y gordo gritaba:

— ¡Conciudadanos! ¡Soy Ratus el Magníficus, director del Banco de Atinia! Pasé diez años de mi vida estudiando ciencias mágicas del doblón en la escuela de altos estudios pitofláuticos de Transmoronia, en Mangulia exterior.

Murmullos de admiración. Ratus prosiguió:

— ¡Conciudadanos! La ingeniería doblónica trae la prosperidad a los pueblos. ¿Acaso no veis cómo, cuando un ciudadano tiene necesidad de dinero, no tiene más que acudir a la casa de Bolsón, y sale con él en la mano? ¿Cómo podría eso no ser bueno? Los negocios prosperan. Nunca se había visto tanta pimienta, tanta porcelana y tantas perlas en el mercado. Nunca se habían construido tantas casas. ¡Atinia ha sido bendecida con el signo de la urraca, con el aval de la ciencia doblónica!

Hypazía retomó la palabra iracunda:

— ¡Ciudadanos atinianos! El préstamo de dinero es una buena idea, sin duda, pero estando en manos de un ciudadano particular, ¿cómo sabemos que es un sistema  seguro? ¿Cuántos recibos ha firmado el ciudadano Bolsón, sobre dinero que nunca tuvo en su cámara acorazada? Bolsón puede comprar lo que quiera, y a quien quiera,  con sólo firmar. ¡Exijo que se hagan públicas las cuentas del señor Bolsón!

Ratus prosiguió con voz meliflua:

— ¡Conciudadanos! La joven Hypazía no entiende las complejidades de la ingeniería doblónica. Ustedes tampoco lo harían, además de que les parecería sumamente  aburrido. Hay que usar trigonometría cuántica, y derivadas hermenéuticas de orden fraccionario, y determinantes aristotélicos transtelúricos. ¿Por qué hacer las cosas tan difíciles? El Banco de Atinia, a través de mi humilde persona, ya vigila suficientemente las cuentas del señor Bolsón, y les aseguro que son perfectamente regulares, y que todo se hace para bien del reino. Confíen en nuestro señor presidente y su sabiduría. Estén tranquilos, nosotros velamos por ustedes.

La muchedumbre pareció aplacarse con las palabras de Ratus el Magníficus, que siguió diciendo:

— Y, para demostrar la buena voluntad del señor Bolsón, ¡vean, vean quién aparece en la plaza, por cortesía de la Urraca! Aquí y ahora, en concierto, en el ágora de Atinia y en primicia mundial… ¡¡Aristópato de Caliserda y los Patéticos Peripatéticos!!

Y salieron los músicos, ataviados con togas multicolores, al centro del ágora, con sus flautas de Pan tuneadas y sus liras eléctricas, entre los gritos de entusiasmo de la multitud, y los desmayos de las jovencitas atinianas…

Hypazía se retiró, seguida por sus discípulos, sintiéndose muuuuy cansada. No se daba cuenta entonces, pero la batalla acababa de empezar.

IV. Donde se narra cómo la magia de la Urraca creó una preciosa burbuja, que reflejaba los colores del arcoiris, fascinando a los ciudadanos de Atinia.

Florentinus era un hombre feliz. Su abuelo había sido albañil, hacía los capiteles jónicos con más volutas de toda la Hélade. Su padre se aprovechó de la relajación gubernamental de la política de gremios y esclavizó a una cuadrilla de albañiles, haciéndose famoso por sus frontispicios redonditos. Él, digno sucesor de tan magna herencia, había logrado que el gobierno de Atinia revisara ciertas normas sobre dónde se podía y dónde no se podía edificar, había contratado a cientos de albañiles mal pagados, y cada día nuevas casas con su sello se levantaban en cualquier paraje.

Cierto es que la calidad ya no era la de antaño. Sus casas no estaban a la altura de los magníficos edificios de la vieja acrópolis. Las líneas de sus capiteles corintios parecían dibujadas por un mono epiléptico. Pero aun así se vendían y, desde que la urraca levantó el vuelo, a precios cada día mayores.

En su despacho, el veterano constructor revisa sus libros de cuentas. Observa emocionado cómo, hace sólo unos años, los precios de las casas tenían que ser la mitad si quería encontrar comprador. Se enjuga una lágrima de emoción. Recuerda entonces las últimas palabras de su padre: “Nunca olvides, Florentinitus, que la vivienda es un bien de primera necesidad. Exprime a los panolis de tus clientes cuanto te venga en gana, no tienen alternativa”.

¿De quién fue la idea? ¿De Bolsón, o suya? Bueno… ¿qué importa eso ahora? Florentinus, simplemente, subió un buen día el precio de las viviendas un diez por ciento. Esa misma tarde llegó una pareja de recién casados a su oficina, escandalizados. Él puso su mejor expresión compungida, les habló del precio del mármol y de las huelgas de picapedreros en el Beluchistán. La pareja se sentía desconsolada, pensando que aún tendrían que ahorrar un año más para poder tener su casa cuando… Florentinus, de repente, les ofreció la solución. ¿Por qué esperar, amigos? Simplemente, ¡pidan un préstamo a Bolsón, y compren hoy mismo la casa! Vamos, vamos, si se les ve, que se mueren por vivir en ella y criar churumbeles… ¿no se han fijado en las maravillosas vistas al mercado de esclavos? ¿Y estos azulejos con grabados de la batalla de las Termópilas y de Medea asesinando a sus hijos? Además, sé de buena tinta que las huelgas del Beluchistán no han hecho más que empezar. Los precios seguirán subiendo… En caso de que (los dioses no lo quieran) se vieran en dificultades económicas, pues recuperan su inversión e incluso ganarán!!

Pues funcionó, oiga. Picaron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Bolsón les dio el crédito y compraron la casa, un diez por ciento más cara. Y también picaron los siguientes, y los siguientes… Florentinus siguió subiendo los precios, poquito a poquito, hasta llegar a duplicarlos, y Bolsón dio tantos créditos a sus conciudadanos que no podía dárselo a sus propios ojos. Los atinianos mismos, los que eran propietarios de casas, se sentían también maravillados: sus propiedades habían subido increíblemente de valor. ¡Todos ganaban! La magia del doblón…

Bolsón pensó… ¿por qué sólo casas? Quiero que los atinianos compren todo a crédito. Para eso, necesitaba sólo que los precios subieran poco a poco. El esquema era fácil: Bolsón abría una línea de crédito fácil sobre la compra de un nuevo bien (esclavos, columnas jónicas para el atrio, togas estampadas…). Los vendedores  comenzaban a subir los precios, recomendando a los clientes desilusionados que pidieran un crédito para realizar la compra. Pero era importante que los sueldos no subieran en la misma medida, o el esquema se vendría abajo. Bolsón y Florentinus convencieron al gobierno de que era necesaria una política de “moderación salarial”.

Como en lugar de dar oro daban su firma, la gente tenía la sensación de llevarse sus bienes gratis a casa. En realidad, estaban entregando no sólo su sueldo presente, sino también su sueldo futuro. Como se otorgaba crédito sobre crédito, los plazos de devolución se iban alargando. Los primeros eran para devolver en unos meses, luego en un año, luego unos pocos años…

El señor Empatítocles fue portada del “The Atinian Times”, por ser el primero en obtener un crédito que tendría que devolver a lo largo de cuarenta años. Su sonriente rostro sosteniendo el pagaré, grabado por Fidius, circuló por todo el país.

Hypazía y sus discípulos estaban ahítos de preocupación.

Bolsón, en cambio, miró su creación, y vio que todo esto era bueno.

V. Donde se narra cómo la magia de la Urraca se disipó de repente, sin previo aviso por parte de los magos del doblón.

Y entonces, un día gris, el señor Bolsón tuvo que negar su primer crédito.

Todo ocurrió con bastante rapidez. Atinia tenía que abastecerse de ciertos productos en el exterior. No sólo productos de lujo, como las sedas o las perlas de Micifuz o de Azrael. También de carbón y de esclavos, que eran la fuente de energía básica en la ciudad. Los comerciantes de las demás ciudades aceptaron durante un tiempo los billetes firmados por Bolsón. Pero, con el tiempo, Bolsón comenzó a poner pegas para convertirlos en oro… y los comerciantes se volvieron desconfiados. Corrió la voz en torno a la prodigalidad con la que Bolsón estampaba su firma, y al final decidieron que no valía nada. Querían doblones de verdad. Pero Bolsón tenía muy pocos… Tenía, eso sí, montañas de papel.

De esta manera, Bolsón se obsesionó con recopilar doblones, y comenzó a negar créditos. Contaba con que, si ahorraba todos los doblones que le devolvían sus deudores durante un par de años, podría recuperar su actividad normal. Pobre Bolsón, pasó noches sin dormir, previendo la tormenta que se avecinaba. Se prometió a sí mismo no ser tan avaricioso, y reservar en el futuro más doblones de verdad en su cámara acorazada. Llegó a echar la bronca a su amigo Ratus el Magníficus, presidente del Banco de Atinia, por no haberle obligado a seguir unas normas más rígidas.

Pero ya era tarde.

Al negar los préstamos, los atinianos ya no pudieron comprar casas. Florentinus, el constructor, se encontró de repente con miles de viviendas vacías en toda Atinia. Aterrado, despidió a cientos de albañiles. Muchos de ellos habían comprado su propia casa… a crédito. Y al estar en paro, dejaron de pagar. Bolsón tuvo que enviar a sus trolls de seguridad para desahuciarlos. Cientos de atinianos se vieron en la calle. Bolsón subastaba las casas rápidamente, porque necesitaba doblones con urgencia. Pero, al no cubrir la venta el precio inicial, los atinianos desahuciados seguían en deuda con Bolsón.

Los albañiles, en paro, en la calle y endeudados, no podían consumir. Se cerraron tiendas y fábricas por toda Atinia. Y, con cada tienda cerrada, una nueva remesa de gente iba al paro, y también se veían en la calle y endeudados… acrecentando la bola de nieve. El país se hundía. El panorama era desolador. Cientos de solares con obras a medio terminar. Fábricas cerradas, tiendas vacías…

El gobierno asistió con estupor al proceso que hacía que la población fuera cada día un poco más pobre. Hasta el rey y la reina de atrezzo se asustaron y se escondieron en sus mazmorras de atrezzo. El gobierno se reunió para discutir. Sí, contaban con el tesoro público, la mayor cantidad de doblones del país… Algo había que hacer para evitar el colapso, pero… ¿qué?

La filósofa Hypazía y Bolsón fueron a llamados a una reunión el presidente de Atinia, Zapajoyus, líder del partido aqueo. Ambos le expusieron sus propuestas:

— Señor presidente –decía Hypazía–, tiene que dar trabajo a los atinianos en paro, es lo esencial. Construya vías imperiales, templos, estatuas, acueductos… esas cosas que hacemos bien los atinianos.

— ¿Y con qué dinero, ilusa? –contraatacó Bolsón.

— Pues con un impuesto extraordinario sobre las grandes fortunas.

— ¡Mujer estúpida! Señor presidente, no se deje engañar por esta extremista anti-esclavista peligrosa, que lo que no entiendo es por qué está aquí en lugar de en casa, cuidando de sus hijos… –replicó Bolsón–. ¡Si los ricos disponen de menos dinero, cerrarán más negocios, y más gente irá al paro!

Hypazía dedicó a Bolsón una mirada homicida, y prosiguió.

— El motivo por el que el paro aumenta no son los impuestos, señor presidente, sino la pobreza de la gente común. Sin clientela, los ricos cierran sus negocios, e invierten su oro fuera de Atinia. No escuche a este delincuente. Declare una moratoria en el pago de las deudas, para que la gente no pierda sus casas. Y cree una cámara acorazada pública, no debemos depender de estafadores como Bolsón. Su modelo de negocio ha fracasado, déjele quebrar.

— Señor presidente, seamos realistas. Si mi cámara acorazada quiebra,  el país quebrará con ella. ¡Es la urraca la que ha traído la prosperidad a Atinia! Présteme a mí los doblones, con un bajo interés, y todo volverá a ser como antes. Podré dar crédito de nuevo, volverán a construirse casas, tendremos esclavos, sedas y especias, todos seremos ricos otra vez. Vamos, presidente, anímese y cante conmigo… ¡¡Everybooooody loves someboooody… sometimes!!

Cuando Hypazía y Bolsón salieron del palacio, el presidente Zapajoyus reflexionó. Pero no tuvo mucho tiempo para hacerlo. Un sofista de Bolsón entró solapadamente en su despacho y le hizo una oferta personal muy conveniente… “Señor presidente, si nos presta el dinero, no sólo verá cómo el país vuelve a florecer. Además, para recompensar su visión y liderazgo, cuando deje el puesto de presidente le nombraremos director ejecutivo magnífico excelentísimo consejero sempiterno permenente y pegamoide de la Urraca. Con un sueldo de seis cifras”. El presidente Zapajoyus no era ningún héroe, y el sueldo de seis cifras le serviría para tapar algunos agujerillos… así que aceptó.

Al día siguiente se hicieron públicos sus designios. El presidente Zapajoyus daba un crédito a Bolsón por valor de millones de doblones, al ridículo interés de un uno por ciento. Explicó detenidamente a la ciudadanía por qué era lo mejor que podían hacer, cómo todo era para bien del país, y blah, blah, blah. Hasta se pintó ojeras antes de salir a hablar.

Y pasaron los meses. Bolsón acumuló el oro que le dio el gobierno para tener como reserva en su cámara acorazada y así poder hacer frente a los pagos que no le permitían hacer con papelitos. No tenía intención de volver a dar crédito a la ciudadanía hasta haber reunido una cantidad suficiente de doblones. Los primeros días, Zapajoyus iba con frecuencia a gritarle, pero Bolsón le recordaba el sueldo de seis cifras… y al final dejó de hacerlo.

El país se hundía cada día un poquito más, y el prestigio de Zapajoyus con él. Su oponente político, Rajatero, candidato del el partido troyano, se veía ganador indiscutible de las siguientes elecciones… pero cuando le preguntaban sobre lo que pensaba hacer cuando gobernara tartamudeaba un poquito y luego se callaba, o hablaba de fútbol, porque en realidad no tenía ninguna idea nueva. Era sobrino segundo de Bolsón, y tenía una confianza ilimitada en él y en los magos del doblón. Estaba seguro de que, al final, siguiendo los consejos de Bolsón, todo saldría bien.

Y el desastre se propagó hasta alcanzar al gobierno. El tesoro real no ingresaba nada, porque los ciudadanos no tenían sueldo y, por tanto, no pagaban impuestos. Pero los gastos seguían allí. El gobierno seguía teniendo que pagar a maestros, médicos, legionarios… Y llegó un día en el que no quedaba un solo doblón en el tesoro. ¿Qué hacer? Zapajoyus visitó uno por uno a los ciudadanos ricos de Atinia para rogarles que le prestaran algo de dinero… pero nadie se fiaba de él y le faltaba el coraje para reclamarlo como impuestos. Su última opción era… Bolsón. El presidente se vio obligado a visitarle. Y Bolsón, que había esperado pacientemente, vio que había llegado de nuevo su momento de gloria.

— Claro, claro, señor presidente. Le prestaré con gusto el dinero. Pero quiero un interés de un veinte por ciento.

— ¡Pero Bolsón! ¡Es usted una arpía redomada! Yo le he prestado ese mismo dinero al uno por ciento.

— Cierto, amigo. Pero usted conoce las ciencias mágicas del doblón, ¿no es verdad? El interés debe ser proporcional al riesgo. Y, con franqueza, no creo que el tesoro real vaya a sobrevivir a la crisis. En gran parte, a causa al interés usurero que le estoy imponiendo –Bolsón se rió–. ¿No sabe usted lo que es una profecía auto-cumplida? Lea el “Edipo”, léalo… y, mientras tanto, págueme mi veinte por ciento de interés.

— Pero ¿cómo voy a hacer para pagar un interés tan alto?

— Bueno, eche a maestros y médicos. ¿Quién los quiere? Usted y yo tenemos nuestros médicos personales, no necesitamos los médicos del gobierno. Y a la escuela no vamos a volver, claro está. Y deje de pagar a los ancianos y a los parados, son unos parásitos. A los legionarios no los eche, hágame el favor, ni a los trolls de seguridad, los vamos a necesitar cuando las cosas se pongan turbias.

Zapajoyus aceptó el préstamo, entendió que le habían tomado el pelo, y salió de la casa de Bolsón. Las dos tardes que dedicó a aprender ciencia mágica del doblón, por lo visto, no le habían servido para nada. Su única esperanza era que, en cuanto pudiera desembarazarse del cargo, podría disfrutar de su sueldo de seis cifras.

VI. Donde, tras las noticias gravosas de los capítulos anteriores, se muestra al amable lector un leve resplandor de esperanza que aún conservan los atinianos.

Ese mismo día, los idus de Mayo, se manifestaron decenas de miles de personas en el ágora de Atinia. Estudiantes, parados, filósofos, profesionales, amas de casa… jaleados por los discípulos de Hypazía. Pedían que la decisión sobre el destino del tesoro real no quedase en manos del presidente, sino del pueblo. Querían democracia real ya, democracia participativa. Cierto es que ellos habían elegido a Zapajoyus como presidente, pero ninguna elección era un cheque en blanco.

El presidente Zapajoyus estaba preocupado. Estaba acostumbrado a que el pueblo le quisiera, y eso era fácil mientras todo iba bien. En realidad, era un hombre inseguro que se creía buena persona, y esta situación le sobrepasaba. Ya no podía fingir, como al pricipio de la crisis, que todo lo que hacía era por el bien del pueblo. Optó por recluírse en su castillo y dobló la guardia de trolls en la puerta.

Los manifestantes formaron un movimiento articulado en todo el país, que se llamó el “Idus-M”. Acamparon en el ágora de Atinia, en la plaza de Helius. Esgrimían pancartas con lemas como “No te quedes en tu domus, te la podrían quitar”, “Poco pan y pésimo circus” o “Aqueos y troyanos, la misma mierda son”. Las manifestaciones se extendían cada día. Se lanzó el movimiento “Ocupa el Foro”, frente a la cámara de Bolsón. Bolsón llamaba a los trolls de seguridad para que echaran a los manifestantes. Pero cuantos más porrazos pegaban, más manifestantes venían, hasta que el mismo Bolsón aceptó que la situación era insostenible, se compró unos tapones para los oídos y les dejó gritar cuanto quisieran.

Zapajoyus se vio obligado a echar a los servidores públicos para poder pagar el interés usurero a Bolsón. Primero echó a los maestros. Pensó que, como la mayoría eran mujeres, serían más sumisas y aceptarían su destino. Pero, como en las ciencias del doblón, se equivocó de medio a medio. Se vistieron con togas verdes, maestras y maestros, y sus discípulos, y sus padres, y salieron todos al ágora a gritar… El siguiente paso eran los médicos… y entonces también los médicos y los enfermos salieron a gritar. Cuanta más gente echaba, más incómodos estaban los ciudadanos, y más trolls tenía que poner en la puerta de su palacio.

Desesperado, Zapajoyus nombró como sucesor a Rubalcalvus, su mano derecha, quien salió al balcón del palacio para gritar que entendía los problemas del pueblo y les apoyaba… pero le llovieron tomates, y tuvo que volver corriendo al interior. Rajatero, el líder del partido troyano, se partía de la risa e intentó salir al ágora, esperando que el pueblo le aclamara. Pero, sabiendo que era sobrino segundo de Bolsón, le tiraron huevos podridos a la cabeza.

Estando próximas las elecciones, Rajatero y Zapajoyus se reunieron. A pesar de que el país se estuviera hundiendo, sólo les preocupaba que el juego electoral siguiera siendo un juego entre ellos dos, y que no pudiera aparecer ningún tercero en discordia. Se las arreglaron para aprobar una ley que, en la práctica, aseguraba que los votos a cualquier otro candidato que no fueran ellos valieran la tercera parte.

Amable lectora, amable lector, hemos llegado al final de nuestra historia. ¿Queda esperanza? Ciertamente, los atinianos son imaginativos y están pensando cómo forzar un cambio de sistema que quite de manera definitiva el poder de las manos de aqueos, troyanos y camareros. Quieren democracia directa, poder decidir entre todos qué es lo que se hace. Porque saben que, cuando se delega en alguien, siempre te puede traicionar: sólo es preciso un cheque con el número suficiente de ceros. Como dicen en Atinia: “hetairos no faltan, si acaso financistas”. ¿Lograrán su propósito? Estén atentos, amables lectores, la aventura más fascinante del pueblo atiniano seguirá desarrollándose puntualmente ante sus ojos…

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